El ladrón de chicles

Título Original: The Gum Thief. Douglas Coupland, 2007. Traducción: Bruno Menéndez. Editorial: Quinteto. 8,95€, 283 páginas.

Douglas Coupland es de esos escritores con intensa voz interior. Escribe desde la perspectiva del “yo”, sin querer alejarse de su objetivo, regodeándose en la parcialidad y en el mundo del protagonista. No le importa la veracidad, aunque sí el verismo. Prescinde de las opiniones porque sólo le interesa la evolución del personaje, que viene a ser un reflejo del escritor. Así, los protagonistas de sus novelas cumplen años a la vez que el escritor (¿o es al revés?).

Es de suponer que con el transcurrir de los años, los personajes de Coupland envejezcan, y en eso no nos decepciona. El escritor es consciente de su estilo y de la fuerza que se sustenta en él, y el recurso que ha utilizado en su último libro es el de un género epistolar bastante original, en el que una chica encuentra la novela que escribe un compañero de trabajo y le hace aportaciones a su escritura.

El juego de la novela se basa en la relación que se establece entre dos personas agobiadas por la vida, de generaciones lo suficientemente separadas como para poder aportar algo a la otra. Personas estrambóticas, por supuesto, pero no demasiado para ser Coupland, que esta vez ha tenido el buen juicio de contrarrestarlos con gente profundamente aburrida y convencional.

Suscrita a la idea de la muerte, una obsesión del escritor patente en todas sus novelas, con una línea argumental bien definida a pesar de parecer lo contrario, conmueve por su final poético. Los capítulos de la novela que escribe el ladrón de chicles son el punto necesario para descubrir el verdadero “yo” de Coupland: más loco, más extravagante, más excéntrico.

Plagado de situaciones originales con gente que no lo es tanto; con un nuevo dramatismo que nos hace recordar a Nick Hornby; encontrándonos de nuevo con el personaje tipo de Coupland, que es la persona que no va a ninguna parte, que no avanza, no cambia, no evoluciona, pero es suficientemente inteligente y sensible para darse cuenta de ello, ofrece, sin embargo, un aspecto cínicamente positivo al final, como si todos estuviéramos por encima de eso, capaces de encontrar la felicidad hasta en las depresiones más profundas, o al menos de encontrar la suficiente fuerza como para dar un mínimo giro a nuestras vidas.

Amena, rápida, moderna, veraz, se lee de un tirón para releer, de nuevo, con más calma, deteniéndonos en los pasajes confusos que de repente dejan de serlo para aportar algo de luz a la existencia, es “El Ladrón de Chicles” un Coupland lo suficientemente renovado como para intuir que su imaginario no se ha agotado, y desear nos llegue pronto su próxima creación.

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