Marta Sanz

Bio

Doctora en Literatura Contemporánea, esta madrileña (1967) comenzó su andadura literaria en un Taller de Escritura, en el que conoció al editor de la editorial Debate, donde publicó su primera obra, “El frío”, y otras como “Los mejores tiempos”, que ganaría el Premio “Ojo Crítico de Narrativa” en el año 2001. Ya en la editorial Destino publicó “Animales Domésticos” y “Susana y los viejos”, con el que quedaría finalista del Premio Nadal en 2006.
No sólo novelista, ha ejercido la crítica literaria, la docencia (Universidad Antonio de Lebrija) y la colaboración en “El Viajero” de El País. Cuentos y ensayos pertenecen también a sus obras, llegando a ganar el XI Premio Vargas Llosa de relatos. Su última obra se puede encontrar en la editorial RBA: “La lección de anatomía”.

¿Una buena obra literaria, es siempre mejor si en su contenido abunda el texto arriesgado?
No sé si son mejores o peores, pero a mí suelen interesarme más los movimientos artísticos que adoptan posturas intrépidas respecto a la realidad y a las maneras de hacer arte o de escribir literatura; de hecho, creo que una cosa lleva a la otra: si miras la realidad con unos ojos diferentes, tu manera de expresarla también va a ser diferente porque las formas son, en definitiva, un opción ideológica. Me interesan los autores que tratan de introducir una disonancia en la música de fondo, de cuestionar las frases hechas de nuestra sociedad, de iluminar lo que nadie tiene ganas de ver: propuestas arriesgadas que no resultan confortables para un mercado cada vez más pagado de sí mismo, más autoritario y más acomodado en lo reconocible. Me gustan los libros que me meten el dedo en el ojo y me hacen pensar.

¿Que prefiere, cuento o novela?
Depende de lo que quiero contar. Si quiero reflejar una imagen, una situación, una sensación aislada, si quiero concentrarme en un solo punto y “dar con la flecha en el centro de la diana”, entonces, escribo un cuento. Si lo que quiero hacer es dibujar los márgenes, las periferias, historias de más de dos o tres personajes en un periodo de tiempo amplio o dilatado a la fuerza, escuchar más voces, jugar con el punto de vista, “ver completo el partido de fútbol” y no sólo la rodilla lesionada de un futbolista, entonces escribo una novela. Lo cierto es que me siento más cómoda en la segunda situación y que, en cualquier caso, escribiendo novelas o cuentos aspiro a formular preguntas complejas o incluso a arriesgar respuestas o hipótesis sobre lo real.

¿Su rigurosidad le permite escribir SIEMPRE aquello que desea, o por el contrario se deja llevar por cierto temor al qué dirán? Teniendo en cuenta que no es fácil escribir para publicar, supongo que algo de ese temor le condiciona, ¿o no?
Esta pregunta voy a responderla “a calzón quitado”: siempre que saco un libro tengo muchísimo miedo. Y tengo muchísimo miedo por un montón de razones: porque no se puede escribir sin un margen de incertidumbre e inseguridad personal; porque es muy difícil encontrar un punto de equilibrio entre las propias seguridades y lo que los demás dicen de tus libros; porque quiero ser una persona humilde y, al mismo tiempo, no estoy dispuesta a asumir todo tipo de críticas; porque soy consciente de la responsabilidad de cada palabra escrita y conozco el campo literario en el que me muevo y del que formo parte… Por todas estas razones, siento miedo cada vez que publico un libro y, también por todas estas razones, he llegado a la conclusión de que hacer lo que me da la gana a la hora de escribir es la única opción honesta, la única que tiene sentido… No se trata de sobrevivir a cualquier precio en el mundo de la literatura, sino de persistir sin obcecación, racionalmente, en una propuesta, en una poética, en un deber ser que es el que reconoces como propio.

¿La mezcla de géneros es el futuro de la literatura?
Y el presente. Y el pasado. Los géneros se vienen mezclando desde tiempos inmemoriales. No hay más que echar un vistazo a la historia universal de la literatura. Sin embargo, yo no soy “ortodoxa” en este sentido; es decir, no creo que el único futuro de la literatura tenga que ver con el borrado de fronteras entre los géneros: a veces adivino en esa posición una inspiración manieriesta, epatante y bastante hueca, que no se relaciona con la necesidad de reformular un género o de fusionarlo con otros o de crear uno nuevo porque cambia el mundo y las visiones que tenemos de él. Por otra parte, tengo la sensación de que por mucho que nos empeñemos el mundo no ha cambiado tanto como para que nos urja jubilar géneros que siguen siendo operativos: los esquemas de la novela decimonónica siguen siendo válidos, entre otras cosas, porque nuestras sociedades se siguen rigiendo por valores de corte decimonónico y por relaciones de clase que, desde luego, también lo son.

