Un día más se refugia en su habitación, la música, su música se escapa y, rebotando en cada esquina de la casa, me aturde. Un día más cuento: uno, dos, tres…y me acerco a su puerta, sabiendo que un día más no le pasa nada, que un día más no tiene hambre, que un día más está llorando.
—Eva, hija ¿qué pasa?
La música, aún más alta, es su respuesta.
—Vamos, es la hora de comer.
Eva calla, ya gritan por ella sus lágrimas.