El último día del año Isabel tomó las tijeras y las hundió en sus cabellos en un inesperado brote de ilusión. Casi nadie recordaba el rostro oculto tras esa larga cabellera, tal vez reía o lloraba sin que uno se diera cuenta. Tampoco Susan lo recordaba cuando desde su asiento aplaudía emocionada por la belleza de esa voz que la había sumergido en los brazos de su novio.
A diferencia de ella, él se mantenía alejado de ese coro de aplausos y risas que se había formado alrededor de aquella mujer horrorosamente cubierta de pelos. Pero no era precisamente eso lo que lo perturbaba, sino esa voz que inundaba el circo de una dulzura desconocida para los asistentes, incluso para Susan. Muchas veces se preguntaba por los gustos de su novia, sobre todo por ese afán suyo de asistir a esa clase espectáculos, como si buscara algo en esas criaturas malhechas. Los delgados dedos de Susan presionaban los suyos, mientras miraba sin pestañear a la mujer más barbuda del mundo, en el preciso momento que terminaba de cantar. Susan que aún mantenía la dulzura de esa voz sobre ella, soltó una lágrima pequeña.

—Eres tan bueno, mi amor—le dijo con una vocecita quebrada de emoción.
—No tanto como tú—respondió él, para convencerse de cuánto la quería.
Ella para reafirmar lo dicho por su novio, fue hasta donde se encontraba la mujer más barbuda del mundo dispuesta a sentirse doblemente buena. Pero la mujer era casi de su mismo tamaño y poseía una cinturita pequeña y modesta que deshizo la tristeza de Susan en una mueca. Sin embargo él en un peligroso arranque de ternura, le apartó los cabellos del rostro y le regaló un beso junto con sus mejores deseos para el año nuevo.
Qué hermosura de cuento.
Gracias Celia po tus generosas palabras.