Es usted un escritor muy prolífico y ecléctico (novelas, literatura juvenil, infantil, libros de viajes… y sí, relatos, aunque crea que es un género que se le resiste), y aún así, me pareció leerle alguna vez que la obra más dura o difícil de escribir, para usted, fue la juvenil “Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia”. ¿Por qué? Ha escrito 3 novelas de las llamadas “juveniles”, ¿de algún modo reestructura su pensamiento al escribir para un público diferente? ¿Intenta ponerse en la piel de un adolescente, quizás? ¿Cree que es un público más o menos agradecido que el adulto?
He escrito cuatro novelas juveniles, ya, y cuatro libros infantiles. No es que reestructure mi pensamiento, exactamente, sino que creo que debo acercarlo a la forma de ver el mundo de gente más joven que yo, que asume como naturales y da por hechas ciertas nociones que yo he tenido que ir adquiriendo por el camino, gente que por otra parte está aún en posesión de algunas cosas que yo ya no tengo, y que, finalmente, no entiende ni vive como propias algunas circunstancias que sí lo fueron (o lo son) para mí. Pero el ejercicio, en cualquier caso, ha sido muy gratificante y satisfactorio. Y sí, son muy agradecidos. Sin dejar de ser muy exigentes. No regalan nada. Afortunadamente.

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Sus libros “infantiles”, ¿hubieran existido sin una Laura y un Pablo en la vida real?
Definitivamente no. O no de ese modo.
¿De dónde sale el afán de agrupamiento? Le gusta agrupar sus libros en trilogías, en grupos de tres… ¿por qué? ¿O es cosa de los editores?
Bueno, lo de la trinidad parece ser un esquema mental innato en las personas. Desde la visión católica de la divinidad hasta las tres líneas que caben en las diapositivas del Powerpoint, y a las que tantos presuntos líderes ciñen su pensamiento y su visión del mundo… Bromas aparte, ha sido una casualidad. Y es cosa mía.
Qué títulos más bellos. ¿Cómo los elige?
Gracias, ante todo. Me exprimo los sesos, a veces dolorosamente, para encontrar una metáfora que lo resuma todo. Es mi manera de vengarme (a costa de mí mismo) de mi condición de poeta frustrado, supongo.
Ya que es el inventor de una pareja de detectives (en este caso, de la Benemérita), parece obligada la pregunta de cuáles son sus detectives favoritos en la historia de la Literatura.
Philip Marlowe. Torpe, escéptico y sentimental.
Cuando escribió “El alquimista impaciente”, ¿cómo surgió el nombre de Bevilacqua?
Lo he contado alguna vez, está en la “Teoría informal sobre la novela benemérita” que incluí en las páginas de “Líneas de sombra”. Buscaba un apellido italiano raro y sonoro. Y lo saqué de una saltadora de altura italiana a la que vÍ de pronto en la tele mientras estaba probando con otros apellidos mucho menos interesantes. Se llamaba Antonella Bevilacqua, era muy elegante y llegaba siempre a las finales. Pero nunca ganaba medallas.
¿Se arrepiente de haber escrito alguna de sus obras?
No, hasta la fecha. Y espero no hacerlo. Lo que no quiere decir que las considere todas perfectas. De hecho, son todas fallidas, en mayor o menor grado.
¿Sería posible que alguna vez pudieran colaborar en la resolución de algún caso el sargento Bevilacqua y la cabo Chamorro con el Comisario Brunetti de la policía italiana? La verdad es que no sé si eso significaría escribir un libro a cuatro manos junto a Donna León, si esto que le planteo es algo impensable, o una auténtica barbaridad. Pero a mí, como fiel lectora suya y también de las andanzas del comisario Guido Brunetti, creo que me encantaría leer una historia en la que los personajes se conocieran y trabajaran juntos en la resolución de algún caso.
Podría ser, en la vida real, con algún crimen transfronterizo. En la literatura, dependería de que nos pusiéramos de acuerdo Donna Leon y yo. La conozco muy poco, sólo coincidí con ella una vez en Barcelona. Pero por mi parte no habría inconveniente. Ni mucho menos.
