Ficha Técnica: Richard Russo, 2007. Editorial Alfaguara. Traducido por Mariano Antolín Rato.

Dicen que los poetas escriben el mismo poema una y otra vez, que su obra lírica se basa en reescribir la misma idea, hasta que queda pulida, brillante, perfecta. En las novelas ocurre algo parecido, sólo que al tener más palabras, personajes y capítulos, queda solapado, escondido, y nos hacemos la engañosa idea de que estamos leyendo un nuevo libro del autor.
Mientras algunos crean unos personajes a los que les coge tanto cariño (o se lo coge el lector y no deja que el escritor lo suelte; recordemos el caso de Conan Doyle) que los perpetua en sus siguientes novelas y los convierte en protagonistas de sagas, otros los limitan al libro en concreto, y cuando empieza otro, ha cambiado de personaje. Aparentemente.
Porque leyendo la novela de Richard Russo te vuelves a encontrar con personajes anteriores. Les ha cambiado el nombre, sí, e incluso es probable que Russo ni se percatara que eran los mismos. Pero, ¿no es Bobby Marconi la versión joven de Sam Hall de “Alto riesgo”? ¿No son Louis Lynch y su padre los mismos que los Clive, de “Ni un pelo de tonto”?
¿Quiere decir esto que Russo se repite? No. Porque sus vivencias son diferentes, a todos les ha dotado de un pasado distinto y de unas motivaciones que no aparecían en las novelas anteriores. Quiere decir que ha tenido años para perfeccionar a sus criaturas, para dotarlas de vida propia, para hacer más redonda su novela. Como si, después de reescribirlos una y otra vez, hubiera llegado a la idea misma: pulida, brillante, perfecta.
