Hundir la flota

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Lolo tuvo que nacer en Galicia durante la posguerra, y tener un padre temerario que secuestró un barco, para largarse a Francia, armado con dos cojones y una escopeta de perdigones. Tras cinco años de silencio llegó, desde Holanda, la foto de un funeral garabateada por detrás en perfecto castellano, donde alguien le contaba a su madre que el señor de la caja era su esposo. Causa de la muerte: tosferina. En el retrato, todo gente muy elegante y con unos sombreros muy lustrosos rodeando al perdigonero vestido de pino. Ella eligió creerse el cuento. Un entierro rodeado de glamour holandés siempre consuela mucho más que un fiambre tieso, en el cutrebar de un puerto gabacho.

Su madre decidió hacer un bis en eso del matrimonio y optó, para curarse en salud, por un agricultor que le tenía pánico al mar. Este no secuestraba barcos y solo nadaba en sol y sombra, pero tenía unos brazos como remos y repartía hostias, en casa, como si fueran gratis. Lolo no tuvo más remedio que adelantar el estirón de los dieciocho para largar de casa al mamporrero de su padrastro, y con catorce años empezó a trabajar, en un pesquero, para alimentar a esos hermanos que nunca escogió, pero le tocaron en suerte. La suerte, a veces, estaría mejor distraída limándose las uñas. Nos obliga a hacer cosas que nos convierten en seres útiles, pero desgraciados… Lo mismo piensan, por ejemplo,  a las cuchillas de afeitar: si les toca acariciar las piernas de una vedette, son unas cuchillas felices. Si lo que les toca es afeitar el culo de un camionero, la cosa puede cambiar mucho.

Una noche de galerna imprevista, en la que era imposible regresar a casa sin riesgo de desastre, el pesquero atracó en el puerto de Ribeira. Lolo bajó del barco. Sus pies escogieron un itinerario al azar. Se dejo llevar hasta la playa. Allí tropezó con una rubia percebeira, dueña de unos ojos que eran faros alumbrándole el camino hacia su escote. Él no supo ignorar la luz y siguió su rastro. Se casaron cuatro meses después, y cinco más tarde nació el fruto de aquel naufragio en arenas movedizas. Definitivamente hay tormentas que uno sabe como empiezan, pero nunca como acaban.

Se enroló en la marina mercante. Recorrió el mundo de cabo a muelle. Entre carga y descarga nacieron otros tres churumbeles. Cuando volvía a casa se levantaba el telón y la amnesia dirigía la obra. Los problemas domésticos hacían mutis por el foro, y no se hablaba de malas notas, paperas ni letras de banco. El protagonista entraba en escena cuatro veces al año para quedarse a dormir unos días. Vivía lo mejor de su familia, y se timaba a si mismo pensando que lo idílico permanecía siempre a flote, mientras él estaba en el barco. Estaba seguro de que  mandar dólares a España, al cambio, era lo mismo que enviar abrazos. Ignoraba que el amor, en el mercado bursátil de los sentimientos, tenía un valor bastante más alto.  “Lolo el del tocomocho” que  se creía sus mentiras y acababa pareciéndose a Pinocho (con el corazón de madera).

La crisis llegó al mundo naval y la única opción era trabajar, por cuatro duros, en un barco de armador alemán, bandera libanesa y tripulación de Singapur. Prejubilación forzosa. Tsunami casero. Un lobo de mar no se adapta a la vida de gato doméstico, así como así. Una casa no es un camarote. Un marido y padre eventual que ficha solo tres meses al año, es más anacoreta que Frangelico (que al menos alterna por los bares), chantajista sentimental deluxe y egocéntrico con celos de sus hijos, es un desconocido insoportable que duerme al final del pasillo. ¡Tocado!

Veintidós años como veintidós Hiroshimas tardó su mujer en pedirle el divorcio y, con setenta y tres primaveras, Lolo se vio en la calle con quinientos euros al mes en la cuenta, un piso a repartir, un Renault 4L de tercera mano y cuatro hijos que no le dirigían la palabra. ¡Hundido!

Alquiló un piso amueblado, oscuro y deprimente, en un edificio con portal húmedo, puertas desvencijadas y olor a Avecrem en la escalera. Pasaba los días, sentado en el sofá, confraternizando con los perros del cuadro de caza de la pared. “Manda nabo que viváis mejor que yo. Vosotros, por lo menos, trabajáis en lo que os gusta. A mí me dejaron tirado en la cuneta después de toda una puñetera vida dando el callo” rumiaba Lolo.

Siempre veía el mismo canal en la tele. No tenía mando y no había ningún niño cerca al que torturar obligándole a pulsar el botón. Acudía a su cita diaria con una tarotista, de sombreros imposibles y muestrarios de ferretería en las manos. En un impulso anotó en un brik de leche el número de su consulta privada. Lo tiró al cubo de la basura. Pensó que sería una pena desperdiciar cincuenta euros escuchando mamarrachadas. A la mañana siguiente, bolsa negra en ristre, descubrió que el contenedor se había mudado de calle. Ahora vivía una manzana más abajo, al lado de una cabina. “Esto tiene que ser una señal” pensó Lolo. La llamada de los despojos. Abrió la bolsa y sacó la brik-agenda. Marcó el teléfono, concertó un encuentro con su futuro y siete horas más tarde estaba sentado frente a la bruja con sombrero de ala.

Salió de la consulta con unos cuantos arcanos menores, pero con mucha mala baba, dándole patadas en el estómago. La pitonisa lo había dejado claro “Los años que te quedan los vivirás solo. Ahora bien, vete al baile, de vez en cuando, a arrimar el pizarrín. Óyeme, que del roce viene el goce…”

Siguió su consejo, que para eso lo había comprado. Todos los domingos salía del “desguace” con la camisa empapada de pasodobles y cumbias. Volvía a casa paseando por el malecón de Sanxenxo y bailaba la última pieza con la mar, la única mujer que le seguía el ritmo sin pisarle, siempre en la misma escalera.

Hoy hace un año que sus zapatos insolentes, animados por el Son, bajaron a pisar la arena. La mar, esa dama orgullosa que no admite tantas confianzas como la percebeira de su juventud, le mandó de un golpe certero a bailar al otro barrio.

Yo desde entonces me ocupo, placenteramente, de “aliviar” a su ex. Para eso estamos los amigos, y yo fui el único que él tuvo. Lo cierto es que, Lolo nunca atinó a la hora de escoger caminos al azar. Ojalá se compre un GPS anti-improvisaciones cuando se reencarne. Ojalá el tango que ha sido esta vida suya sea, en la próxima, un Chachachá “pa´ vacilar”.

4 thoughts on “Hundir la flota

  1. Opino como Diego, Covi, también es mi favorito. Tu relato me parece brillante.
    Desde el primer día que apareciste por el taller nos estás demostrado a todos que tienes auténtica madera de escritor. ¡Enhorabuena!