Me dirigía al centro para tomar el autobús a casa. Observaba a la gente que me cruzaba en la calle escrudiñando sus pensamientos, imaginando qué les esperaba al llegar a sus casas, a unos calor de hogar, risas, soledad, alguna nostalgia.
En los bloques de pisos, tras los cristales distinguía siluetas, que se movían de un lado para otro. Se me antojaban sombras chinescas.
Me llamó la atención una silueta apoyada en la barandilla de uno de los balcones. No distinguía sus rasgos, por su postura me pareció que era una persona contenta con su vida.
Cruzando el parque pasó por mi lado un hombre que paseaba a su perro. Le observé un momento con prudencia, no tenía cara de buenos amigos. Se percató de mi presencia. Me detuve para descansar, encendí un cigarro.
Un grupo de niños y niñas ebrios de ansias de jugar y vivir se pararon en el banco de al lado. Abrí mis oídos para poder escuchar lo que hablaban. Me mantuve imperceptible. Mientras, me sacaron con sus comentarios alguna que otra risa.

Seguí caminando, encontré el semáforo en rojo y me dispuse a esperar a que cambiase de color. Mis ojos se posaron en una anciana que vendía castañas. Mejor estaría en la cama, tomando un buen tazón de caldo caliente, pense. Le compre un cucurucho. Tendría ochenta años. Tenía el pelo color plata, bien cuidado, despejada la cara y recogido el cabello en un moño. Era la dueña de la mirada más bondadosa que había visto. Sonrió como si hubiese escuchado mis pensamientos.
Paré delante de un escaparate, en el interior había una pareja. Ella se acercó y le pregunto algó, a lo que él respondió de manera seca y distante, con indiferencia. Antes de salir les vi gesticular de forma inexplicable. Cuando alcanzaron la puerta salían propinándose algún que otro grito. Se fueron por diferentes caminos.
Llegué a la estación para coger el autobús. Había salido hacia media hora.Decidí sentarme a esperar al próximo, mientras estuve observando a la gente que vivía la noche de la ciudad.