Un día despejado

En ocasiones escribir es como un día despejado, uno de esos días en los que la limpieza de la atmósfera parece empujar el perfil de las montañas hacia nosotros, ¿no estaban más lejos ayer?; en los que el aíre que penetra, o cae, o se pierde por nuestra nariz se convierte en un fresco reconstituyente de los pulmones y del alma; en los que las copas de los árboles son mecidas por la brisa y el trinar de los pájaros y con ellas nuestra inspiración burbujea, vuela, salta, se llena de colores, ríe y suplica, explora y se pierde y en la siguiente esquina encuentra un unicornio que sestea a la sombra de una muralla , o una ola que rompe donde muere o nace el mar, o el llanto del enamorado que no ha podido servir al amor. En esos días los dedos parecen tener vida propia, palpitan endemoniados, veloces, inconscientes, y nos sorprendemos con lo que aparece sobre el papel blanco, que ya no está blanco, sino lleno de letras, de líneas que nunca serpentean, de mundos que no conocíamos, y ni siquiera nos damos cuenta de que no es papel sino la pantalla de un pequeño ordenador.

Eso días aparecen así, de repente, de la nada, o del fondo de una chistera sin fondo, son estrellas fugaces detenidas en lo alto del cielo, o luciérnagas azules, o relámpagos de miradas que caen sobre el océano o el flash de una cámara en el día de tu boda o saltamontes que escapan de nuestros píes. Y solo reparamos en las nubes para contemplar lo bellas que son, dormidas, blancas, casi grises, acurrucadas entre valles que caen a nuestros pies, y sobre ellas flotan praderías, y vacas que parece que siempre estuvieron allí, y una casa, a lo lejos, y nuestros pensamientos.

Es entonces cuando nos está permitido viajar en el tiempo, en los recuerdos que hemos maquillado, en el espacio, en lo que nadie ha pensado antes y en nuestras o vuestras emociones. Y allí estoy, sentado en el suelo, iluminado por los primeros rayos de sol que piden permiso para atravesar la cristalera de la terraza de atrás. En mis manos pinzas, o ejércitos, o vaqueros llenos de pistolas y sombreros, en mis oídos clic clic clac clic clac tcrrrrrrrrrrrrr, porque delante de mí está mi abuelo, sentado en una silla de madera clara y asiento acolchado en rojo, y parece que no se mueve, con la cabeza gacha, con la espalda ligeramente vencida, y muy bien peinado, y con corbata, y con los brazos hacia adelante, pero sigo oyéndolo, clic clic clic, clac, clic, clic, clic, y también oigo a las gaviotas que chillan, y parecen disgustadas por tener que madrugar, y al silbato del lechero, y a mi hermano pidiendo un churro más. Espero paciente, o impaciente, y quiero sentarme en su silla de madera clara y asiento acolchado en rojo.

Después del último punto coge la hoja, o la arranca, y saca la lengua, y humedece un sello con la cara de un señor que antes estaba más gordo, y la dobla, una, dos veces, antes de meterla en un sobre, se levanta y me siento yo. La mesa me queda alta, o la silla baja, hay una carpeta de piel marrón, y olor a carpeta de piel marrón, un periódico descansa en una esquina, escoltado por un bolígrafo, con letras grandes se me presenta, La Nueva España dice, ¿cómo sería la vieja?

Me estiro todo lo que puedo, la expío, la observo, o ella me observa a mí, negra, llena de ojos, metálicos, redondos, quietos, alzados sobre brazos, muchos muchos ojos, muchísimos ojos, plagados de letras, y algún número, y unos pocos puntos, comas y rayas que no sé lo que son. Mi hermano pide otro churro, las gaviotas siguen chillando, dirijo mi índice de la mano derecha al ojo que me mira con cara de j, y luego al que pone cara de o, y escribo mi nombre, mil veces, o quizá solo diez, y mis manos aceleran, mis manos aporrean, golpean las teclas, hasta que las palanquitas que salen de su espalda, esas que transmiten lo que solo sabe mi dedo y su ojo, quedan abrazadas, entrelazadas, y los ojos, o las teclas, hundidos, y las suelto, con cuidado, con placer, una a una, hasta que retroceden, saltan solas, las últimas. Va siendo hora de ir a la playa, de coger mi cubo, mi pala, mi hermano. Y escribo mis últimas letras, m-e-g-u-s-t-a-e-s-c-r-i-b-i-r.

Feliz cumpleaños y gracias por contribuir a que siga soñando.

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