Mañana

Frente al espejo del baño, Luis se llevó la mano a la garganta como queriendo aflojar el nudo de una corbata inexistente. Tenía la frente empapada en sudor y por un instante notó que le faltaba el aliento. Desde que se había tomado algunas molestias para aplazar por tiempo indefinido verse la cara con su hermano, sufría crisis de ansiedad casi a diario. Pero esta vez la sensación era distinta. Cuando consiguió recuperar el resuello, se secó el rostro con la toalla y se recriminó a sí mismo. ¡Déjate de tonterías…! Esa sanguijuela está muy bien donde está. No es con él con quien tienes que verte mañana, sino con Sebastián. La cita es con Sebastián. Insistió. ¡Sólo con él! Aún tienen que llover muchos abriles antes de que tengas que volver a verle la cara a esa sanguijuela.

Más tranquilo, respiró profundamente y regresó a la habitación buscando conciliar el sueño.

Ajena a todo, Margarita se había apoderado del centro de la cama y dormía placidamente hecho un gurruño con el edredón. A Luis le irritó esa usurpación, y la despertó con brusquedad.

—¡Pero qué mosca te ha picado …! —refunfuñó Margarita somnolienta.

—¡Vamos, coge tus cosas y lárgate …!

—¡…te has vuelto loco …! —replicó indignada.

—¡Qué te largues …! —gritó Luis saliendo de la habitación.

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