Raimundo levantó la vista del microscopio con gesto desencajado y, poco a poco, se fue quitando los guantes de látex que en aquel momento estaban ahogando sus dedos.
La biopsia le había confirmado sus peores presagios. Se acercó a la ventana del laboratorio y se quedó un buen rato mirando hacia lo lejos sin conseguir fijar su vista en nada concreto. Más tarde se volvió hacia el interfono que reposaba sobre la mesa de su despacho y como un autómata marcó la extensión de cirugía. La voz de la enfermera le sacó de su ensimismamiento
—¿Si? Cirugía.
—Soy el doctor Rubiera, ¿está el cirujano por ahí?
—No, doctor, llegó una urgencia y tuvo que entrar a quirófano.
—Bien, cuando salga le dices que hasta dentro de unos días —mintió— no tendré los resultados de la prueba que me pidió. Ahora tengo que irme.
—Se lo diré doctor, no se preocupe.
—Gracias, Maite.
Raimundo se acercó al perchero y cambió su bata blanca por la chaqueta de calle, luego recogió los papeles con los resultados de la analítica que acababa de hacer y los guardó en el maletín que se iba a llevar para casa.
