La máquina de escribir

Siempre me encantaron las maquinas de escribir, quizás debido a que mi letra es tan mala, que algunas veces me preguntan si soy medico debido a lo ilegible de mis escritos. Me parecía que tenían una magia especial, muchas veces se incluyo esta petición en la carta a los reyes magos y no recuerdo bien, pero llegar llego una de juguete, aunque no estoy segura si era en mi zapato ó en el zapato de alguno de mis hermanos. La primera maquina “seria” que recuerdo era de mi madre, le había dado por hacer un curso de contabilidad y de algo más y mi padre le regalo una maquina de escribir. En algún cumpleaños de mi madre llego a casa la maquina eléctrica y ya desde este momento no tengo más referencia de maquinas de escribir hasta que mi suegro me regalo una Regia con mucha historia.

Armando era director de una entidad bancaria en los años cincuenta, la ciudad en la que vivía se encontraba en plena expansión debido a la metalurgia. Cada vez era más habitual que a la ciudad llegaran personas de otros lugares en busca de nuevas oportunidades. Armando no era un director a la antigua usanza, en primer lugar era un artista: le gustaba pintar y lo hacia realmente bien, pero lo hacia para él, no le gustaba exponer.

Por su despacho pasaba todo tipo de gentes: desde el mayor comerciante de la ciudad hasta cualquiera de los obreros de la fábrica. Un día llego Marcial pidiendo un crédito, Armando le informo de todos los trámites y al solicitarle un aval Marcial abrió una maleta de la que saco una maquina de escribir diciéndole:

—Mire, Don Armando mi único aval es esta maquina de escribir, es lo único que poseo, pero es mucho ya que de ella sé que saldrán muchas historias importantes, una escritas por mi y otras no. ¡Se que de ella saldrá una novela importante!

Don Armando le concedió el crédito y se olvido de la maquina hasta que veinte años después, unas navidades recibió un paquete con ella dentro junto a una tarjeta que decía: “Se que usted le sabrá dar buen uso”.

Don Armando murió y su mujer repartió sus cosas entre sus sobrinos, uno de ellos mi suegro, que me la regalo a mi.

¿Por cierto Tino, donde me dijiste que recogiera la maquina de escribir que te preste para escribir tu última novela?

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