El ahora hombre de ciudad

El ahora hombre de ciudad
camina con pasos cansados,
con alegría apagada
sobre el muerto pavimento.
Los sonidos de hierro asustado
golpean sin compasión su cabeza.
Los coches pasan, perros rabiosos
y el torbellino de humo de sus iras
taponan pulmones, queman ansias.
Cuando el alma se apaga, mira recuerdos
y en el renacer del pensamiento
florece el abandonado pueblo.
Ante la luz apagada, los ojos viven,
los labios saborean la nieve del silencio;
la boca busca palabras desterradas
y las manos vacías de callosidades
añoran azada, guadaña y hacha.
El regreso es tortura, necesidad,
noche de tormenta en memoria cerrada;
agua de orbayu que moja suspiros;
fatiga la voz de infancia dormida,
empapa el extraño abandono
de vida repetida en años empedrados
de miradas felices en trabajos realizados
¿y en la vejez,
acaso el hombre
no necesita su infancia?
Su pueblo ha muerto con su silencio.
Sus fantasmas decoran inertes
vidas de carbón fallecido.
Por los caminos del olvido
transitan tenebrosos animales
de tiempo dormido en el recuerdo.
La montaña es un paisaje helado
donde solo se mira un sol negro,
es un lugar muerto de aguas claras,
de piedras con musgo de tiempo sombrío,
de rostro viejo, cementerio perpetuo.
En la necesidad se ancla el deseo.
El hombre se amolda a su destino
con lentitud, como el agua desgasta roca,
él se despide de su miel bien conocida
agarrando silencio y mentira;
atado en la memoria, agoniza el sueño
y por sus cansados ojos camina sin miedo
la muerte, su amiga.

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