Hay gente para todo, unos se pintan las uñas de colores, otros se hipotecan de por vida, incluso a ciertas personas les da por parar el tiempo, bien mediante figuras lingüísticas que adornan, marean, magnifican ese beso que tenían guardado en su particular isla del tesoro, bien con un método menos tradicional y sutil, ¡qué coño!, ¡a lo bestia!, método que desarrollan algunos superhéroes del comic, esos que últimamente han elevado su estatus, y su caché, al de superestrellas del celuloide.
Pero a mí me importa tres pares de narices, por no decir cojones, cómo se pongan todos estos que por tener una pluma en la mano y una imaginación desmesurada o aquellos otros que por cubrir con una absurda máscara su rostro se creen la hostia. Yo no me puedo callar:
¡El tiempo no se puede detener!, no señor, no se puede.
El tiempo es así de cabrito, siempre avanzando, siempre adelante, ¡hala!, ¡venga!, sin mirar atrás, sin siquiera mirar a los lados. Y a pesar de ser un altivo, de ir por ahí con la cabeza erguida, sin parpadear, no es este el peor de sus defectos, lo verdaderamente jodido es que es un disimulado, un sibilino, un lobo que no anda por ahí con piel de cordero sino que directamente no tiene piel, ¡no se ve!, ¡es invisible!, ¡y tampoco se huele, ni se palpa, ni se nota!, ¡es mejor que la mejor de las compresas!
Y aquí estamos los mortales haciendo lo de siempre, el gilipollas, porque ponerle sonido, sea el tic tac de precisión del mejor reloj de pulsera suizo o los campanazos de la abadía más perdida en la meseta castellana, a algo que no lo tiene es de verdaderos majaderos. No contentos con nuestro grado de absurdez le queremos poner imagen, y ahí está, ¡calendario que te crió!, y claro, poner solo unos números queda muy soso, y que si le añadimos santos, o mejor la foto de un gato con una botella de champán, o quizá un árbol en medio de un mar de hojas, o puede que una tía en pelotas, ¡qué más da!, ¡lo importante es adornar!
Pues bien, gracias a los absurdos, y bien acicalados, calendarios, podemos recordar que hay años, y que estos están plagados de meses, y que en uno de estos meses hay un día en el que se celebra el aniversario de aquel otro en que llegamos a este mundo rebosante de majaderos, estúpidos, gilipollas, superhéroes y escritores.
Se le suele llamar cumpleaños.
Normalmente es fácil identificar al protagonista de un cumpleaños, pues es el que recibe regalos, excepto que sea 6 de enero o 25 de diciembre o que no tenga ni familia ni amigos, ya que en estos casos la cosa se complica, aunque creo que eso no viene a cuento ahora.
Al grano, que me pierdo. El día 13 de enero es el cumpleaños de un tipo atípico, por no llamarle raro, un tipo que sale en las fotos con cara de inquisidor, de los de hoguera y todo, pero que en el fondo es un cachondo, un tipo que tiene entre sus películas preferidas muchas en blanco y negro, ¡en blanco y negro!, ¡cómo los códigos de barras!, un tipo que a pesar de ser escritor huye de los best-sellers, y no sigo y digo que es un tipo requetefino, medio chiflado, casi divino y disparatado porque se podría cofundir con Don Pepito o Don José.
Es un tipo tan extraño que incluso en ese momento especial que es el día de su cumpleaños se dedica a hacer regalos a los demás: ilusiones, libros, consejos, discos compactos, sueños, y tiempo.
Tiempo.
¡¿De dónde saca el tiempo?!
Solo se me ocurre que con sus palabras, su imaginación desbordada, su teclado de ordenador y sus figuras lingüísticas consiga detener el dichoso tiempo. ¡Mecagontó!, ¡igual los superhéroes existen!
En resumen y en serio: Muchas felicidades de parte de todos los que pertenecemos al taller de las palabras.
José Luis Velasco