Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel… Hermoso, no porque fuera uno de esos días de primavera en los que el astro rey se muestra majestuoso sin que ninguna nube ose, ni siquiera de lejos, ensombrecer su dorada y altanera pose sobre un irreal manto azul. No, no era uno de esos días, sino todo lo contrario. Hermoso, no porque fuera uno de esos días en los que te levantas de la cama con el propósito de la enmienda a modo de pensamiento único y sales de la ducha convencido de que, esta vez sí, dejarás de fumar, de beber, de trasnochar, de… No, no era uno de esos días, sino todo lo contrario. Hermoso, no porque fuera uno de esos días de primavera en los que te sientes tentado a dejar de ser un recalcitrante rompecorazones concediéndole al dardo envenenado de Cupido el beneficio de la duda. No, tampoco era uno de esos días, sino todo lo contrario. Hermoso, porque aquel frío, gris y lluvioso día de primavera, era el elegido para que la justicia fuera un poco menos ciega, y el presunto asesino de mi padre, y el de otros treinta padres, o hermanos, o tíos, o hijos, o maridos, o…, cargara en sus espaldas todo el peso de una ley que no devuelve la vida, pero equilibra la balanza.
Cruel, no porque aquel día gris, frío y lluvioso de primavera, el ya no presunto, sino declarado asesino de mi padre y de otros treinta padres, o hermanos, o hijos, o maridos, o tíos, o… no mostrara arrepentimiento. No porque no pidiera perdón. Cruel, no porque se hubiera vuelto hacia nosotros sonriendo con cínica condescendencia. Cruel, porque ni siquiera aquel tipo, se merecia presenciar como uno de nosotros, sus otras víctimas, se cobraba la deuda aplicando el cruento ojo por ojo y diente por diente, descargando todo el peso de su furia, no sobre el que había dejado de ser presunto, sino sobre la mujer que había cometió el pecado de enamorarse de un asesino…