Su mejor tesoro

Cuando Dori y Javier se casaron, sus amigos les entregaron un cesto del que surgió un cachorro nervioso y alegre, de raza bóxer, al que bautizaron con el nombre de Jump. A partir de entonces, el perro entró a formar parte su vida. Entre los dos se turnaban para sacarlo de paseo (Dori decía con sorna que casi siempre le tocaba a ella), les acompañaba en las vacaciones y dormía en la misma habitación. Todo eso cambió cuando la pareja tuvo su primer hijo. La atención se centró en el niño y el animal se vio en un segundo plano.

El carácter de Jump cambió; fue perdiendo alegría y andaba por la casa como perdido. Si alguien se le acercaba trayendo el olor del bebé, se retiraba a un rincón lanzando un gruñido. Las cosas llegaron a tal punto que el perro perdió bastantes kilos. Cuando el veterinario dio un toque de atención, sus dueños replicaron:

—Está así desde que nació el niño. Come poco

—Pues busquen la forma de hacerle ver que no se le desplaza por él. Lo demás es cuestión de paciencia

 Corey and Dogs, por darynbarry, en Flickr.com

Un día Dori sorprendió a Jump colocado a dos patas cerca de la cuna del niño. Al oírlo llorar, se acercó alarmada, pensando que el can tenía intención de atacarlo. Pero se llevó una sorpresa. Jump trataba de consolarlo ofreciéndole, con todo el amor del mundo, su mayor tesoro: El último hueso que había enterrado en el jardín.

Desde aquel día, los celos empezaron a remitir y Dori y Javier se fueron dando cuenta de que entre su hijo y la mascota de la casa iba estableciéndose un vínculo muy especial que se fue reforzando con el tiempo. De tal forma que cuando es necesario castigar a Pablo, hay que encerrar antes a Jump.

info foto | Corey and Dogs | © darynbarry | Reproducida con permiso del autor

About the Author