Los escaparates, las calles y el ambiente siguen saturados de luces y adornos de colores. Todo parece desprender una alegría exultante. Un nuevo año, lleno de buenas intenciones y mejores deseos, acaba de nacer. ¡Feliz Año Nuevo! —se repiten continuamente unos a otros— pero a él todo le suena a palabras huecas, esculpidas por un desolador y tremendo vacío que logra deslizar por la fragilidad de sus necesidades, una angustia insoportable. Todos pasan indiferentes ante aquel hombre de mirada huidiza que está sentado en el suelo, al lado de un pequeño cartel; nadie parece darse cuenta de su presencia allí. Mientras, él, confuso y avergonzado de su vergüenza, va descubriendo una realidad trágica. Tanto derroche carece de un lenguaje común. La abundancia que flota en el aire, es un espejismo para muchos. Sus manos siguen vacías…
¡Feliz Año Nuevo! se siguen repitiendo en una aparente ceremonia compartida que tras de sí esconde un abismo entre los unos y los otros. Todos están llenos de buenas intenciones, pero oxidadas, porque para muchos requiere un esfuerzo brutal llevarlas a cabo, y en eso no suelen perder el tiempo quienes no carecen de nada.

¡Feliz Año Nuevo! —Vuelve a escuchar a su lado— y piensa que no basta con tener buenos deseos, hay que hacer algo para conseguir que se hagan realidad, pero… ¿Qué? —Se pregunta una y otra vez— sintiéndose dolorosamente Inmovilizado por la soga de la incertidumbre. ¿Qué va a pasar con mi familia?
Sus hijos, corretean por la calle, ajenos a su drama, intentando dar alcance a ese espíritu navideño que quiere zafarse de ellos. En medio de tantas luces de colores están admirándolo todo con anhelo. Llenos de sueños, de ganas de vivir. Aunque por sus asombrados ojos se esté derramando a chorros la esperanza, y el hambre termine por engullir todo cuanto poseen…
¡FELIZ AÑO NUEVO!
TALVEZ YA LO SABES, PERO NUNCA ME CNASARE DE DECIRTE QUE TE QUIERO