Según la definición clásica, leyenda es una manifestación literaria de la tradición oral que relata hechos sorprendentes. No buscan efecto instructivo o moral, sino la admiración ante el misterio y aún su explicación. Son relatos que producen asombro y de los cuales es el pueblo autor y receptor al mismo tiempo, pues, como en todas las manifestaciones de tradición oral, al pasar de boca en boca y de generación en generación, se van modificando los detalles no bien recordados, potenciándose e intensificándose cada vez más los aspectos fantásticos o heroicos.
Para Jan Harold Brunvard, el máximo recopilador de Leyendas Urbanas desde 1981, la “Leyenda Urbana” es una historia “demasiado buena para ser verdad”: describen acontecimientos reales (pero raros) que le han ocurrido a un amigo de un amigo; las localizaciones y hechos son ciertos; sus personajes son humanos y reales. Sin embargo, los incidentes que les ocurren llegan demasiado lejos para ser creíbles.
¿Hay algo de realidad en las Leyendas Urbanas? Una prueba irrefutable para saber si el hecho que se cuenta es cierto o no es haberlo oído antes. Uno está convencido de que lo que le ha contado su amigo (que le ha ocurrido a su prima, o su vecino, pero jamás directamente) es cierto, hasta que otra persona más le viene con la misma historia. Se oye hablar de un acontecimiento ocurrido en Francia, pero a la vez se ha oído relatar a alguien en Brasil. La historia es demasiado increíble para ocurrir en un sitio como para que le haya pasado a dos personas. Prueba no superada. La historia presuntamente cierta es una leyenda urbana.
Las leyendas urbanas se repiten en la historia de la literatura. No en antologías o compendios, no, sino en novelas, en cuentos literarios, en historias imaginativas. Los escritores son menos inventivos de lo que se cree, y en su papel de traductor de la realidad, escuchan y captan al vuelo fragmentos de la vida que luego trasladarán a sus libros. Como bien dice Brunvard, la leyenda urbana es “demasiado buena”, y probablemente el escritor oyera alguna vez esa historia que le contó un amigo, y decidiera utilizarla, posteriormente, en algún capítulo, sin sospechar que esa misma historia ya circulaba en América del Sur, África, o la vieja Europa.
Hay una leyenda urbana que se repite desde 1925, llamada “No es mi perro”. En ella, un invitado a una cena llama a la puerta de sus anfitriones y en ese momento un perro también se cuela en casa. El invitado cree que es de los dueños y se extraña de lo maleducado que está (muerde los muebles, patea, e incluso ataca a un siamés que circula por allí). Al irse de la fiesta, la dueña de la casa le advierte: “No se olvide a su perro”, a lo que el invitado contesta: “¡Creí que era suyo!”.
Pero esta leyenda tiene una versión escrita anterior. La utiliza la escritora Lucy Maud Montgomery (más conocida en España por su “Ana de las tejas verdes”) en su libro infantil “Emily la de luna nueva” ya en 1924. ¿Quizás nació como una invención activa de la autora, y se fuera trasladando hasta que desapareció su autoría, quedando como Leyenda urbana? Años más tarde (1985) este suceso aparecerá en otra novela, “House of ill male”, de Simon Hoggart, pero es probable que a él le llegara como leyenda y decidiera aprovecharlo para su novela. Sin embargo, no hay constancia de esta historia antes de 1924, así que nos encontraríamos ante el fenómeno inverso: la creación consciente de algo que luego se volverá legendario.
Una de las leyendas urbanas favoritas es la del deportivo rebajado. Un hombre decide contestar a un anuncio en el periódico en el que se ofrece un Mercedes (o un Porsche, o un Cadillac, o un Packar. Actualmente la versión sería un “Gran Torino) por 50 dólares. Asombrosamente, el coche está en perfecto estado, casi nuevo, y lo vende una mujer. Una mujer recién divorciada a la que su marido ha escrito desde su nueva casa y nueva vida que por favor venda el coche y se repartan el dinero. Es una historia perfecta de justa venganza, irresistible para muchos escritores que han hecho de es pensamiento el leit-motiv de sus novelas, como Olivia Goldsmith y su superventas “El Club de las primeras esposas”, en la que la rica Denise vende las pertenencias de su marido a una de sus amigas por tan sólo un dólar.
Una variación de esta leyenda la encontramos en una novela de Nick Hornby, “Alta fidelidad”, y por estar escrita por un hombre sufre una modificación. En este caso, la divorciada le quiere vender la colección de vinilos singles de su marido, todo Pop de los 80, a un melómano que además tiene una tienda de lo mismo. La cantidad que le requiere es ridícula, pero el protagonista se niega, en un alarde de solidaridad masculina (mal entendida). Pero la historia se ha repetido y probablemente incluso haya llegado a materializarse alguna vez, con la cantidad de separadas que andan recopilando ideas de este tipo.
