¡Feliz 2004!

Cada vez que llegaba Navidad, notaba como algo se hundía en lo más profundo de mí, encarnizadas batallas tenían lugar en el interior de la mente, luchando por mantener la compostura de cara a la pragmática felicidad; intuyendo, sin saberlo, que el retraimiento volvía por algún motivo, tan fuerte y doloroso que no me atrevía a abordar. A veces dejar atrás la estela del pasado es una empresa tan encomiable como dificultosa, y el optimismo nos anima a cerrar filas entorno a los recuerdos y atrincherarnos lejos de un olvido enterrado por el elemental instito de supervivencia. Así me convencí de que ese nudo en el estómago no tenía justificación alguna, la pasividad de mi cerebro —que se negaba a diluir palabras y pensamientos con su habitual ligereza— serían obra del apático clima que ennegrecía miradas y espíritus; y el desánimo que llegaba sin cita previa respondía a una molesta coincidencia

 Christmas cards, por wordridden, en Flickr.com

Siempre disimulando, siempre huyendo; revoloteando de aquí para allá entre cenas y comidas típicas y desesperadamente llenas de hastío, me producía profundo desazón estos días, como un recuerdo lejano de lluvia encharcando los huesos de mil habitantes. Me costaba lidiar con la intranquilidad de la paz en calma de mi casa cuando ya nadie estaba y la estancia rebosaba silencio, con las noches donde reinaban los miedos a no conciliar el sueño, a desear ver amanecer pero a su vez asustarme la idea del nuevo día.

Esta nochevieja, mientras mi familia contaba uvas previa ingesta, abrí aquél cajón al que había obligado a callar, y asumí mis temores con fría valentía. Dentro estaban todos los recuerdos de ella, esa última Navidad que pasamos juntos, antes de la ruptura, y la postal con un muñeco de nieve en su frontal, con palabras cariñosas escritas 5 años atrás, prendí fuego a aquel “¡Feliz 2004 mi amor!” y contemplé como ardía toda la losa de mis angustias.

info foto | Christmas cards | © wordridden | Reproducida con permiso del autor

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