Me duele la espalda, abajo, en la lumbar o en los riñones, como quiera que se llame. El respaldo de la silla es cómodo, el asiento menos pero lo solucioné antes con el cojín de rayas azules y blancas, ese que parece un trozo de colchón de lana antiguo y que me permite estar a la altura de la máquina de escribir. Cuando digo “antes” es por banalizar el tiempo trascurrido. He perdido la cuenta de los años.
Mi familia me sigue atendiendo. Supongo que serán familia, al menos las orejas de este tataranieto son idénticas a las mías. Lo habrán tomado como una costumbre. No les doy la vara con preguntas abstrusas, soy fácil de cuidar y las residencias están muy caras. También es cierto que la única vez que intentaron separarme de la silla y de la máquina de escribir no lo consiguieron. El carpintero se volvió tarumba cuando cambiaron el viejo y apolillado suelo de madera por uno más moderno y de consistencia más dura. Debió de utilizar unos gatos hidráulicos, no me fijé demasiado. Por aquella época estábamos con lo que califiqué como taller cincuenta y seis. La informática había avanzado demasiado y en vez de simplificarla parecía todo más complicado, así que uno de mis nietos optó por conectar mi vieja máquina de escribir a un aparatito que emite ondas hasta el servidor del diario LNE. Allí continúa Tino, incombustible y dando vida con su foro literario a unos cuantos teclados supervivientes que se atascarían definitivamente sin sus ondas.
