Paseos, jaulas y mujeres

Hoy me ha pillado la nieve mientras corría mis 12 kilómetros diarios. Como corro por un camino, no por un circuito, y esto ocurrió en el kilómetro 6, no me quedó otra que correr bajo los copos, mientras maldecía mi estupidez y falta de previsión. Mientras el hielo se agolpaba en los pómulos (es increíble la cantidad de cosas que puede llegar a almacenar esa oquedad) pensaba en catarros, pulmonías, neumonías y demás cosas que llevan a muerte. Como Marianne Dashwood en “Sentido y Sensibilidad”, cuando en el transcurso de un largo paseo que da por la campiña para recuperarse de un desengaño amoroso, se empapa de tal modo en la tormenta que la lleva a contraer tifus, casi morir, y cambiar del todo el carácter (y encontrar marido, por cierto).

Es curioso lo de los paseos. Las heroínas de las novelas del siglo XIX salían a pasear mucho. Poco podían hacer, y el caballo o sus propios pies era una buena excusa para salir de las cuatro paredes, para dejar de oír conversaciones o simplemente no escuchar a sus padres. En las novelas de Jane Austen vemos que en el paseo diario ellas encuentran no sólo su solaz, sino también muchos nudos de sus peripecias (la carta que Darcy le da a Elizabeth en “Orgullo y prejuicio”, los cotilleos que oye la pobre Fanny en “Mansfield Park”; los malogrados devaneos del señor Eton y Harriet en “Emma”; el avive del amor en “Persuasión”). La mujer, en una época en la que poco podía hacer sino trabajaba, y no disponía de ocupación conocida e independiente, encontraba en el caminar una huida hacia delante, un rato en el que poder sumirse en sus pensamientos, un recreo en el que poder zambullirse cuando no le apetecía escuchar a la familia (al fin y al cabo, Marianne no sale a pasear para pensar en su amado, sino para dejar de oír el charloteo de los Palmer, que viajan con ellos)

Siempre que leía una novela del siglo XIX me sorprendía la facilidad que tenían las heroínas para morir de “nervios”. Reciben un disgusto, generalmente amoroso, y las hace palidecer, dejar de comer, contraer unas fiebres, y poco después morir (en algunos casos el escritor las deja con vida, pero con un carácter tranquilo, retraído y sensiblemente más tímido). Me parecía una exageración romántica, un recurso estilístico del escritor. Una trampa.

Pero pensándolo bien, quizás esas novelas obviaran un detalle: que la heroína, en algún momento del disgusto, salió por la puerta de atrás a dar un paseo. Que harta de estar encerrada, harta de haber recibido un varapalo y no poder hacer nada, harta de continuar cosiendo y esperando a que las cosas sucedieran mientras ella misma no hacía suceder nada, salió a caminar, a estar sola un rato, a contagiarse de la naturaleza, de la belleza, a buscar una evasión. Es ahí cuando coge frío, fiebre, catarro, que sumado a su falta de vitaminas (recordemos que no comía) la lleva a contraer la enfermedad.

No es raro lo de escapar. Escapa quien está enjaulado. Y la mujer tiene más papeletas que otro para estarlo. En “Revolutionary Road”, cuando Alice (atrapada en una vida que no le gusta, atrapada por no poder salir de ella sino es con su marido, atrapada por no ser independiente) llega a un punto en el que no ve salida, sale de casa a pasear por el bosque, ahuyenta a su marido (“vete, déjame sola”, le dice mientras enciende un cigarrillo que previsoriamente ha llevado), y se queda ahí toda la tarde. La casa, el hogar, en muchas ocasiones se convierte en la carga, el lugar de trabajo, donde pasa todo el día, donde recibe los disgustos. Es normal que la mujer necesite salir de él para sentirse segura.

Ha habido críticos que quiere ver en estas salidas un suicidio meditado. Después de que Alice regrese del paseo, se dedica a hacer aquello que la lleva a la muerte. Mientras Emma Bovary y Anna Karenina son más impulsivas, aguerridas (desesperadas), y se atreven a participar activamente en su suicidio, estas otras lo tapan, lo esconden bajo la apariencia de accidente, pero inconscientemente su deseo era el mismo: morirse. La huida definitiva. El paseo eterno, al final y al cabo.

Se cuenta que Emily Bronte, después de la muerte de su hermano, salió a pasear por los páramos que tanto la habían inspirado, desesperada por encontrar consuelo a su dolor, y un par de meses después había muerto. Curiosamente, en la novela de su hermana Charlotte, “Jane Eyre”, una amiga de la protagonista es castigada a permanecer dando vueltas a un patio mientras llueve, y pocos días después esa niña moriría. Los paseos, la huida, la muerte y la liberación, pues, parecen fuertemente vinculados en el mundo de la que se ve obligada a estar en casa.

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