Clara Usón

Bio

Licenciada en Derecho, catalana, nacida en Barcelona en 1961, compaginó sus estudios con la creación literaria, de tal modo que en la actualidad, además de seguir creando obras, se dedica a la traducción de textos jurídicos. Ganadora del “Premio de Novela Femenino Lumen” en 1998 por su obra “La Noche de San Juan”, también tiene en su haber un volumen de relatos y las novelas “El primer vuelo” y “El viaje de las palabras”. Su última obra, “Perseguidoras” (editorial Alfaguara), desdobla la personalidad de la escritora en tres personajes.

¿Le fue difícil publicar su primera obra?
La primera novela que escribí no la publiqué, la segunda tampoco. Lo intenté, por supuesto, pero las editoriales a las que me dirigí las rechazaron. En su momento eso me dolió mucho, pero ahora me alegro: eran meros ejercicios de principiante, con todos los defectos de las novelas primerizas y no sé si alguna virtud, aunque no me arrepiento de haberlas escrito: me sirvieron para ir encontrando mi voz y para pulir mi estilo, de los errores se aprende. Tuve un golpe de suerte con mi tercera novela, Noches de San Juan, que ganó el premio femenino Lumen, inmerecidamente, me temo; ahora me parece una novela floja y mal escrita, pero eso ya no tiene remedio. La publicación de mis otras tres novelas no ha sido fácil ni inmediata; he sufrido múltiples rechazos editoriales, como tantos escritores. La experiencia me ha enseñado que publicar una novela no es garantía de la publicación de la siguiente; hay que luchar con cada libro.

¿El hecho de ejercer como abogada, le influyó de algún modo a la hora de crear los personajes de “Perseguidoras”?
Me fue muy útil mi experiencia como abogada para abordar el personaje de Ana, la hermana jurista. El de los abogados es un mundo que conozco de primera mano y por eso no tuve dificultad para describirlo.

Usted ha dicho que los personajes de las hermanas de su novela “El viaje de las palabras” son usted misma, en algún momento de la creación de su texto o posteriormente pensó: ¿esto no debería haberlo contado?
Creo que se refiere a Perseguidoras y no a El viaje de las palabras, pues en esta novela la protagonista no tiene hermanas. Mi afirmación de que las tres hermanas de Perseguidoras son yo misma debe entenderse en sentido metafórico, en el mismo espíritu de la célebre frase de Flaubert “Madame Bovary c’est moi”. Con ello quiero decir que hay elementos o rasgos de cada una de las hermanas con los que me identifico, pero las tres son personajes de ficción y en modo alguno autobiográficos. Sus vicisitudes personales no son las mías. He incorporado a la novela alguna anécdota o experiencia de mi vida personal, y muchas reflexiones y pensamientos propios, como creo que hacemos todos los escritores, pues nuestros personajes son una amalgama de nuestra memoria, observación e imaginación, utilizando una afortunada definición de Faulkner, pero en modo alguno debe leerse Perseguidoras como una obra de confesión o como una autobiografía más o menos velada; insisto en que es una obra de ficción y las desventuras y aventuras que contiene son puramente imaginarias.

Una vez leí que a algunos pintores les resulta muy difícil dar por terminada su obra y continuamente añaden detalles a su cuadro, hasta que lo venden y lo pierden de vista. Un escritor, al contrario que un pintor, no deja de “ver” su obra nunca. ¿Le ocurre a menudo que reescribiría y puliría su obra, o enseguida se da por satisfecha?
No me doy por satisfecha nunca (creo que esa es una enfermedad que padecemos la mayoría de los escritores). Reviso constantemente lo que voy escribiendo durante el proceso de creación de la novela y, con posterioridad, corrijo una y otra vez los sucesivos borradores. Calculo que reviso cada capítulo una veintena de veces, por lo menos, y si la editorial no me reclamara las galeradas de la novela para su publicación, todavía estaría revisándolas. Como toda obra humana, una novela es imperfecta y, por tanto, mejorable. Por eso jamás leo lo que ya he publicado, para no avergonzarme ni arrepentirme de lo escrito sin posibilidad de enmienda.

¿Cuando supo Ud. que su destino era escribir?
No estoy muy segura de que exista el destino, un concepto romántico de la vida que a veces suscribo y otras, pongo en duda. Prefiero hablar de vocación, una pulsión irresistible de hacer algo que la mera razón o la prudencia no pueden contrariar; al menos, no han podido en mi caso. Como todos, o casi todos, los escritores, primero nació en mí la pasión por la lectura. Desde niña leo compulsivamente, no concibo la vida sin libros, sería para mí un castigo. De esa afición lectora surgió el deseo de emular a mis autores favoritos, de inventar y escribir mis propias historias. No obstante, el sentido común o práctico de la vida me indujo a reprimir ese impulso y dedicar mis horas a una actividad más rentable que la escritura; yo no quería ser una víctima de la literatura y pasar penurias. De manera que estudié derecho y me hice abogada. Tenía un buen empleo, ganaba un sueldo holgado, pero… me sentía insatisfecha, mi trabajo no me interesaba, mi vieja pasión reivindicaba sus derechos. Y me puse a escribir, a pesar del sentido común, contra los dictados de la prudencia. Mi situación económica es mucho peor que hace quince años, pero disfruto con mi trabajo, por fin hago lo que quiero, aunque no sé por cuanto tiempo, vivir es muy caro…

¿Cree que existe algún tema sobre el que jamás podría escribir, o sobre el que usted de antemano se negaría a hacerlo por más que alguien le insistiera?
En principio, no creo que haya ninguna materia vedada a la literatura, de hecho, cuando la hay, es debido a la censura de los gobernantes, contra la que han tenido que luchar los escritores a lo largo de la historia y que, por desgracia, en el sXXI no ha desparecido del todo, sigue habiendo países en los que un escritor arriesga su vida o su libertad si se manifiesta sobre determinados asuntos. Dicho lo cual, debo reconocer que en ocasiones me he autocensurado, o he sido muy cuidadosa con la forma en que he abordado alguna cuestión, para no herir susceptibilidades ajenas; la experiencia me dice a que a la familia y a los amigos no les gusta salir en las novelas.

