Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. A Mari Nieves le tocó asistir a su hermana mayor en su inacabable proceso de recuperación del rostro. Un accidente de coche se lo había robado la mañana de un sábado cuando iban a una boda.
Ella tuvo algo mejor suerte: se recuperó pronto y bien. Pero se vio inmersa en una cadena sin fin de visitas a hospitales, centros sanitarios y consultas particulares en docenas de puntos de España; operaciones múltiples, estancias largas, tratamientos costosos y difíciles, altibajos emocionales y resultados aceptables en algunos casos, nulos en otros.
Doce años de empeño constante en pos de una restauración total imposible, que acabaron un verano, vencidos por un cáncer que con prisa se adueñó de su cuerpo, no de su ilusión, ni de sus ganas de vivir.
Éste fue su entrenamiento.
En aquel momento Mari Nieves acababa de estrenar su primer embarazo y se sentía compensada en su infinita tristeza por la alegría de una nueva vida, alentada en parte por la hermana recién fallecida.
La espera transcurrió sin novedad hasta el momento de la llegada de Nacho. Tres vueltas de cordón umbilical en torno al cuello, no detectadas por el ginecólogo, anoxia y sufrimiento fetal durante el parto, errores en los tratamientos de los primeros días… lesión cerebral. De nuevo, visitas a centros sanitarios, tratamientos, estimulación temprana, fisioterapia. Desde enseñarle a tragar el alimento hasta… donde sea posible llegar avanzando.
Ya han pasado casi dos años. Acaba de recibir a su nueva hija.
Ésta es su competición.
¡Y que competición tan dramatica!
Qué qieres que diga yo de ese relato plagado de alegría y optimismo.