Usted habla de las inercias que suponen un premio ¿Podría explicarnos en que consisten y qué peligro pueden encerrar para la creación de una obra?
El peligro mayor consiste en la tentación de la autocensura; tanto la autocensura previa, como la posterior a la concesión de un premio que te permite mantenerte en un determinado catálogo o sello editorial. Escribir lo que crees que, a priori, se espera de ti para ganar un premio y, a posteriori, seguir escribiendo lo que se espera de ti por haberlo ganado. En definitiva, ser deshonesto y no escribir lo que uno cree que de verdad debe escribir o identificar “lo que uno debe escribir” con lo que uno debe ganar.

Cuando se utilizan datos de la propia vida para introducir en la obra, ¿se corre el riesgo de exagerar los recuerdos, o por el contrario se es más sincero, más puntual, más valiente que con el propio pensamiento?
A mí me parece que en las ficciones, incluso en la literatura fantástica, los escritores siempre utilizamos nuestra propia vida de un modo o de otro: puede tratarse de un dato concreto, un dato autobiográfico susceptible de ser cotejado con otras versiones, o puede tratarse de una percepción, de una sensación, de un pensamiento motivado por algo que ha sucedido. Todo lo que escribes te ha sucedido o te está sucediendo de algún modo. Yo he escrito una novela autobiográfica porque me sentía un poco impostora o un poco cobarde al haber hablado de mi vida en otros libros encubriéndome o curándome en salud: lo que concede estatus literario a la experiencia, lo que concede autenticidad a las verdades o las mentiras que contamos, es en última instancia el lenguaje. En el caso de mi última novela, La lección de anatomía, el lenguaje me ha servido para acotar mis recuerdos con mayor precisión ahondando hasta un punto que, antes de ponerme a escribir, yo creía, por lo menos, improbable. La memoria es un músculo que puede ejercitarse y que, para la escritura, resulta imprescindible. Memoria de la Historia en las historias, de lo colectivo en lo individual, y de lo público en lo íntimo. Memoria de las percepciones y de los sentimientos. Memoria de lo insustancial y de los síntomas. Memoria prestada y de los lenguajes ajenos que no se pueden separar y nos sirven para construir la memoria propia.

¿Se considera una escritora socialmente comprometida?
Sí. Y sin que la palabra “compromiso” me provoque ningún tipo de urticaria. Me reconozco dentro de esa tradición ideológica, artística y moral. La literatura política suele circunscribirse a determinados temas marcados y se interpreta siempre en clave de panfletarismo: un pistoletazo en medio de un concierto como apunta Belén Gopegui, en su lúcido ensayo, retomando una frase de Stendhal. Sin embargo, se puede escribir literatura política sin hacer ejercicios épicos, desde el espacio de la intimidad, convirtiendo las lecciones de anatomía en lecciones de geografía y de historia… La reconstrucción de un sentimiento en un libro puede tener una intención y una lectura políticas. Por otra parte, no podemos obviar la cuestión de que hay ideologías más demonizadas que otras y eso también se pone de manifiesto en la literatura. La conciliación, la equidistancia, ciertas modalidades de un cinismo light, la ironía son los conceptos clave de la corrección política que impera en el discurso literario actual: en la medida en la que un autor adopta una posición no conciliadora, no coincidente con los lugares comunes de ese buen rollito que ha hurtado y pervertido el significado de palabras como libertad –libertad para matar y para reprimir- o solidaridad, inmediatamente ese aspecto se suele subrayar como una debilidad dentro de un discurso literario que juega a la asepsia o a la pureza formal inmanente a las reglas sacrosantas de la Literatura con mayúsculas. Algunas novelas gustan, “aunque” sean políticas: se les hace una concesión. El problema es que la política, como defecto estilístico, sólo se asocia a un determinado tipo de ideología, porque todas las novelas se comprometen, todas dejan una huella negra sobre la nieve blanca; sin embargo, algunas huellas se difuminan, se mimetizan con la atmósfera del discurso del poder, reproducen el esquema dominante y su ruido se amortigua en la complacencia y en la comodidad colectivas. En la vida real no deja de suceder lo mismo: si tú declaras públicamente que eres comunista, alguien enseguida te pone en el brete de tener que justificarte personalmente por los crímenes de Stalin; sin embargo, si dices que eres del PP, nadie te sugiere que pidas perdón por la trata de esclavos, por las guerras por el control comercial de los océanos o por las penas de muerte de la represión franquista… Como mucho te echan en cara la participación en la guerra de Irak. Me interesa escribir textos que expresan posiciones que no están en sintonía con la ideología hegemónica: novelas que actualizan el concepto de clase, el concepto de familia como colchón económico; que hablan de la amenaza del despido, del riesgo en el trabajo, de la perversidad intrínseca de la acumulación de capital, de la mediocridad; novelas que repudian una ideología blanda del amor que también es alienante… Novelas que hablan de la “no felicidad” que no es lo mismo que la infelicidad. Yo sigo creyendo en la validez del marxismo como instrumento explicativo y transformador de la realidad. Ahora con la propuesta de jornada de 65 horas, la directiva de la vergüenza, los ataques de Israel a Gaza y la crisis financiera mundial, con más motivos que nunca…

