Se encendió poco a poco para no despertar a los oseznos. Entre sus tonalidades destacaban el humo, el ladrillo, el musgo y el arroyo. Los ojillos somnolientos tardaron en abrirse: estaba teniendo un sueño tan agradable… Sus párpados se deslizaron perezosamente por el umbral del día, y recorrió los tejados y las copas de los árboles con sus rayitos trémulos, disolviendo sus pijamas de nieve. Bostezó con suavidad sobre el bosque en silencio, mientras algunos grillos empezaban a salir de sus cuevas para desayunar y las hormigas iniciaban su jornada. Conversó en voz muy baja con las gruesas capas de escarcha que adornaban veredas y caminos, para ir diluyendo los adverbios de tiempo que se habían solidificado en el transcurso de la gélida noche. Desnudó a las acequias de sus tules transparentes, y engalanó los prados con las primeras flores que se fueron abriendo al contacto con su aliento luminoso. Se hizo una infusión de menta y repartió su calor entre las nubes, que se fueron diseminando en ráfagas azules hasta desaparecer. El valle se tornó multicolor, y al fin la noche se recostó en su oscuro camastro hasta el turno siguiente.
Precioso.
Me gustan tus comparaciones “tules transparentes”… No me gusta lo de rayitos, ojillos (cosas mías odio los diminutivos), a mi me cortan el ritmo. La descripción del bosque es bárbara.