Normalmente a un aprendiz de escritor se le recomienda que sea lo menos autobiográfico posible. En cambio usted afirma que su novela “Perseguidoras” es autobiográfica… ¿Afectó a la calidad del escrito? ¿Hasta qué punto la autobiografía es admisible?
Ya he contestado en parte esta pregunta con anterioridad, así que me veo obligada a repetir que Perseguidoras no es en modo alguno una novela autobiográfica, si no pura ficción. A mí no me ha sucedido lo que les pasa a mis protagonistas, espero no decepcionar a nadie con esta confesión. No obstante, respondiendo a la última pregunta, insisto en que no hay ninguna materia, ni tema, que per se esté vedado al escritor; hay magníficas novelas autobiográficas o que se nutren en gran medida de la vida personal o de las experiencias del narrador, como la celebérrima En busca del tiempo perdido, de Proust. De manera que la narración autobiográfica es absolutamente permisible; parafraseando a Wilde, lo único que importa es que esté bien escrita.

¿Cree usted que escribir sobre experiencias personales o dejar entrever en una obra algún aspecto del autor, da más credibilidad a una novela?
Por regla general (hay alguna excepción) las narraciones tratan sobre conflictos humanos y sus personajes también lo son (en las fábulas, de hecho, los animales que las protagonizan están humanizados; en caso contrario, no podríamos identificarnos con ellos y no nos interesarían). De manera que ser una persona y haber tenido una experiencia vital ayuda a la hora de inventar personajes y desarrollar sus conflictos. Inevitablemente, el escritor hecha mano de familiares y conocidos a la hora de perfilar sus personajes, de atribuirles rasgos y características, de darles una encarnadura que los haga verosímiles, un poco a la manera del pintor retratista que emplea un modelo humano, no puramente imaginario.

Si usted conforma a las tres hermanas de su novela “Perseguidoras”, ¿cuál de las tres personalidades es la mejor para escribir una novela? ¿Y cuál le gustaría que fuese un poco más dominante sobre las otras dos para la vida cotidiana?
Creo que la estructura de la novela, configurada por tres historias cruzadas, las de las tres hermanas, da respuesta a esta pregunta: los tres hilos narrativos son complementarios e igualmente importantes. En cuanto a la segunda pregunta, si tuviera que encarnar en la vida real a alguna de mis tres hermanas, creo que por prudencia elegiría a Ana, la abogada; la vida de una persona adicta a las drogas o de una enferma mental es mucho más dura.

He leído su novela “Perseguidoras”, y me ha gustado la novela, así como retrata a estos tres personajes femeninos. Me gusta la dosis de humor que le da. Me ha impactado la hermana esquizofrénica. ¿De las tres hermanas, cuál fue la más difícil de crear?
El personaje que más quebraderos de cabeza me ha dado es precisamente el de Maite, la hermana que padece esquizofrenia, y no sólo por el trabajo previo de documentación sobre la enfermedad que realicé, si no porque me costó encontrar su voz; hice varios ensayos infructuosos y finalmente me decanté por esa segunda persona, bastante desquiciada, que habla con Dios.

¿Qué autor o autores sigue con más atención?
Muchos; soy lectora compulsiva desde la infancia. Uno de los grandes problemas logísticos de mi existencia es qué hacer con los libros que se amontonan a una velocidad preocupante sobre las mesas y estantes de mi casa. No podría enumerar ahora todas mis lecturas. ¿Qué autores he leído con más atención? Chéjov, sin duda, leo y releo sus narraciones sin cansarme nunca, Tolstoi (Ana Karénina, Guerra y Paz), Flaubert (Madame Bovary), Jane Austen, Maupassant, Proust, Henry James, Conrad, Joyce (sobre todo, Dublineses), Kafka, los cuentos de Hemingway, los de Carver, todo Borges y muchos más.

En “El viaje de las palabras” centra su obra en Chéjov, ¿qué es lo que le aporta este autor, o su obra, para haberlo elegido en lugar de Proust, Víctor Hugo, Balzac, Goethe o cualquier otro gran escritor?
“El viaje de las palabras” es un homenaje a Chéjov, mi escritor favorito. Tenía muchas ganas de conocerlo, pero había un inconveniente: estaba muerto. De modo que recurrí a mis ardides de escritora y me inventé un personaje que era mi alter ego, Lucía Almandoz, y la mandé a la Rusia de finales del sXIX, a la casa de campo de Chéjov. Ésa es la génesis de la novela. ¿Por qué Chéjov? Por muchas razones; porque es el creador del cuento moderno y un gran explorador de la naturaleza humana. Creo que sus narraciones resisten muy bien el paso del tiempo, siguen siendo absolutamente contemporáneas, porque retratan las pequeñas vidas y los discretos dramas de la gente corriente, con los que podemos identificarnos, pues sus conflictos personales y vitales: la angustia producida por el paso del tiempo, el desencanto, la incomunicación, los deseos insatisfechos, el miedo al fracaso, siguen siendo los nuestros.

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