Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Corría el mes de diciembre, el día había amanecido perezoso y trataba de prolongar su zanganería cubriendo los picos más erguidos de la montaña con una espesa cortina de niebla. En el valle, el gris predominaba sobre los tejados de las casas y un aire cortante abofeteaba el rostro de todo aquel que se atrevía a salir a la calle. Aún así, Sara estaba decidida y ni siquiera el intenso frío que la recibió al abrir la puerta la hizo retroceder. Era sábado, sus padres aún dormían y ella quería aprovechar dicha circunstancia para irse cuanto antes. Cuando ellos quisieran notar su ausencia ya sería demasiado tarde para impedirle que llevara a cabo sus propósitos.
A paso ligero cruzó la calle y, como un fugitivo perseguido por las prisas, se dirigió hacia la parada del Bus que la llevaría hasta el rincón favorito de su infancia. La casa de su abuela.
Aquel lugar era como una farmacia mágica donde existían todo tipo de pócimas milagrosas capaces de transportarla al paraíso de los sentimientos y, además, proporcionarle el mejor trofeo para su autoconfianza.
Sara tenía diez años —casi once— y a pesar de que a su madre no le hacía demasiada gracia aquella desmesurada relación entre dos generaciones tan distantes, ellas se sentían muy unidas.
Su abuela era la mejor persona del mundo. Siempre que llegaba junto a ella demandando caricias, ésta nutría su avidez de ternura con cada uno de sus gestos. Su comprensión no tenía límites y además sabía apaciguar mejor que nadie cualquiera de sus inquietudes. Primero la abrazaba ansiosamente y luego despejaba todas sus dudas mientras se dejaba conquistar por aquella admiración entusiasta.
Sara llevaba unos días muy nerviosa por la falta de noticias sobre su abuela. A pesar de que sólo las separaban pocos kilómetros de distancia, hacía más de dos semanas que no se veían y eso era demasiado tiempo para ellas. Por esa razón aquella mañana decidió fugarse de casa para ir en su busca.
Cuando bajó del autobús, echó un vistazo a su reloj de pulsera y comprobó que ya eran los 8.30, a las 10 tenía que estar en el colegio para ensayar con el coro y si quería aprovechar el tiempo con la abuela tenía que darse prisa, necesitaba enseñarle las canciones que estaban preparando para la Navidad que se acercaba.
Las clases ya estaban suspendidas por vacaciones, sólo acudían al colegio los componentes del coro y ella, cargada de entusiasmo y, según sus profesores, con grandes dotes musicales, no podía faltar.
Desde lejos divisó la casa y le extrañó que aún estuviesen las persianas bajadas, normalmente la abuela era muy madrugadora.
Parece que hoy se le pegaron las sábanas, pensó, y aceleró aún más el paso. No sabía por qué, pero en aquel momento necesitaba verla más que nunca. A mitad del camino tomó aliento y miró nuevamente hacia las persianas que le estaban indicando una ausencia total de vida en la casa.
El timbre comenzó a sonar con voz ronca, por la insistencia de Sara, mientras su intranquilidad aumentaba de una forma alarmante. Cuando vio que no conseguía respuesta apartó su dedo del botón para seguir aporreando la puerta con los puños cerrados y todas sus fuerzas volcadas en ellos. Tampoco eso le dio resultado.
Con una agitación aterradora volvió sobre sus pasos para pedir ayuda a sus padres.
El trayecto de vuelta le pareció interminable y cuando por fin llegó a su casa entró gritando desesperada.
—Papá, mamá. A la abuela algo le pasa, no me abrió la puerta.
Sus progenitores se miraron con un gesto de complicidad y después de un ligero titubeo su madre tomó la palabra.
—Vamos a ver, ¿tú qué estás haciendo aquí, no tenías que estar ensayando?
La agitación de Sara crecía por momentos y su voz entrecortada siguió insistiendo machaconamente mientras un mar de lágrimas rodaba por sus mejillas.
—Os estoy diciendo que la abuela…
Ahora fue la voz de su padre la que se impuso. ¿Pero no te lo habíamos dicho ya, pequeña? La abuela se fue de viaje, tenía muchas ganas de conocer mundo y decidió que este era el momento.
Sara les miró incrédula mientras preguntaba…
— ¿Y por qué no se despidió de mí? ¿Cuándo va a volver? ¿Por qué no me llevó con ella? ¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué…?
Las preguntas de Sara se agitaban con frenesí entre las explicaciones de sus padres, mientras sentía una especie de mareo angustioso sacudiéndole los músculos de su estómago. No entendía nada, le parecía todo tan confuso… que casi tenía la certeza absoluta de que algo le estaban ocultando. Ella sabía que su abuela jamás se iría sin despedirse.
Agobiada por sus pensamientos, Sara intentó distraerse de sí misma; no quería pensar y optó por vagabundear hacia el camino de la costumbre, dejándose absorber por las actividades que preparaban en el colegio para celebrar la Navidad.
Y por fin llegó el día, Sara debutaba como solista del grupo y sus nervios le estaban jugando una mala pasada, tenía la sensación de que sus piernas se habían convertido en endebles palillos que casi no podían sujetarla, pero a pesar de todo se sentía feliz.
El salón estaba lleno de espectadores ansiosos de compañía, que aclamaron con fervorosos aplausos la llegada del coro a un improvisado escenario repleto de serpentinas y adornos de Navidad. Después de un largo silencio, sólo interrumpido por carraspeos y toses dispersas, la música comenzó a sonar con timidez para luego dar paso a unas preciosas voces infantiles que inundaron la residencia de vida. Resultaba muy gratificante ver las caras de las personas mayores entusiasmándose, como niños pequeños, con los villancicos.
Seguidamente Sara, como solista, brilló con esplendor exhibiendo su dulzura ante unos rostros que estaban conteniendo el aliento para no contaminar aquella magia que flotaba en el aire. De pronto, su voz se quebró con un sollozo y saltó del escenario para correr como una posesa hacia una mujer que lloraba al fondo de la sala. Cuando llegó a su altura se fundieron en un abrazo interminable, sacudido únicamente por los suspiros de ambas y por la amargura de la voz entrecortada de la niña, que repetía insistentemente… Abuela, me engañaron. Me han engañado abuela…me han engañad

LEER A PILY VAZQUEZ……..Y DESEMPOLVAR PERMANENTEMENTE EMOCIONES PERDIDAS, EN ESTE CASO, EN EL TIEMPO DE LA INFANCIA, ES EL INCALCULABLE PREMIO DEL PLACER DE LA LECTURA. GRACIES PILY.
PiN