En alguna de sus reflexiones apunta como hipótesis que básicamente hay dos tipos de personas: Aquellas cuyos deseos los encaminan hacia objetivos que coinciden sustancialmente con los que para ellos señala el cálculo racional, y aquellas cuyos deseos apuntan en direcciones que divergen sustancialmente de las que la razón les aconseja. ¿Dónde encuadraría usted a los que, cuando tienen ante sí dos únicas opciones, optan por la tercera?
Entre los imaginativos transaccionales. Que no es una categoría que garantice el éxito ni la virtud, como sugeriría Aristóteles (el del justo medio), pero que tampoco me atrevería yo a negar que pueda ser en alguna situación la salida más recomendable.
¿Cree usted que en la vida real la situación de Pablo en “Los amores lunáticos” es más común de lo que parece?
No es improbable verse atraído hacia dos personas, ni dudar entre ellas, ni llevar adelante las dos historias hasta poder elegir cuál promete más… Y menos raro es, todavía, que las dos terminen frustrándose por ese incierto y peligroso camino.
En el libro “Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia”, ¿qué prevaleció más a la hora de desarrollar el argumento: el deseo de atrapar a muchos adolescentes en una trama aventurera, llena de lugares reales a los que poder ir no solamente en sueños; o por el contrario, mostrar la importancia de la amistad, el compromiso con nuestra sociedad, los problemas de la inmigración… de una manera didáctica?
Tiendo a ser muy poco didáctico. Los cuentos deben atrapar, hacer pensar, sugerir. Luego lo que cada uno concluya es cosa suya. Yo quise atrapar al lector con la aventura, y al final dejarle pensando.
Cada vez que escribe un libro juvenil, ¿echa mano de vivencias y recuerdos personales o le resulta más fácil imaginar situaciones y personajes desconocidos?
Mezclo, como creo que hace cualquier novelista con cualquiera de sus novelas. Pero dando prioridad a la ficción. La autobiografía es un género que hoy por hoy no me interesa nada. No sé yo si cuando me haga viejo y ya no se me ocurran historias…
¿Qué considera que es más recomendable a la hora de captar nuevos lectores: escribir sobre temas comunes y verosímiles o desarrollar tramas ficticias que alimenten sueños inalcanzables?
Todos somos una mezcla de posibilidades verosímiles y sueños inalcanzables. Sin una de las dos vertientes, las personas están incompletas. Y a mi juicio (pero es una opinión personal que no aspiro a imponerle a nadie), la literatura también.
¿Aparte de escribir, leer y vivir, qué consejo daría a los que empezamos como escritores?
Escuchar. Observar. Dudar. Y finalmente, atreverse.
¿Cuántos libros tiene en la cabeza actualmente pendientes de hornear?
Siempre llevo media docena. Con menos no me siento tranquilo…
¿Trabaja con orden y método ya desde la primera página, o prefiere el caos de ideas y poner orden después?
Prefiero el caos a la hora de urdir e ingeniar las historias y los personajes, proceso en el que me puedo pasar varios años. A la hora de escribir, plan, programa y proyecto bien definido. Ahorra esfuerzos.
¿Que opina de ese espectáculo amañado, violento y grotesco llamado “pressing catch” que la juventud devora con fruición? Mi hijo lo sigue y no sé hasta que punto sus mentes comprenden que toda esa violencia es mentira. ¿Cuál es la parte más divertida de escribir una novela policíaca? ¿Y la más difícil?
Lo del “pressing catch” nunca lo he comprendido. Pero como decía el torero, “ha de haber gente pa tó”. Lo más divertido de escribir una novela policíaca es jugar a abrir la caja secreta, el baúl donde la gente guarda su parte inconfesable. Lo más difícil, mantener la intriga, la tensión y la verosimilitud.
Usted escribió el prólogo de “Plinio, casos célebres”. Me gustaría saber qué influencia ha tenido en sus propias novelas las de Francisco García Pavón, que según usted es el que logró “[...transplantar con éxito, originalidad y credibilidad una fórmula, la narración policial, que hasta entonces sólo había cuajado fuera de nuestras fronteras..."
