Añoramos aquello que jamás vivimos. Nuestros recuerdos son pura traición. Al igual que la caverna de Platón tenemos reminiscencias que no son más que reflejos de lo que en verdad sucedió. Cuando regresamos a un lugar en el que hemos sido felices, queremos que todo vuelva a ser como la utopía que guardamos en una caja dentro de nuestra memoria, protegida por un paño tejido con evocaciones positivas y del que se han desprendido los bordados que nos incomodaban. Pero Utopía es el lugar que no existe.
Imploramos que vuelva a pasar aquella estrella fugaz que cruzó el despejado cielo de agosto y, por un momento, creímos que el futuro sólo dependía de nuestros deseos. Moriríamos por oler de nuevo la brisa salada del mar, sentados en la playa tras una tarde de tormenta. Aquella brisa limpia, inocente y virgen como nuestros diecisiete años. Pero, la playa parece la misma y no lo es.

La tormenta de esta mañana se empeña en ajustarse, hasta el mínimo detalle, con aquella que tenemos archivada en nuestro pensamiento, y que ha crecido dentro de nosotros durante los últimos treinta años, tan igual y tan distinta. Queremos volver a pisar nuestras huellas en la arena después de tanto tiempo. Volver a colocar nuestros pies en el mismo lugar donde ya habíamos pisado unos años antes, percibir el tacto de los pequeños granos de arena que se cuelan por entre los dedos de los pies y gritan a un millón de neuronas: ¿No lo recordáis?, ya estuvimos aquí, esto tan extraordinario ya ha sucedido, vamos a intentar que suceda de nuevo, conjuraremos a los dioses para que todo se repita…
En nuestra personal odisea, las sirenas de los recuerdos nos atraen y, el barco tropieza con las rocas de la realidad y vara en la playa del hoy.