La máquina de escribir

Llegó a Tugindo un viernes por la tarde como muchos otros visitantes que recalaban por allí atraídos o con la disculpa de visionar las cataratas. A primera vista nada lo diferenciaba del resto de aves de paso que revoloteaban a diario por la anodina ciudad de Tugindo. Y hubiera dado el pego como turista de fin de semana si no fuera porque tenía cara de disfrutar poco o nada con los saltos de agua, y porque en su mano derecha portaba un maletín que no se correspondía en tamaño y forma con una cámara de fotos sino más bien con una máquina de escribir. El recepcionista del hotel, veterano experto en aves migratoria, no pasó por alto ninguno de esos detalles al verle atravesar el vestíbulo, y antes de que el cliente se acercara al mostrador ya había decido asignarle una habitación con vistas a la flora y fauna del asfalto.

–En la ciento seis se sentirá como en casa, señor…

–Miner, Teodoro Miner. Gracias, pero eso es imposible. No tengo casa.

–Ahora sí… ¡Qué disfrute de la estancia…!

Teodoro Miner prorrogó la primera semana con una semana más, y después con otra, y el primer mes con un mes más y después con otro, y el primer año con un año más y después… un domingo cualquiera a las doce de la mañana, al igual que las demás aves de paso que recalaban en Tugindo el fin de semana, dejó libre la habitación y pidió la cuenta. A primera vista no se diferenciaba en nada del resto de visitantes que revoloteaban por el vestíbulo si no fuera porque tenía cara de haberse perdonado a sí mismo, y porque todos sus pecados estaban a buen recaudo dentro de un abultado sobre que portaba bajo su brazo derecho, el mismo en el que llevaba el maletín que no se correspondía en tamaño y forma con una máquina fotográfica, sino más bien con una máquina de escribir y que depositó con suavidad sobre el mostrador para abonar la factura.

–Ha sido un placer tenerle como huésped, señor Miner. Esperamos volver a verle pronto por aquí…

–Eso nunca se sabe… Y el placer ha sido mío…

–¡Señor Miner… se olvida usted él… la…!

–No es un olvido… Ella prefiere quedarse…

–Pero…

–A ella le gusta sentirse como en casa… y por la tinta no se preocupe, le sobrará…

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