Era una noche fría. Terriblemente hostil
(el cielo apuñalado sangraba realidades).
Pero nunca me dieron miedo los relojes
y recorrí uno a uno los minutos (ya casi adormecidos)
que rompían ante mí como tibias burbujas
derramando su bálsamo de sueños en mis manos suicidas.
Era una noche oscura (luché con las luciérnagas
para apagar la luz).
Todas mis circunstancias se intercambiaron valium,
y cruzaron las nubes de ilusorios recuerdos
que pasaron de pronto como en un sortilegio
hasta dejar atrás el tul de la memoria.
Era mi última noche (así lo había escrito en mi epitafio).
Y entonces supe, desde ese abismo donde ya nada duele,
que en realidad iba a ser la primera.
Y amanecí a la vida cuando pasaba lista
y pronunció mi nombre con voz de plenilunio.
(La brisa, de repente,
se posó en mi estatura sin helarme la piel).