Marta se dio cuenta de que era navidad cuando su jefe le pidió que colgara el anuncio de la cena en el tablón del personal. ¡Con lo que ella odiaba esas cenas obligatorias!, si hasta los psicólogos decían que sino ibas aparentabas ser una prepotente.
Prepotente yo, pensó Marta. Si al menos fueran como antaño, cuando el jefe nos invitaba a una marisquería de lujo y el cava corría a tutiplén. Recuerdo esas cestas repletas de latas, turrones y botellas que duraban hasta que un cuñado daba buena cuenta de ellas y claro luego decía lo que decía y la Nochebuena acababa como el rosario de la aurora. ¡Y el año que hubo beneficios y nos dieron hasta un jamón del bueno!

Pero hoy la cena de empresa es puro compromiso, pero voy a ir para que no piensen que soy una altiva y no me quiero relacionar con ellos. Total lo que me voy a encontrar es a cuatro sebosos borrachos, intentando meter mano a la primera que pillen. ¡Y la cena! Será cualquier menú barato, que el jefe habrá apalabrado. Si es que hasta en esto no es original, todos los días comemos en el bar de Matías, y venga la cena de la empresa también aquí.
¿Y como nos colocaran? Porque estos de protocolo saben poco y yo no estoy dispuesta a sentarme al lado de una becaria, ¡faltaría más! Y claro vendrá la mujer del jefe, ¡Esa bruja por lucir el visón va a cualquier sitio!
¡Que diferencia cuando Jesús era el jefe y yo era la reina de la fiesta! Yo si lucia bien las pieles y joyas que me regalaba Jesús, pero claro la entupida de Merche no pudo tener la boca cerrada y fue con el cuento a la mujer de Jesús. ¡Maldita chafardera!