Desilusión

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. No resultó agradable encontrarme con aquella situación, pero no pude hacer nada al respecto.

Todo había comenzado un par de meses atrás, el día quince de octubre. Lo tengo grabado en la memoria como si hubiera sucedido ayer, una mujer como ella solo se cruza en tu camino una vez en la vida. Y en el mío se cruzó aquel día de octubre, y de qué manera se cruzó.

Sentado en mi despacho mientras leía la prensa del día, y esperaba a que mi compañero Luis subiera, con los cafés que había ido a recoger a la cafetería de la esquina, buscaba en la sección de sucesos alguna reseña que se refiriera a lo sucedido la tarde anterior. En aquél momento, el rítmico pisar de unos tacones de mujer, requirió mi atención. Francamente, no sabría cómo describir mi reacción en aquél instante. Probablemente acabaría por reconocer que se me quedó la misma cara de lelo, que se le queda a un adolescente la primera vez que toca el pecho de una mujer. Liberada, de pronto, de la sujeción que ofrecían los músculos de mi cara, mi mandíbula inferior describió un perfecto arco de circunferencia, mientras se caía hasta casi chocar con el nudo de mi corbata. Mientras, ella, de pie bajo el marco de la puerta, esperaba a que este humilde servidor recuperara la compostura.

—Espero no haberle asustado—,me dijo, como intentando no darle importancia al efecto que había causado en mí.

—No, es que…—y así me quedé, como un tonto y con un simple “es que…” escapándose de mi boca.

—Supongo que sus habilidades como detective, serán superiores a las que tiene como orador.

—Discúlpeme, ¿señorita…?

—Llámeme María. Simplemente María.

—Cómo usted guste.

Con un leve gesto de mi mano derecha la invité a acomodarse. Dirigió la escultura que era su cuerpo hacia el sillón que se encontraba a la izquierda de mi mesa, justo en la parte donde peor la veía. Las sombras que proyectaban las venecianas de mi despacho, hacían que parte de su rostro permaneciera velado ante mis ojos. Sin embargo, sus piernas se asomaban desafiantes cómo intentando escapar de la prisión en que se había convertido la falda que llevaba puesta. La melena de color castaño, recogida en una especie de coleta, con el flequillo cayendo por encima de su ojo derecho, le daban una presencia entre despistada y divertida, que contribuía todavía más a realzar las facciones de su rostro. La nariz, recta, intentaba elevarse ligeramente al final, dando a su mirada un punto de altivez que contribuía, todavía más, a destacar lo esbelto de su figura.

Desconozco el tiempo que tardaría en rearmarme y recuperar la serenidad, probablemente solo fueran unos segundos, pero a mí me pareció una eternidad. Una vez hube vuelto en mí, comencé con la batería de preguntas que le hacía a cada uno de mis potenciales clientes. Vale que la profesión de investigador privado no tuviera muy buena prensa, pase que yo no era de los mejores del sector. Pero aún así, tenía, y tengo, el derecho de escoger a mis clientes.

Sinceramente, en aquél momento esperaba que me intentara convencer con la típica historia sobre un marido terrible, que no la dejaba vivir en paz, y que además tenía un lío con alguna de sus amigas. Pero no fue así. Venía pidiendo ayuda para encontrar a su amado esposo. Hacía dos semanas que no sabía nada de él, un rico empresario de la hostelería, propietario de dos hoteles y cinco restaurantes, entre los que se encontraban las últimas incorporaciones a la guía Michelín. Y yo, que no solía leer nada de los ecos de sociedad, no tenía ni puñetera idea de su existencia.

—Señora—le dije en tono sincero—, este es un caso que debería estar en manos de la policía.

—No, lo cierto es que tengo miedo de la policía. Me parece que Ricardo—que así se llamaba su marido—, estaba metido en negocios un poco turbios, y tengo miedo de que haya podido tener algún problema con ellos.

—Perdone, pero soy un profesional serio y no puedo inmiscuirme en asuntos de los que se deberían encargar las fuerzas de seguridad del estado.

—Por favor, ayúdeme. No me puedo fiar de ellos.

Los veinte mil euros que puso sobre la mesa, disiparon rápidamente cualquier tipo de duda que yo pudiera tener sobre sus razones, y más aún sobre su posible generosidad. Al finalizar el trabajo, me daría otros treinta mil más. Hacia tiempo que no pasaba por mi oficina un cliente de tanto “calibre” lo cierto es que merecería la pena, hacer siquiera, que me esforzaba en buscar a su marido.

Me dio las referencias sobre los últimos lugares a los que había ido, una lista de sus contactos y los nombres de algunos de los personajes de peor reputación de la ciudad, con los que al parecer, había tenido algún tipo de trato.

Debería informarla una vez a la semana, poniéndola al tanto de mis pesquisas y de lo que descubría sobre él. En mi vida profesional, que era ya bastante larga, nunca me había encontrado con nadie tan interesado en resolver un caso. Y tampoco me llamó la atención. Lo cierto es que, en presencia de María, no habría nada que pudiera llamar mi atención, ella la requería entera. No podía dejar de imaginarme lo que podría ser convivir con aquella diosa de la belleza. Quizá no era la mujer más guapa que yo hubiera conocido, pero la forma de moverse, la expresividad de sus gestos, esos ojos que te atravesaban y parecían dar vuelta en tu interior para descubrir que era lo que tenías dentro en realidad, hacían que me quedara literalmente tonto en su presencia. Y eso fue lo que me llevó a la situación en la que me encuentro ahora. Cuando al fin encontré a su marido, me di cuenta de que no había desaparecido. El pobre hombre estaba intentando escapar. Y ahora, mientras el tranquilizante, o lo que quiera que sea, que María me ha echado en el whisky hace efecto, veo con terror cómo toma la pistola de mi mesa y, poniéndola en mi mano, aprieta el gatillo y le dispara a bocajarro a su marido. Veo su cabeza caer a un lado, y el hilo de sangre que sale de su boca, y apenas me lo creo, pero mi mano se levanta y apoya la pistola en mi sien derecha. Mierda de vida. Las cosas podían haber sucedido de otra manera, pero han sucedido así.

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Escribo porque no tengo dinero para ir al psicoanalista.