El viejo reloj de sol, olvidado sillar empotrado en la fachada, mudo testigo de juegos y peleas, de mercadeos y andanzas, de natalicios, furtivos amores y complacientes noviazgos, bodas y funerales, escándalos y polémicas, desafíos y concordias, hurtos y asesinatos, halagos y maledicencias, dimes y diretes, favores y engaños, fervores y apostasías, derribos y reedificaciones, risas y lamentaciones, vidas vividas y vidas soñadas.
El viejo cuadrante, sucio y agrietado, testigo de mi deambular por el destartalado barrio, estaría registrando quizá mis acciones y pensamientos para acrecentar ese gran y desconocido archivo de todos los segundos, minutos y horas transcurridos desde que el anónimo cantero de mediados del XVII culminó su obra. Cual rudimentaria grabadora, dejaría constancia en sus surcos de piedra de mis afanes y anhelos, aciertos y errores, para así conservarlos hasta el día del Juicio Final.


Rubázquez, cómo me alegro de que hayas vuelto y poder leerte de nuevo.
Ay, Celia, Celia, eres demasiado buena conmigo, con lo desastre que soy…