Pues no mucha, la verdad, porque él es muy castizo y yo en cierto modo me rebelo contra el casticismo, tanto en lo que toca a la visión del cuerpo policial al que pertenecen mis personajes, la Guardia Civil, como en otros muchos aspectos. Pero hay dos cosas que aprendí de él: la importancia de cuidar el lenguaje (es uno de los escritores españoles del siglo XX con un castellano más preciso y limpio) y la necesidad moral de compadecer a los personajes, como hermanos humanos (aunque ficticios) que todos ellos son.
En una noticia publicada en la Sección Cultura del diario La Razón, usted dice que "a veces se es demasiado amable y educado en cuestiones que no hay que serlo". ¿Cómo se puede combatir esto?
Es difícil, cuando uno ha recibido una educación que se basa en el respeto a los otros, responder como se debe a quienes viven de no respetar a nadie, de convertir sus ideas en venablos arrojadizos o de reducir al silencio a quienes de ellos discrepan. Pero bueno, de vez en cuando a estos hay que decirles la verdad, con crudeza. Eso sí: siempre, a ser posible, sin encono. El encono desacredita.
“De vez en cuando conviene intentar escribir de forma diferente a la que acostumbramos". ¿Qué le dice a usted esta frase: le parece una mera forma de hablar o puede tener que ver con la experimentación?
Es una buena prueba para un escritor de ficción. Le da una medida de su capacidad de funcionar en diferentes registros. Que es también una medida de su capacidad de crear personajes y manejar puntos de vista.
Usted habla de un cine que agoniza. ¿No cree que es la sociedad quien está agonizando hace tiempo?
En cierto modo y en ciertos aspectos (por ejemplo el que representa el cine en su versión de espectáculo de masas) tal vez. Pero se revitaliza en otros. La vida sigue, siempre.
He leído en el diario UNO Edición Digital, de Mendoza, Argentina, de 14 de mayo, que usted ha asistido a un acto de exorcismo del Padre Fortea. ¿Calificaría el hecho como algo anecdótico o como una realidad más allá de cualquier duda?
Ya lo conté, en un reportaje que escribí al respecto. El espectáculo era potente, pero yo no creo en la posesión demoniaca. Más bien en estados muy intensos de sugestión (y autosugestión). No niego que pueda haber otra cosa (que sé yo de lo Desconocido); sólo digo que a mí la visión de la posesa, aunque me impresionó, no me hizo sin embargo caer de rodillas. No me pareció una prueba concluyente.
Usted dice que se ha resignado a aceptar que sus novelas con Bevilacqua y Chamorro como protagonistas sean las más populares, lo que deja entrever que usted tiene otras preferidas. ¿Cuál de sus creaciones le gustaría a usted que fuera la más leída y admirada?
Les tengo cariño a todas mis criaturas, y estoy muy feliz con el éxito de Chamorro y Bevilacqua. Incluso con el hecho de que el artículo de Vila en la Wikipedia sea mucho más largo que el mío. Eso es una buena señal cuando uno crea un personaje de ficción. Sólo que a veces te entristece un poco que otras cosas en las que has puesto tanto esfuerzo sean mucho menos visibles. Pero tampoco me quejo. Mi libro menos leído ha tenido unos cuantos miles de lectores. Sería impresentable llorar por eso.
Me encanta la literatura infantil de calidad por la complejidad que despliega detrás de una aparente sencillez, y creo que sus relatos infantiles la poseen; ¿qué armas de escritor utiliza para desarrollar estos relatos que no utiliza en sus obras escritas para adultos?
Hablar con los niños, escucharlos, tratar de seguir con la mirada lo que ellos siguen. Mis hijos me han ayudado mucho en este sentido. Creo que la literatura es en buena medida el arte de la mirada y para escribir para niños hay que renovarla, limpiarla de resabios y suficiencias.
En una buena novela, sostiene que hay tres elementos principales: el estilo, la narración y la mirada. Es la “mirada” lo que más me llama la atención porque grandes novelistas que tienen los dos primeros elementos carecen del tercero. ¿Podría explicar con mayor amplitud a qué se refiere cuando cita este elemento? ¿Escribir bien podría ser un privilegio, entonces, de unos pocos?
