Otro lunes más me senté en aquel banco de la plaza y cruzamos nuestras miradas perdidas. Nunca hablábamos. Solamente las miradas se hacían todas las preguntas y nos daban las respuestas que necesitábamos.
Seguíamos un ritual inflexible y exacto: todos los lunes a las nueve de la mañana nos sentábamos, cada uno en un banco, y nos mirábamos con la locuaz conversación que sólo necesitan los viejos amigos, los eternos amantes o los grandes enemigos.
Pero en aquel otro lunes más algo era distinto, se palpaba una alteración en la rutina del principio semanal. No era palpable, pero flotaba en el aire como humo invisible. Quien creyera en lo inexplicable hablaría de intuición, de sexto sentido quien, por el contrario, solamente aplicara la lógica racional diría que era el resultado de la repetición de cientos de detalles cotidianos que daban una señal al cerebro para percibir una realidad distinta en una situación rutinaria.

No escuchaba su mirada como otros días, le faltaba vigor, profundidad. Era una mirada callada, casi muda y apagada.
Este no era un lunes más, no era otro lunes de conversación silente.
Me fui acercando lentamente, como un enamorado adolescente, como un gato al pájaro-desayuno, a su banco. Daba un paso y me detenía; no miraba a sus ojos. Creyendo ilusamente que el hecho de no mirarle me hacía invisible. De pronto vi que no me separaba del banco más de medio metro.
Sorprendido por la cercanía y temeroso por su presencia lentamente levanté la mi mirada. Las manos cruzadas, calmas y crudas, sobre sus muslos. A medida que mis ojos ascendían en su viaje descubrían trozos de ropa, de cuello, de faz. Al llegar a la nariz el miedo me intentaba paralizar y luchando con fuerza alcancé sus ojos: era yo sentado en el otro banco.
¿Somos quien realmente creemos que somos? ¿Somos aquelo que ven los demás? ¿Sabemos quén somos?