Nubes y claros

Tumbada en la playa sobre una manta, abrigada como para ir al Polo Norte contemplé el azul inmóvil del cielo.
El sol calentaba las nubes; el viento helado soplaba con fuerza para enfriarlas y ellas, víctimas de la lucha entre una primavera ya pasada y un invierno que irrumpía desafiante, alterando el orden de las estaciones, danzaban enloquecidas.
La voz sorprendida de mi hijo diciéndome que durante el paseo había visto una casa como la de mi abuela me hizo levantarme. Me esforcé por no llorar cuando la vi frente a la playa. Todo era igual, situación al borde del mar, casi 30 m. de largo, incluida la fábrica donde se salaba el pescado, planta baja y piso con una galería de madera, piedra gris al descubierto en las paredes, portones y ventanas también de madera, rematadas por una piedra de mejor calidad que la de las paredes; típica construcción hecha por los catalanes cuando llegaron a Galicia en el S. XVIII, aunque la de mi abuela es del último cuarto del XIX, para comprar el excelente pescado gallego y exportarlo después de salado.

Casa en Sada, por -Merce-

Me vino a la memoria parte de lo vivido en ella durante mi niñez y adolescencia. Muertes de niños y adultos, mi madre hundida en una depresión, mi abuela siempre erguida, viuda en plena juventud, sin lamentarse por la emigración de tres hijos y la muerte de dos hijas en plena adolescencia, accidentes, más nacimientos que devolvieron la alegría a todos y el final de una época de escasez provocada por la Guerra Civil.
La voz de mi nieta llamándome para jugar con la arena me volvió a una realidad llena de claros.

Mª Antonia Goás Sánchez

Fotografía Casa en Sada, de -Merce-. Reproducida con permiso.

About the Author