Leyendo un artículo muy interesante suyo sobre la necesidad de entretener, me ha quedado un duda un tanto filosófica, al igual que se preguntaba si hacía ruido aquel mítico árbol que caía en medio de un bosque en el que no había nadie que lo pudiera oír, ¿cree usted que un libro que interese únicamente a su autor, o que no consiga entretener a los lectores puede llegar a ser un buen libro? Es decir, ¿puede haber buena escritura sin una forma o un fondo atractivos?
El problema en gran medida consiste en con qué significados rellenamos la palabra “atractivo”: ¿es atractivo lo bonito?, ¿lo útil?, ¿lo triste?, ¿lo ameno?, ¿lo verídico?, ¿lo escatológico?, ¿lo complicado?, ¿lo metafísico?, ¿lo escandaloso?, ¿lo sentimental?, ¿lo culturalista?, ¿lo cotidiano?, ¿lo fantástico?… Yo no tengo nada en contra de lo entretenido, hay libros y películas entretenidos, sin mayores pretensiones, que me encantan y son más tontos que un cubo…; sin embargo, cuando el contenido de “lo atractivo” para los lectores se reduce a “lo entretenido”, entendido en sus acepciones de desvelar secretos y misterios, sorprenderse con juegos de luces, resolver enigmas y poder leer con rapidez, para distraerse, y sin darle muchas vueltas a la cabeza, y se desechan otras acepciones de lo atractivo como “lo instructivo”, “lo problemático”, “lo disonante” o sencillamente lo que supone un esfuerzo mayor que ver una serie en la tele o cliquear de una pantalla a otra del ordenador, es cuando en Huston, en Oviedo o en Madrid, tenemos un problema. En este sentido, creo que hay libros que no consiguen entretener a los lectores, que no se venden nada y que, sin embargo, son estupendos; y libros que entretienen muchísimo, se venden un montón y son abominables. Si me paro a analizar los significados con los que una mayoría del público lector rellena la palabra “atractivo”, si me percato de cómo se solapan los conceptos de calidad y de cantidad en la configuración del canon literario, si trato de buscar una respuesta a por qué leemos tan poca poesía -¿es mala toda?, ¿no es “atractiva”?-, si reflexiono sobre qué significa de verdad respetar a los lectores, entonces desconfío por principio de todos los libros que se venden mucho. Con las gloriosas excepciones que todos conocemos: Trilby, Un lugar en la cumbre, Cien años de soledad… Porque esto, claro, no es una ciencia exacta.

¿Qué opina de los talleres de escritura? Y
o fui alumna durante tres años de la Escuela de Letras de Madrid y sólo puedo decir que allí aprendí mucho, no sobre cómo se debe escribir porque obviamente no existe una única manera, pero sí sobre lo que no se debe hacer nunca si uno pretende escribir un texto literario. Creo que tomé un atajo en un proceso de aprendizaje que quizá, si lo hubiese recorrido en solitario, hubiese sido más lento. Allí también conocí a gente que después ha sido fundamental en mi trayectoria literaria como a mi primer editor, a mi amigo, Constantino Bértolo. Ahora soy profesora en esa misma Escuela porque estoy convencida de que hay cosas que desde luego se pueden enseñar o compartir con los futuros escritores.

Su labor de docente, ¿cómo le influye a la hora de escribir?
A veces las clases han sido tema de ciertos capítulos de mis novelas y a veces me han servido para poner los pies en la realidad, darme cuenta de cómo son las cosas, los problemas de la gente, sus preferencias, comprobar cómo involucionamos o evolucionamos, familiarizarme con otros puntos de vista, salir de mi propio ombligo… En mis clases he discutido y dialogado con mis alumnos, me he deprimido, he disfrutado, he pasado ratos horrorosos y ratos divertidísimos, me he enriquecido humanamente y he aprendido a ponerme en el lugar de los demás, también me he sentido miserable y falsa… Incluso he hecho amigos que todavía conservo. Yo he crecido recibiendo y dando clases. Todo eso se refleja en mi manera de concebir el proceso de comunicación literaria e incluso en el título de La lección de anatomía. De las clases he sacado cosas que quería contar y también una idea que puede trasladarse a las relaciones actuales entre lector y escritor en el ámbito literario: la visión demagógica de que todas las opiniones son respetables y de que, al final, el que paga manda.

¿Qué opina de la literatura que se está haciendo actualmente en España?
En este país hay escritores muy valientes y artísticamente poderosos que, con sus propuestas, tratan de intervenir en un statu quo que es, al mismo tiempo, literario, económico, político y social. Aunque las condiciones del mercado editorial cada vez constriñen más las posibilidades de subsistencia de este tipo autores, quedan muchos y muy respetables insurrectos y resistentes que a menudo encuentran espacio en los catálogos de pequeñas editoriales que están llevando a cabo una magnífica labor o de grandes editores que, poniéndose el mundo por montera, dejan de mirar un ratito las cuentas de resultados y se acuerdan de que vender un libro no es lo mismo que vender un caja de botellines o una colección de botones para abrigos de entretiempo. Hay esperanzas, muchas cosas que contar, rendijas por las que colarse para hacer las cosas lo mejor posible…

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