Certeza

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Aquella tarde de risas y juegos Teo se escapó caminando como ella caminó siempre: despacito y sin volver la cabeza. No habrían pasado ni cinco minutos cuando Javi se dio cuenta y los cuatro salimos a buscarla olvidándonos del abuelo que, sentado al sol, dormitaba. Nos daba miedo que llegara a las vías del tren o que se cayera al Pozo del Infierno, aquella sima a la que se arrojaban los trozos de loza, los cristales y los alambres herrumbrosos para que nadie, sobre todo los animales, se hiciera daño y a la que de ningún modo debíamos acercarnos. Al llegar a la alambrada que separaba las fincas, decidimos que no había tenido tiempo para ir más allá, volvimos despacio, las cabezas gachas, las bocas mudas, las lágrimas bailando en nuestros ojos mientras buscábamos entre la hierba y nos acercábamos a La Riega a remover las piedras, otras veces la habíamos encontrado en el agua, le gustaba quedarse quieta aparentando ser una piedra más y cuando la descubríamos llamábamos “toc, toc” en su caparazón hasta conseguir que sacara la cabeza, que abriera sus ojos de mirada antigua y que nos acompañara con sus pasitos cortos de vuelta a la antojana donde el abuelo le había construido una casita de madera. Allí, las manos entre el agua, nos encontró la tía María Luisa, “tata Magüiza”, cuando salió a repartir el pan con chocolate y las naranjas de la merienda. El pan se me antojó duro, el chocolate en vez de fundirse se hizo arenilla en mi boca y las naranjas “sangrinas”, siempre tan jugosas y dulces, se convirtieron en estopa. Apenas hablamos, no teníamos fuerzas ni para pelear.

Regresábamos a casa apesadumbrados, esperando la reprimenda por el descuido o por nuestras ropas mojadas, o por lo tarde que era; pero no pasó nada de eso, nos encontramos con un taxi que nos esperaba como si fuera Nochebuena, cuando se hacía tan tarde que ya no pasaba el tren y volvíamos, calentitos y adormilados, el sabor del turrón en los labios, los villancicos aún en nuestros oídos, a casa, a esperar un poquito más para que llegaran los Reyes. Ya habían cargado todas nuestras cosas. Deprisa y sin despedirnos nos acomodaron en el coche que, esta vez, no pudimos disfrutar; estábamos demasiado tristes, papá y mamá apenas hablaron, y el taxista, que no era Manuel, condujo en silencio los quince kilómetros que separan las dos casas.

Fue una semana extraña, de lágrimas en la oscuridad, de pesadillas y pena, de preguntas que no hice y respuestas que no encontré; de culpa. Al domingo siguiente, volvíamos por la senda que une las vías del tren con la casa de los abuelos y busqué las señales de bienvenida en el cielo, crucé los dedos y pedí que todo estuviera igual, que Teo hubiera vuelto despacito, sin volver la cabeza, mirándolo todo con sus pequeños y sabios ojos, pero mamá, que había estado taciturna y ausente toda la semana, dijo:

—Niños, hay una cosa que debo deciros: el abuelo se ha ido.

—Con Teo —pensé yo en voz alta.

—Así es hija, con Teodora, él la trajo a casa, él le puso nombre, eran inseparables y no podía dejarla marchar sola. Se han ido juntos. Se harán compañía, no debemos estar tristes.

Seguí caminando, el corazón en los oídos, los recuerdos y los deseos alterando la realidad y pesándome en los zapatos, haciéndome arrastrar los pies. Al levantar la cabeza mis ojos tropezaron con el humo negro, espeso, amenazador que la chimenea escupía: no era bienvenida, tardaría en volver a serlo.

Recuerdo que estuve triste durante mucho, mucho tiempo y también que me sentí culpable por haberme descuidado aquella tarde: si no hubiera abierto la puerta de la casa de Teo, si no hubiera dejado al abuelo solo mientras la buscaba, si la hubiera encontrado…Javi y yo nos distanciamos. Nosotros, que habíamos participado juntos en aventuras, risas, secretos, y penas desde antes de nacer, que no podíamos estar ni un momento separados, nos evitábamos; no volvimos a esperarnos a la salida de la escuela, ni a sentarnos juntos en la iglesia; no compartimos nunca más el ritual de partir los pasteles del domingo: poder probar de cuatro era muchísimo mejor que comer dos. Y nunca hablamos de lo que había pasado… ni del abuelo, ni de Teo, ni de la culpa, ni del dolor.

Volvimos muchos domingos y nada más comer, cuando los niños hacíamos la siesta y los mayores charlaban sin prestarnos atención, me escabullía a La Riega, a buscarlos entre las piedras, a ensamblar recuerdos y vivencias hasta que tuvieron un solo rostro con ojos pequeños de mirada antigua y piel arada por el tiempo: surcos preñados con semillas de historias de todos los lugares, de todos los tamaños y colores; en cada arruga una fábula, un cuento o una leyenda, y una firme y cálida voz que desgranaba para mí cada fruto real o imaginario. Las historias, tantas veces escuchadas, cinceladas en mi memoria: el mico que le mordió la mano; la vecina que le robaba perejil; el reloj de oro que le quitaron para hacer “La Revolución”; la señora que hacía “sus cosas” en el huerto y a la que sentó encima de “su propia m…”. El tren de las cuatro que pasaba puntualmente impuntual a las cuatro y veinticinco me devolvía a la realidad salada de mis labios, a mi deseo de que nadie me preguntara. Mojaba mis manos en el agua siempre fría, las pasaba por mi rostro y volvía a la casa corriendo para que el aire evaporara el agua y desvaneciera la tristeza.

Me hice mayor y aprendí que la muerte se lleva a los que quieres sin que puedas hacer nada para evitarlo, que no para todas las preguntas hallamos respuesta, que el alma rota de pena cicatriza a pesar de las lágrimas o gracias a ellas y, también tengo la certeza de que las naranjas “sangrinas” nunca volverán a saber ni a oler como antes. Nunca.

4 thoughts on “Certeza

  1. Desde la primera línea me ha enganchado en su lectura. Es un relato muy tierno, triste, y cargado de añoranza.
    Me ha gustado mucho.

  2. Coincido con Sirena. A pesar del tiempo transcurrido recuerdo esa sensación de culpabilidad infantil, cuando pensabas que todo lo malo que sucedía tenía relación directa con alguna de tus inocentes travesura.Muy bueno.

  3. Comparto la opinión de Carmenfer, he recordado esa culpabilidad infantil que te hacia sentirte culpable de lo que ocurría a tu alrededor.
    Muy buena historia Esperanza.