“Les informamos a los señores pasajeros del vuelo a Asturias, con salida a las veintiuna horas, de que les ha sido asignada una nueva puerta de embarque, por favor diríjanse a la puerta jota tres”
Vaya, pobres de los asturianos que tengan que irse en ese vuelo, es la tercera puerta que les asignan en hora y media. Que faena, si llevan mucho rato esperando deben estar bastante hartos. Lo que no me imaginaba yo, es que esto de esperar en los aeropuertos, fuera tan emocionante. La cantidad de anécdotas que me he perdido estos años, por mi miedo a volar. Y ahora aquí estoy, esperando por el avión que me ha de llevar a Londres, luego a Munich y de ahí a Sydney. Lo cierto es que no recuerdo las horas de avión que me tendré que tragar, aunque mejor ni lo pienso.
¿Debería pensarlo? No, creo que no, lo suyo será que me deje llevar, porque si no, me echaré atrás otra vez y no me lo puedo permitir. No, no me lo debo permitir. Que va, mucho peor que el trago del viaje sería arrepentirme y volver a casa con Ana. ¡Ja! Se pasaría el resto de su vida recordándomelo, diciéndome lo cobarde que soy, que he sido siempre. Lo cierto es que en toda mi vida no he tomado una sola decisión, sin pensar en lo que dirán los demás. Jamás me he arriesgado a perder nada, también es verdad que nada tenía. Una hipoteca a medias con una mujer que en la vida se ha preocupado por mí. Y bien claro me lo dejó en nuestra última conversación, demonios, me la sé de memoria.
—No vales para eso—Me dijo.
—Es lo que siempre he querido—Repliqué.
—¿Y qué será de mi?
—Te puedes venir conmigo, te buscarán un trabajo igual que el que tienes aquí.
—A mi no se me ha perdido nada en Australia.
—Yo estoy convencido de que nuestro futuro está allí.
—¡Ja! Será el tuyo, el mío se queda aquí.
—Si ni siquiera te lo has planteado.
—¿Por qué habría de hacer algo así?
—Hace meses que te lo anticipé.
—¿Y?
—¿Cómo que, y?
—Luis, tú en la vida has decidido nada.
—Alguna vez habría de ser la primera.
—¿En tu caso? Nunca. Eres como el sol de invierno.
—¿El sol de invierno, qué quieres decir?
—Que amagas y no das, que ni das frío, ni das calor. Chico, tú en la vida decidirás algo por ti mismo, nunca serás capaz de arriesgarte.
—¿Es eso lo que piensas de mi?
—No lo pienso, lo afirmo. Sin mi no serías nada.
—¿Sabes? Creo que me acabas de hacer un gran favor.
—Vete si quieres, pero si te arrepientes no me vengas a buscar.
¡Joder! Diez años de mi vida aguantándola, pensando que me quería y lo único que veía en mi era a un puto pelele al que manejar. Y yo, el mayor de los tontos, creyendo que me quería. En una cosa si que tenía razón, hasta ahora he sido como el sol de invierno, ni caliente ni frío, ni chicha ni limoná.
Nunca me he arriesgado, nunca me he tirado desde un puente y jamás he tomado una decisión. Pues se ha acabado, jamás me volveré a arrepentir de no haber tomado una decisión, jamás volveré a llorar por las oportunidades perdidas, jamás.
Sol de invierno me llamó, despectivo pero poético. Mira tú que podría ser un buen título para una novela. Me lo apuntaré por si acaso.
“Señores pasajeros del vuelo hache ca trece, con destino a Londres, pueden embarcar por la puerta be dieciocho”
—¿Y qué será de mi?
Cuando alguien introduce en un aconversación de pareja esta frase ya nos permite ver su perfil. Hay trozos de conversación que nos acompañan toda la vida.