La máquina de escribir

Hasta donde yo recuerdo, el verano comenzaba su inminente actividad de paralizar los días monótonos de colegio, para cambiarlos por cielos azules y mares en calma. Tantas horas sin estrenar hacían que mi corazón se hiciese más ligero y tibio. Me veía sobre la arena, tendida, mirando el sol que casi conseguía cegarme y revolverme hacia el interior como si fuera un guante. La sensación de sentirme dueña de los segundos irrepetibles, me hacía en muchas ocasiones perder el tiempo. Mi padre, persona inteligente y observadora, contemplaba mis posturas de repentino cansancio por no hacer nada y eso desencadenó una serie de confusas situaciones. Fue así como una tarde le vi llegar con una caja grande de color rojo, la cual intuí pesada observando el balanceo que mi padre tenía que emplear para llegar con buen pie a casa. Inmediatamente pensé que se trataba de un tocadiscos. Yo no tenía ninguno y me hacía una ilusión enorme. Corrí escaleras abajo para esperarle, y al llegar, su sonrisa corroboró que se trataba de algo que me iba a gustar mucho.

─¿Qué es papá, qué es?

─Ahora lo verás, no tengas prisa. Te va a encantar

No se si él pudo contemplar mi cara de desilusión, cuando tras colocar aquella caja sobre una mesa, la abrió y de ella salió inmaculada una máquina de escribir. Mi ya menos adorado padre se deshizo en halagos y perspectivas sobre lo imprescindible que sería en el futuro conocer los misterios de la mecanografía. No contento con eso, me regaló también un manual para aprender, que rezaba en su portada: “No hay un mal alumno para un buen profesor”. Nunca olvidaré esa frase que yacía impoluta sobre la mesa a las cuatro en punto de cada tarde de aquel verano. Las mañanas transcurrían tranquilas, pero después de comer se me ponía un nudo en el estómago pensando en el par de horas que tendría que dedicar a escribir: mi, mi, mi, mi, mi…; palabras que se irían complicando al incorporarse nuevas letras. A mi máquina la llamé Casilda (siempre pongo nombre a las cosas), y fue mi compañera inseparable durante las vacaciones. Los dedos me dolían, especialmente los meñiques que se me fueron torciendo hacia dentro por el esfuerzo en pulsar las teclas y por los errores de precisión que hacían que de vez en cuando se despeñasen en el espacio oscuro y profundo que había entre ellas. Muy pronto, Casilda fue mi compañera de aventuras y no deseaba nada más que pasar las tardes escribiendo con ella. Y pasó el tiempo. Llegaron épocas de cambios, de progreso, de novedades y como fuerzas superiores se instalaron en mi vida los ordenadores. Desde entonces, si alguna vez tengo que utilizar a Casilda para rellenar espacios en blanco en papeles ya impresos, me desespero buscando el ratón que mueva el cursor, sin darme cuenta de que Casilda nunca tuvo vocación de gata. Entonces comprendo que ya es muy vieja y que posiblemente sólo quiera descansar conformándose con un pequeño espacio en la mesa de caoba, un pequeño saludo cuando entro y salgo del despacho de mi padre, o una limpieza cariñosa y exhaustiva, una vez al año.

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