La máquina de escribir

Sólo había un lugar en aquella casa vedado para los niños. Sólo uno. Y sólo ese espacio atraía el mayor número de nuestras miradas, y todas nuestras fantasías. Desde que gateábamos, habíamos aprendido – a fuerza de miradas severas, alguna voz alta y pequeños cañetes en el culo- que no se podía entrar en el despacho del padre. Y siempre, desde antes de tener uso de razón, espiábamos en cada ocasión en la que las puertas correderas dejaban alguna rendija por la que se podían colar nuestras miradas, inocentes, pero escrutadoras. Aprendimos a buscar el momento que María, la criada – de cofia, delantal blanco sobre traje negro, de mangas abombadas y cuellos y puños perfectamente blancos- entraba. En los escasos segundos que necesitaba para pasar, nosotros atisbábamos y componíamos en nuestras cabezas un cuadro, mitad imaginación y mitad realidad, formado por todos los retales recogidos en esos breves segundos.

De todos los objetos del despacho había uno que para nosotros tenía un toque mágico, ocupaba el lado derecho del impresionante escritorio de madera de castaño, una enorme máquina de escribir Remington negra. Siempre como un cuervo posada en aquella misma esquina. Pasarían años antes de que la viésemos funcionando. Entonces, o la veíamos o la oíamos, pero nunca se nos daban las dos cosas a la vez. Cuando lográbamos verla era gracias a María o a alguno de los clientes de padre- aunque entonces nosotros desconocíamos el sentido de la palabra cliente, para nosotros todos eran visitas- y entonces estaba posada en su rincón. Cuando la oíamos, padre estaba dentro, y nadie osaba traspasar la línea de las dos puertas con cristales esmerilados en tales circunstancias. Sólo percibíamos una sombra tan desvaída que no podríamos asegurar si era padre quien escribía, o alguien que se materializaba y manejaba la máquina desapareciendo después del encargo.

En el prado que bordeaba la casa en los descansos de los juegos, o en la buhardilla en los días de lluvia, nuestras locas elucubraciones de infantes se centraban en saber que sucedía dentro de las cuatro paredes del despacho. Nuestros pensamientos volaban a terrenos desconocidos, tejían fantasías con los hilos de colores de nuestra imaginación de niños. Nos preguntábamos qué sería aquello que la máquina dejaba grabado en los papeles para siempre. Elucubrábamos acerca de indicaciones para encontrar un tesoro, sentencias de muerte a malhechores o secretos imposibles de ser pronunciados.

La primera vez que me colé en el despacho, aprovechando un concierto de ópera en el Campoamor que coincidía con un examen de filosofía para el día siguiente, entré como un ladrón. Me veía como alguno de aquellos personajes de película de cine de suspense que consiguen que nuestro latir se confunda con el suyo. Entré apoyando los pies en el suelo, casi no queriendo tocarlo, como el caminar de un gato, cercano a flotar sobre la superficie. Intentaba radiografiar la estancia para dejarlo todo tal como estaba, imaginaba cien mil cosas terribles si se descubría que había estado allí.

Bordeé la mesa y posé un dedo sobre una tecla de la máquina, tan despacio que no produjo ningún efecto, apenas un leve chirrido. Cuando lo retomé, con más fuerza, contemplé horrorizado la marca que quedaba impresa en el carro. Quería con el dedo limpiar la huella de mi acto y lo que estaba haciendo era dejar una marca más visible. Mi mano fue llenándose del polvo negro del papel carbón que había quedado adherido al carro. La cabeza parecía estallarme intentando buscar una solución para el desastre. ¡Dios que demonio me había impulsado a entrar! Ahora caería sobre mí toda la furia. En un último intento moví un cuarto de vuelta el carro y lo dejé de tal modo que el desastre de mis dedos y mi saliva no quedase visible.

No dormí durante la noche imaginando como sería el momento en el que se descubriese mi fechoría. Prometí limosnas y sacrificios a varios de los santos que poblaban en sus pequeños altares la casa. Ya en la mañana, mientras tomaba el desayuno, esperaba que sonase la voz de padre desde el despacho, o que se acercase al comedor e hiciese la pregunta que en aquel momento yo más temía: ¿quién ha entrado en el gabinete? Yo había evaluado durante la noche las posibilidades de escape y, aunque en momentos de cobardía me inclinaba a no responder cuando llegase la ocasión, al final siempre decidía asumir mis actos. Pasó el desayuno y me fui al instituto. Estuve toda la mañana incapaz de escuchar a ninguno de los frailes que me daban clase, pensando en lo que estaba sucediendo en la casa: ahora habrá entrado la primera visita, estarán hablando y quizás ahora se disponga a colocar el papel y el calco, ahora él ya lo sabrá.

Al llegar la hora de la comida me introduje con sigilo en la casa, subí las escaleras y en mi habitación pasé un rato escuchando e intentando que los sonidos me diesen pistas para conocer la importancia que el desastre había causado en los adultos. Los mismos sonidos de cada mediodía, o ¿no? Bajé al comedor y todo discurría como en cualquier otro día.

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