Me esperaba al final de la escalera mecánica. No disimulé mi desagrado. Él sonrió como si yo fuese a felicitarlo por algo. Intentó abrazarme y retrocedí.
—Hola, Elsa, hace dos años que no hablamos y lo echo de menos. ¿Tomamos un café?
—¿Para qué? No quiero oir las mismas mentiras de siempre.