Luis nunca hubiera podido imaginar que recibiría la visita de Mari Luz muchos años después de su marcha definitiva. Había sufrido durante meses al verla languidecer y consumirse a causa de un mal desconocido hasta entonces. ¡Malditos especuladores aceiteros! Aquella vida en flor, aquel amor sincero, emotivo, se truncaron para siempre. Le quedó una cicatriz profunda que sólo con el tiempo se fue haciendo menos visible. Pero aparecía de pronto en cada nueva relación que establecía y le impedía seguir adelante. Le fue fácil acostumbrarse a la soledad. Había estado fuera de su casa desde los tiempos del bachiller y no estaba dispuesto a una nueva experiencia como la pasada.
Llevaba una vida cómoda, daba clase por la mañana en el instituto, comía fuera y dedicaba la tarde a Internet, pasear y algo de ejercicio físico. Asistía con deleite a la ópera, a la zarzuela y a gran cantidad de conciertos. No se perdía ningún día de playa, tenía una especial necesidad de recibir los rayos del sol mientras se concentraba en novelas históricas. Los viajes ocupaban la mayor parte de sus vacaciones. Pocos lugares turísticos le quedaban por conocer, acaso Japón y Hawai.