Juro que he escrito la respuesta anterior antes de leer esta pregunta… Es curioso. Para mí, la mirada es esa posición original del artista frente a la realidad, que sólo funciona verdaderamente de un modo hasta cierto punto paradójico: en tanto que es individual y universal a la vez. O lo que es lo mismo: en tanto que es propia y personal, pero está abierta a los otros, a través del mecanismo de la empatía. Los grandes artistas son aquellos a través de cuyo discurso hablamos todos. Aquellos en los que al leerlos, nos leemos. Y sí, de esos, hay pocos.
¿Está contento con la adaptación al cine de “La flaqueza del bolchevique”? ¿Imaginaba la película así en su cabeza cuando escribía el libro?
A la primera, sí. A la segunda, no. La película es de su director. Es su mirada. Es su proyecto, su apuesta. Yo sólo le cedí la historia, porque me demostró que iba a respetarla. Pero no pretendí convertirlo en siervo de mi película mental de mi propio libro. Eso habría sido muy inapropiado. Y muy poco inteligente por mi parte.
Usted tiene en su haber un premio tan importante como el Nadal. Más allá de la economía, ¿marcó este hecho un antes y un después en su obra?
La economía me cambió más por lo que el libro dio de sí luego que por el premio (con 18.000 euros, ya me dirás tú quién ve resuelta su vida hoy). Pero sí marcó un hito. El de pasar de un público reducido al gran público lector. Y en un orden más práctico, el de poder ser, como siempre soñé, alguien cuya profesión, a todos los efectos, fuera la literatura. Me alegro de haber tenido otras profesiones, que me enseñaron mucho, pero no puedo dejar de celebrar el poder dedicar todo mi tiempo, ahora, a la profesión que es mi vocación desde chaval. Y eso fue posible a raíz del éxito de “El alquimista impaciente”.
¿Podría describirme con tres adjetivos Marruecos?
Próximo, intenso, vivificante.
¿Se ha amigado ya con el relato breve?
Bueno, ahí ando. Incluso he arrancado un proyecto basado en el relato muy breve: se llama “vidas.zip”, y lo hago semanalmente en elmundo.es. Me he acercado a la distancia corta, entre otras razones, gracias a lo idónea que es para escribir y comunicarse a través de la Red, ese nuevo espacio de interacción con los demás al que no creo que un escritor pueda permanecer ajeno.
Alguna vez ha respondido a los críticos. ¿Que opina de la crítica literaria en España?
Sólo dos veces, que yo recuerde, cuando me descalificaron personalmente, juzgando mis intenciones y atribuyéndome propósitos espurios que nunca he tenido. Uno de ellos, además, se permitió hacerlo desde la ignorancia histórica, y eso no lo podía dejar pasar. Los lectores podían verse arrastrados a una falsa visión de las cosas por quien, como luego reconoció incluso en su respuesta, con total desfachatez, no sabía nada del asunto sobre el que emitía su veredicto (ni le importaba, aclaró). Esa crítica irresponsable y “porque yo lo valgo” me parece deplorable. Cualquier otra, la acato y me parece enriquecedora. Ya la haga un catedrático de Filología o un alumno de instituto. En la crítica española hay no pocos casos de lo primero, pero también un buen número de gente seria. No voy a sostener el discurso victimista de los autores frente a los críticos. Yo sólo he tenido la mala suerte de cruzarme con un par de desaprensivos.
Confieso que de Ud. he leído la estupenda obra "Del Rif al Yebala", aunque sigo con gran interés la sección que publica (cartas de los lectores) en un suplemento de cierto periódico. En relación al tema del libro mencionado, Ud. a quien prefiere: ¿A Barea? ¿A Sender? Salvando las distancias, ¿la guerra de Marruecos fue una especie de Vietnam a la española?
Barea me emociona más, Sender es mejor escritor. Cada uno tiene lo suyo y no me podría decantar. Y en cuanto a Marruecos fue algo peor que un Vietnam. Rompió la sociedad española y la dejó lista para una Guerra Civil. Llena de gente que había probado el olor de la pólvora y que había matado para salvar el propio pellejo. Los de Vietnam, cuando volvieron, cometieron crímenes aislados. Aquí, los criminales se organizaron y se apoderaron del país. Y no faltaron en ambos bandos, aunque los del triunfador alcanzaron mayores estadísticas.
A la hora de seleccionar las cartas de los lectores, ¿qué prima en su criterio? ¿El valor literario de lo escrito? ¿El interés del tema? ¿Un poco de todo?
