Balada de un jubilado

Hoy me levanté a las diez con el mismo peso en el estómago y el vacío pisándome los talones. Me siento así desde que me jubilé hace dos años, desde que vi mis sueños de viajar truncados por el excesivo apego de mi esposa hacia su pueblo, encajonado y húmedo. Sobre todo esto último. Pero quejarse no ayuda. Así que dejé mis telarañas y procedí a mi arreglo personal.

Después del desayuno: Café y dos rebanadas de pan con mantequilla, cogí a Duck, nuestro querido basset y salí a recorrer el paseo fluvial. El chucho se nos está haciendo mayor. Al principio remoloneó. Luego una vez que sintió el olor a tierra húmeda en su hocico comenzó a animar el paso dejándome atrás

— ¡Duck, traidor vuelve! Le grito medio enfadado y medio en broma

El cielo estaba encapotado como ayer y antes de ayer. Lleva todo el invierno así. Mi mujer dice que a donde vamos a parar. Ahora que lo pienso, repite siempre la misma letanía. Cuando nos conocimos no era así. Era alegre, dulce. En ella vi. a la mujer ideal para endulzar la vida ¡Qué bobos somos de jóvenes! Pero al comienzo del noviazgo, ya se sabe. Con el matrimonio llega la prosa. El trabajo, los hijos y al menor descuido los nietos. En general no tengo queja. Pasamos esas etapas juntos; no puedo negar que fui feliz. Sin embargo, ahora, tengo la sensación de que vivo con una completa extraña que prefiere derrochar su salud agasajando a unas señoronas que nunca miraron para ella, en vez de aprovechar para asomarse a la gran ventana del mundo.

El Duck me esperaba a la entrada del puente sentado, firme como una farola; con la lengua a fuera.

—Cansaste ¿eh? Jódete cabrón. Así te enterarás que sólo estás para sopitas y buen vino.

Entonces no sé cómo me encontré una expresión entre botella de vinagre y búho con úlcera. Adelina Martínez, la mayor remilgada del pueblo. Vaya por Dios espero que no le escatime una invitación a sus merendolas. Desde que entra en su casa mi señora no para de hablarme de los muebles que tiene, de los visillos. Te conozco bacalao. Desde entonces los dos andamos peleados. Pase que me haya metido en este agujero pero no estoy dispuesto a vivir en un museo.

Ya me estaba empezando a poner de mala sangre recordando nuestra última pelotera. Ayer, cuando de pronto se levantó una brisa que me trajo un olor a hierba fresca. El perro también lo debió de notar porque al cabo de un rato corrió hacia mí y empezó a saltar a mi alrededor mordisqueándome la mano. Ya sabía lo que me quedaba. Primero me hice el sordo. Duck dio un ladrido. Seguí caminando. El Duck volvió a la carga trayendo un palo entre los dientes.

— ¿Quieres guerra eh? Pues la tendrás

Le arrebaté el palo y lo lancé. El perro salió corriendo. Repetimos la operación dos veces más. A la cuarta lo retuvo en la boca. Cuando hice amago de quitárselo gruñó retrocediendo.

—Ah pillo. Así que me dejas solo en esta batalla de inadaptados. Cuando te pones así es que estás a gusto. Bueno te comprendo. Antes te quedabas encerrado en un piso con las salidas contadas. Aquí tienes campo libre.

Le palmeé el lomo. En ese momento pasaba ya bastante gente por ahí. Por el gesto de sus caras deduje que habían presenciado nuestros juegos y lo más seguro es que pensasen que estaba ablandándoseme el cerebro. Por mi parte estaba demasiado contento para que me importasen sus prejuicios. El cielo seguía siendo gris pero por dentro me sentía como si un rayo de tibio sol de invierno atravesase una habitación cerrada durante demasiado tiempo

¿Cómo no se me había ocurrido antes? Me dije. Cogí al perro y a toda prisa me dirigí a casa. Encontré a Amelia en la cocina. Sin ningún preámbulo le dije.

— Mujer mía. Tú ganas. Puedes poner esta casa como un museo, menos mi estudio claro. Pero con una condición: una vez al año iremos a ver a nuestro hijo hasta Barcelona. Alejarte de este aquelarre de cuando en cuando no te sentará mal.

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