La casa se encontraba a las afueras de la ciudad. El edificio estaba cubierto por una enredadera canadiense que comenzaba a volverse rojiza; se notaba que hacía tiempo que un jardinero no había recortado las hojas, pues cubrían parte da las ventanas. La puerta de la verja de entrada rechinaba, dando un cierto aire misterioso a la casa y al jardín.
El guardés me indicó que pasara y al abrir la puerta de la vivienda un golpe de humedad y nostalgia envolvió el polvoriento hall.
En medio del recibidor una enorme máquina de escribir de bronce ya decía donde estábamos y qué era aquel lugar. Miré y remiré a mi alrededor y los recuerdos se agolpaban en mis retinas, impidiendo ver el resto de la sala.
Subí la escalera y mi mano arrastrándose sobre el pasamanos dejaba un rastro sobre el polvo, en el rellano volví la mirada y vi la increíble máquina de escribir extendiendo su teclas sobre el hall, controlando cada esquina.
Entré en el salón y el guardés abrió las cortinas, la luz daba un aspecto neblinoso al cuarto y el polvo revoloteaba por cada esquina. Pero nada empañaba la mágica amalgama de libros y cuadernos que se esparcían por las mesas.
La máquina de escribir era un adorno más en la habitación. Se había convertido con el paso del tiempo en un recuerdo abandonado y casi olvidado de la vida del escritor.. Me pregunto porqué no se guardan como adorno los ordenadores obsoletos, los cuadernos tachados o los folios arrugados. De las paredes, aburridos, colgaban polvorientos diplomas de cursos académicos, menciones de concursos y algún que otro artículo enmarcado con Dios sabe qué intención de perpetuar la memoria de lo ya publicado y leído por medio mundo. Paseando la mirada por el cuarto se veían amontonados los libros de mil autores, manidos y sobados; alguno abierto dejaba ver en su intimidad las anotaciones del lector y los garabatos en los márgenes, acaso por aburrimiento al leer la obra o tal vez por costumbre de lector y corrector.
Y escritos a mano encima del zócalo aparecían los nombres de aquellos que pasaron algún día por aquel lugar. Eran pseudónimos de osados que una vez jugaron a ser escritores. En mayúsculas borrosas AÚN se podía aún leer “El taller de las palabras”.