Un poco de todo, el interés, la novedad, la destreza en el uso del lenguaje. Sobre todo, aquello que desde esa sección de esa revista me permita ofrecer a los lectores un discurso distinto y alternativo al que en el resto de las páginas, y en el resto de los medios, les ofrecen los periodistas profesionales.
Su novela "La flaqueza del bolchevique" fue rechazada por varias conocidas editoriales y paradójicamente después quedó finalista del Premio Nadal en 1997 y se realizó una adaptación al cine. Cuando a uno le rechazan su obra varias veces ¿qué le empuja a seguir intentándolo?
La desesperación. El saber que no hay nada que perder. Cuando mandé la novela al Nadal lo hice porque no sabía cómo deshacerme de los manuscritos que me habían devuelto los editores. Leí la convocatoria, vi que el libro tenía las páginas que pedían y me dije: “bueno, que reciclen ellos el papel”.
Usted ha dicho: "Después de mucho pensar, creo que la literatura sirve para dejar memoria, para dejar testimonio, escribimos en cierta manera para no olvidar. Escribimos para que quede una huella de lo que hemos vivido, hemos visto o hemos soñado". Después de leer esto mi pregunta es: ¿para usted escribir es un placer, un trabajo, un querer dejar huella en la historia o una necesidad para seguir recordando?
Placer, necesidad, trabajo. Todo a la vez. A estas alturas, ya no sabría vivir sin escribir. Ha dejado de tener mérito, si alguna vez lo tuvo.
En la "Flaqueza del Bolchevique" combina a la vez una historia amarga con un punto cómico. ¿Fue intencionada esa mezcla o surgía a medida que escribía la novela?
Fue intencionada e inicial. Empecé la novela impulsivamente, un día que estaba muy cabreado con una serie de cosas que no me gustaban. Y me dije: “frente a todo esto hay que ser amargo, pero no amargarse: haz algo para sacar la hiel y reírte un poco”.
En “El urinario” caracteriza magníficamente el tedio -el famoso esplín de otras épocas- que supuestamente incide en individuos con un nivel económico bastante aceptable ¿Opina que sería creíble un personaje que mantenga esa actitud trabajando de albañil o en invernaderos? En la misma obra, el protagonista se refugia de lo ininteligible o inefable en los sonidos, en la belleza de las luces, en las relaciones fantaseadas, incluso escribió alguna novela. ¿Sospecha que el aburrimiento -a veces no confesado- es la motivación principal para la creación literaria de los autores que usted conoce?
Gracias por leer así “El urinario”, uno de mis libros “malditos” y “escondidos”, al que quizá por eso mismo le tengo mucho cariño. Sí, creo que en cierta medida el arte nace de la insatisfacción. Pero también de la vocación de superarla y vencerla. Por eso creo que es tan importante la cultura, en todas sus formas, y hacerla llegar a todos, albañiles y trabajadores de invernaderos incluidos. Porque nos da la capacidad, pero también la ambición de intentar y perseguir esa “enmienda a la realidad” que tanto necesitamos a veces.
¿Cree usted que llegado cierto momento los personajes que crea un escritor terminan acosándolo?¿Cómo saber cuál es el instante ideal para asesinarlos?
No sé a otros escritores, a mí no me pasa. Mis personajes son gente maja, muy normal, muy soportable, con la que me llevo bastante bien. No he tenido hasta la fecha más impulsos “personajicidas” que los que quedan inequívocamente documentados en mis novelas a través de aquellos a los que he matado. Y aún de algunos de estos, a los que sí maté, me deshice con gran dolor y remordimiento.
¿Tuvo algo que ver su lugar de nacimiento, Carabanchel) con los personajes de alguno de sus libros (la guardia civil)?
Pues no mucho. Pero quizá sí el hecho de haber vivido mucho tiempo en un lugar próximo, la colonia militar de Cuatro Vientos. Eso no sólo me permitió conocer bien a los militares (dentro y fuera del cuartel) sino incluso perfilar algún personaje. Chamorro, por ejemplo, muy bien podría haber sido una de aquellas chicas de mi barrio que querían ser militares como sus padres y que entonces no tenían la posibilidad de serlo…

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