Desgracia

Título Original: Disgrace. J. M. Coetzee, 1999. Traducción: Miguel Martínez-Lage. Editorial: Debolsillo. 8€, 271 páginas.

En la novela de Coetzee ocurren dos desgracias. O quizás, no llega a ocurrir ninguna. La trama comienza con un error del protagonista, David Lurie, en el campo sentimental, quedando afectado su campo laboral e intelectual irremisiblemente, máxime estando en edad madura y en un lugar con tan pocas posibilidades como Ciudad del Cabo para un profesor de extinta literatura. Pero quizás esa calamidad no sea tan grande como la segunda, el hecho violento que salpica de sangre y horror las páginas de la mitad del libro. Hecho que, a pesar de las terribles consecuencias que debería acarrear, termina soslayándose por la actitud de la hija de Lurie frente a él.

¿Es esa la desgracia? ¿Que te ocurra algo y todo a tu alrededor continúe como si nada? Que no haya castigo, ni sentido de la justicia, ni deseo de venganza, ni comprensión… ¿es ésa la desgracia a la que se refiere el título?

¿O será la misma vida?

El lector lo tendrá que averiguar por sí solo. Escrito con una sencillez necesaria, envuelto en una atmósfera dura y asfixiante, no exento de verdades atrapadas al vuelo, es “Desgracia” un libro curioso, filosófico, en el que la búsqueda del sentido de la vida se mezcla con una paulatina seriedad que hunde al protagonista en una depresión. La existencia, aquí descrita con violencia, suciedad y sordidez parece ser algo más grande que cualquiera de nosotros y por tanto fuera de nuestro alcance para influir en ella. El cinismo del profesor Lurie, probablemente elemento integrante de la personalidad del escritor, se adueña de la obra en momentos sublimes (la aventura con la veterinaria; el irregular juicio; el poco estridente final) para caer, más adelante, en instantes de cotidaneidad que lo hacen más cercano y cálido.

El deseo, nexo de las dos desdichas del libro, descrito como equivocación desencadenante y terrible, pero también como impulso y motivo para una vida intensa en emociones, es quizás el motivo diferenciador de la curiosa distinción que hace Coetzee entre los dos sexos, insalvables sus diferencias y con una lectura entre líneas que agradaría a las feministas, puesto que parece que un mundo de “sólo ellas” iría probablemente mejor.

Novela dolorosa, sólida, gráfica y breve, lo que es de agradecer, pues tal intensidad no resistiría más páginas, consigue ofrecer pequeños  retales de luz pero no iluminarnos del todo, como si la certeza estuviera siempre así, vislumbrándose pero sin llegar a alcanzarla. Como si viéramos la vida a través de una ventana cerrada. Dice Javier Marías que las novelas de Coetzee nos revelan que la verdad es siempre extranjera. Y yo añado que terriblemente lejana.

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