La virgen del llano

Aquel domingo un frío tenaz dominaba el cuerpo de Eduardo; un estilete helado que entumecía la carne y parecía separarla del hueso. El joven pensó en un principio de extraña gripe —algo inusual en él porque rara vez guardaba cama por catarros y dolencias similares— pero en su frente no encontraba la tibieza de la fiebre ni su cuerpo demandaba refugio bajo las sábanas. Notaba, más bien, una garra intentando arrancarle las entrañas.

La sensación era repelente, en sí misma, y también porque le hacía sentir débil, pusilánime y temeroso y eso, a él, un hombre cuya principal razón vital era la superación de cualquier obstáculo que interfiriese en su santa voluntad, no le agradaba en absoluto.

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