La hija del sepulturero

Ficha Técnica: 2008, Joyce Carol Oates, Alfaguara. Título Original: The Gravedigger’s Daughter. Traducción: José Luis López Muñoz

Dice Margaret Atwood que el paisaje exterior de un escritor se ve siempre reflejado en su obra. Tiene sentido. En Canadá existen múltiples novelas en las que un personaje muere congelado porque se quedó borracho en la calle, pero sería un recurso literario poco realista en Asturias.
De el mismo modo, mientras en la literatura europea nos encontramos con el personaje que quiere cambiar su vida pero no puede (el personaje atrapado, engostado y encarcelado, generalmente mujer), en Estados Unidos la variación literaria es otra. En un país de grandes dimensiones, cuyos Estados son mucho más grandes que la mayoría de países europeos, y cuyo control de documentos identificativos (en los que ni se les pide foto) es pasmoso por lo poco claro, el personaje más manido será el de la persona que escapa de verdad, es decir, de un modo físico; la persona que huye y se crea una nueva vida partiendo de cero, pero que en esa huida, en la que se va creando una nueva identidad, pierde sin embargo la suya propia.
Frente a la actitud de sus padres, los sepultureros que van dejando que su identidad real, la que trajeron de Polonia, se diluya en el cementerio hasta desaparecer, Rebecca, la protagonista, se va creando la suya de tal modo que en la suave mujer que coquetea con un anciano y que sonríe a los clientes en la tienda de música nos cuesta reconocer a la niña que se desollaba las rodillas y los puños en las peleas de colegio, a la dura camarera de pisos, a la asustadiza trabajadora de fábrica. Es Rebecca, entonces, un personaje que consigue huir, y con éxito, pues a lo largo del complicado e inteligente plan que urde no hay ningún cabo suelto que permita que la atrapen jamás.
Lo que nos cuenta Joyce Carol Oates es que ése será su drama. Que la identidad se trueca, no se añade. Que no se suma jamás, sino que se pierde. No podemos tener varias, son incapaces de ser superpuestas. Una no convive con la otra. La elegida obligará a tirar la otra.
La pregunta aquí, entonces, no será cómo huir, sino cómo regresar, qué hacer cuando han volado las miguitas que dejamos para desandar el camino. Cómo recuperar el punto de partida si ni siquiera hemos dejado miguitas.
Quizás América sea un territorio demasiado vasto para eso.

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