Mi tío Juan me dejó como herencia una caja llena de revistas y una máquina de escribir marca Remington. Eso era todo. Porque al día siguiente de ser enterrado botaron el colchón donde durmió por años y el maletín que le servía de guardarropa. Vistieron a mi tío Juan con lo que encontraron dentro: una camisa blanca, un pantalón azul y una corbata a rayas. Fue la primera y última vez que lo vi sin el pijama con el cuál acostumbraba caminar por las azoteas. Porque si no se los he dicho, mi tío Juan era el Rey de los gatos. Sus dominios abarcaban las azoteas vecinas y la gran azotea de la Catedral, donde mi madre acostumbraba ir a misa.
Yo no conocí al Rey de los gatos hasta que cumplí doce años. Un día me había cansado de jugar dentro de casa y como no podía jugar en la calle, decidí subir a la azotea. Entonces fue cuando vi por primera vez al Rey de los gatos. Pareció no sorprenderse de mi presencia, pues se acercó como suelen hacerlo los gatos cuando quieren jugar. Aprendí mucho de él y de las cosas que los hombres olvidan en las azoteas. Los gatos por el contrario nunca olvidan y cada noche se pasean por las azoteas buscando alimentarse de los recuerdos perdidos de los hombres. Mi tío hacía lo mismo, por eso vivía en la azotea de mi casa alimentándose del polvo y del viento y de la garúa que cae en invierno sobre Lima.
Cuando lo conocí le pregunté quién era y me respondió: soy el Rey de los gatos. Yo le creí entonces y le creo aún más ahora que me ha dejado cientos de revistas y esta vieja máquina, con la que pienso contar algún día la historia, del Rey de los gatos.