La justa venganza, pues, es un pensamiento intrínsicamente literario. Como la vida es vengativa, pero no justa, la literatura ha de compensar ese desequilibrio, y por eso los libros están repletos de finales perfectos y contestaciones mordaces en el momento oportuno. En la vida real, esos alardes siempre se nos ocurren después.
Fannie Flagg utilizó una leyenda urbana para su preciosa novela (y ganadora de un Pulitzer) “Tomates Verdes Fritos”. Como fue una película muy popular probablemente esta anécdota suene a los lectores.
Una mujer de mediana edad, generalmente gorda, lenta e insegura, detiene el coche para aparcarlo con su correspondiente señalización. Pero unas jovencitas en un coche destartalado se le adelantan y ante la cara de estupor de la mujer, le dicen: “Lo siento, señora, somos más jóvenes y rápidas que usted”. Minutos después, esas mismas chicas se tiran de los pelos mientras contemplan cómo la misma señora está chocando frontalmente con su coche, dejándolo destrozado. “Lo siento, chicas. Soy más vieja y mi seguro lo cubre todo”.
Por supuesto, es una respuesta perfecta que une elementos de justicia poética. A todos nos han quitado injustamente una plaza de aparcamiento, y todos hemos agachado la cabeza para no “armar lío”. Pero las posibles e hirientes respuestas nos atormentarán posteriormente, deseando haber sido más rápidos, más valientes o más seguros. De tal deseo nace esta leyenda urbana.
Pero a veces puede ser real. No he oído que ninguna mujer mayor ande chocándose con coches en los centros comerciales, pero siempre recuerdo a mi tío, cuando el policía le ponía una multa y le inquiría para ir más despacio, diciéndole: “Ah, no, elija: o multa, o bronca. Las dos cosas no”. A veces, la realidad supera a la ficción.
Hace años el escritor Paul Auster colaboró en una radio y se le ocurrió que la gente le enviara historias reales que les hubiera ocurrido para leerlas en antena. El aluvión fue tal (y de tal calidad) que Auster decidió recopilar las mejores en un precioso volumen llamado “Creía que mi padre era Dios”. Las casualidades y justicias poéticas se suceden en ese libro, en historias que yo jamás había oído relatar. Los autores no son escritores, y se nota, y por eso la cualidad del libro es su realidad. La vida que desprende y las cosas que suceden en el Planeta.
Hubo una que llamó mi atención particularmente. La escribía un hombre acerca de un hecho sucedido en el pasado, y se notaba que quería contarlo para poder dormir tranquilo. Hacía muchísimos años, cuando era soldado en Vietnam, vio a un joven vietnamita con su pluma. El vietnamita se la debía de haber robado en un descuido, así que se la pidió: “Dame la pluma”, le diría, o algo por el estilo. El vietnamita, con una cara de profundo dolor, se la entregó, y jamás le volvió a ver por ahí. Al regresar a su tienda, el joven soldado se percató que su pluma estaba en su escritorio, así que le había robado al vietnamita (que no poseía nada) la suya propia. No tuvo ocasión de pedirle perdón. Y es poco probable que el vietnamita leyera este libro.
Pues bien, se trata de una leyenda urbana. No digo que el soldado se la colara a Paul Auster, no. Si no que es algo que ocurrió (porque pudo ocurrir. Ésa es la máxima de las Leyendas Urbanas) y de lo que se hablaba antes, de modo que la leyenda “La cartera robada” (o el reloj, o incluso las galletas) ya circulaba.
Así, tenemos, por un lado, al escritor que roba la leyenda; por otro, a la leyenda que nace a partir del escritor; y por último, la leyenda que copia a la vida. Una historia muy buena que se creyó leyenda pero que ocurrió realmente (pues hay datos para demostrarlo) es la de “El problema sin solución”, ocurrido al matemático George Dantzig (cuando hay nombres reales suele ser cierto), quien entró tan tarde a un examen que no pudo oír las indicaciones del profesor, así que se limitó a resolver los 5 problemas que había en la pizarra. El último (que solucionó como los otros) era un famoso problema de estadística sin solución. A pesar de tener visos de leyenda, George Dantzig existe, y desde la publicación del problema trabaja en el Departamento de Investigación de Cálculo de Stanford. ¿Demasiado bueno para ser cierto? Pues esta vez lo es.
Me ha gustado mucho el artículo “Me lo contó una amiga…”me recuerda tantas historias que creemos ciertas y que no dejan de ser leyenda…
Ánimo y seguir con la revista, da gusto leerla.
Feliz día del libro a todos!!!
muy bueno el artículo. Para mi la mejor leyenda urbana y que, en mi humilde opinión, demuestra que en un tanto por ciento elevadísimo son todas puras invenciones es la del cocodrilo en las alcantarillas. Bueno, supongo que los rumores e invenciones tienen las patitas más largas que las verdades. O quizá sea que son más divertidas, más intrigantes, más atractivas.
Gracias a las dos por vuestros comentarios!
me encantó el artículo, quien escribiria la chica de la curva? jejeje, eres una artista nena. Mil besotes!!