Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Otra mañana más ella cerraba la puerta de la tienda de antigüedades. El cartel luminoso de la farmacia mostraba los cuatro guarismos, que ella miraba de reojo mientras daba tres vueltas a la llave, 13.00.
Con paso automático se dirige al mismo café en el que, durante los últimos veinte años, ha tomado una coca-cola previa al almuerzo. Cualquiera que la viese diría que ella es la misma de siempre, que sus pasos no han variado, que camina con el mismo ritmo, ni más deprisa ni más lento. Sin embargo, donde no llegan las miradas una revolución ha comenzado.
Una reflexión ocupa todo el espacio de su cabeza.
El ciego que vende el cupón la saluda unos momentos antes de oír su voz, distingue bien su caminar y conoce sus horarios. Él es el único que percibe que algo está mudando: un breve suspiro mientras el corta el cupón, respuestas automáticas que servirían para un gran número de interpelaciones, un estar pero no estar.
Tras guardar el boleto sigue su avance, recorre los apenas cincuenta metros que van desde el quiosco del ciego al café. Entra empujando la puerta de cristal, abriéndola poco más de lo indispensable para pasar. La mesa que siempre que puede utiliza está vacía. Al mismo tiempo que recorre el poco espacio que separa la entrada de la mesa saluda al camarero que permanece detrás de la barra. Solo se saludan, no pide nada, no hace falta, él le va a traer la bebida sin necesidad que ella se lo indique.
Sentada en la mesa parece hacer tiempo para que el camarero le sirva, con todo, ella está esperando a otra persona, aunque nadie lo sabe. Tampoco el hombre que ella aguarda.
Diez minutos mas tarde un individuo de traje gris, igual al que llevan un par de cientos más de hombres que trabajan en el centro comercial colindante, se dirige a la barra; busca un taburete alto, el periódico, pide un café y comienza a pasar las páginas leyendo apenas algunos titulares.
Ella le mira y graba cada uno de sus movimientos en su cerebro. Un poco más tarde, cuando esté sola, repasará cada uno de sus movimientos, y los analizará hasta el extremo, dándoles significado a cada uno, aunque su autor no pusiese ninguna intención en él, y si la ponía, no siempre coincidía con la interpretación de la mujer.
Él se gira y avanza hacia ella. El corazón de ella se acelera, durante la noche ha decidido hablarle y ahora es el quien se va a dirigir a ella, espera que la aborde, apenas son ocho pasos los que les separan. Cuando los oídos de ella esperan escuchar su voz solo percibe un leve roce en su vestido, él continua sus pasos hacia el baño.
Las mejillas de la mujer se colorean. Abandona la mesa dejando la coca cola sin terminar.
Mientras regresa a la tienda jura, una vez más, que mañana es el día en el que va a hablar con él, le dirá lo que lleva ensayando en tantas noches de insomnio. Al mismo tiempo, en el baño del café, el hombre se aclara la cara y maldice, si bien no sabe si todo es culpa de la timidez o es producto de la cobardía. No acierta a comprender como, en el último momento, sus pies siguieron caminando, y sus labios no pronunciaron la frase que tanto había ensayado en el espejo. Los dos saben que no tienen nada que perder. Los dos se sienten perdidos.
