Bio
Nacido en Burgos en 1970, la vida literaria de este licenciado en Filosofía y Letras comenzaría muy pronto, con su colaboración y dirección en revistas literarias como “El mono de la tinta” y “Calamar”. Poeta, cuentista, y sobre todo novelista, su narrativa se mueve entre el público juvenil (“Huye de mí, rubio”; “Mi hermano Etienne”; “Etienne el traidor”) y el adulto. Premio Ateneo Joven de Sevilla en el 2000 y Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid al año siguiente, su trilogía de la Divina Comedia encabezada por “Inquietud en el Paraíso” (con la que ganó el Premio de la Crítica de Castilla y León) le ha aportado fama.
Cuándo y cómo sintió la necesidad de escribir? La verdad es que no lo recuerdo, pero seguro que fue de muy niño. Para mí, dibujar y escribir eran dos formas de jugar, más placenteras que dar patadas a un balón o que deslizarme por un tobogán. Al fin y al cabo, cuando un niño dibuja monigotes o juega con sus muñequitos está imaginando historias, elaborando diálogos y urdiendo situaciones dramáticas, exactamente igual que un novelista y generalmente con mayor convicción y entusiasmo.

(C) La Nueva España (www.lne.es)
¿Cómo definiría usted un ‘infierno’? Ya lo definió Dante, que sabía de lo que hablaba: el infierno es el lugar en que nos han abandonado todas las esperanzas. No tiene por qué estar necesariamente en el Más Allá ni ser eterno.
Creo recordar que fue usted el que en una entrevista comentó que, la única diferencia a la hora de escribir para adultos o para un público más juvenil, era la edad del protagonista de sus novelas. ¿Considera, sin embargo, que el lector juvenil está más preparado o más predispuesto para una visión ‘fantástica’ de la realidad? Es imposible generalizar, no son un grupo homogéneo. Me temo que a la mayor parte de la juventud le interesa poco la literatura (por otra parte, sucede exactamente igual con los adultos). Los jóvenes que son aficionados suelen ser, eso sí, lectores apasionados y con pocos prejuicios.
Relato, poesía, novela… ¿en qué género disfruta más escribiendo? ¿Cómo se decanta por un género para comunicar algo? ¿Depende de lo que quiera comunicar en sí, o depende de usted, su estado de ánimo…? Me siento muy cómodo en todos ellos salvo en la poesía (ahí, francamente, dudo de mi capacidad). Yo no elijo el género de mis obras, son ellas las que encuentran su cauce de expresión y, por eso, las rarísimas veces que me sorprendo escribiendo versos, me echo a temblar porque sé que no es lo mío. Creo que lo que más me ilusiona es escribir cuentos porque es una labor breve y muy gratificante. Embarcarse en una novela es como hacer el servicio militar: algo largo, cansado y a menudo fastidioso (aunque proporcione otras alegrías y experiencias muy intensas).
¿Cómo consigue en su novela “Inquietud en el Paraíso” que la fantasía y el sentido del humor no estén de más sino todo lo contrario en un tema tan crudo como es la Guerra Civil española? Surgió de forma natural. En la portada del Diario de Burgos del 10 de agosto de 1936 se podía leer este titular: «Una bomba en Aranda cae en una casa en que habitaba una mujer con siete hijos, y mata a un gato». Si en plena Guerra Civil sus protagonistas eran capaces de tomarse las cosas con cierto humor, cuánto más nosotros.
Fue “La Divina Comedia” su fuente de inspiración a la hora de escribir su novela? Fue un estímulo importante, desde luego; no tanto la literalidad de su texto como algunos aspectos de su planteamiento: que el Más Allá se pueda visitar y cartografiar, que el amor sea más poderoso que la muerte, la propia ambición del relato y su belleza literaria, el poner a prueba los recursos del autor y llegar lo más lejos posible… Todo ello para mí era muy estimulante.
¿Cree que es necesario tener un agente literario para poder introducirse en el mundo literario? Desde luego que no. En general, los agentes literarios son muy reacios a admitir inéditos o autores que consideren marginales y sólo vienen a buscarte cuando ya has metido la cabeza en la industria editorial. Yo publiqué mis primeras novelas (y las últimas, incluida Inquietud en el Paraíso y el resto de la trilogía) sin la ayuda de ningún agente.
¿Qué le parece la relación entre cine y literatura? Son dos artes maravillosos que se retroalimentan: es una relación muy fructífera. A mí me entusiasma el cine y aprendo mucho de él.
¿Basa sus historias en hechos reales o son inventados al cien por cien? Pues todo anda muy mezclado, no sé en qué porcentaje. En cualquier caso, creo que tengo más dotes de fabulador que de notario.
Los editores ¿ni amigos, ni enemigos, sino todo lo contrario? Yo he tenido suerte y en Eduardo Riestra he encontrado no sólo a un amigo, sino a un cómplice
Cuando escribe para el público infantil o juvenil, ¿crea las historias que usted hubiera querido leer a esa edad? Por supuesto, y no sólo eso: me gustaría escribir historias que acompañen al niño que llevo dentro a lo largo de toda mi vida y que mantengan siempre su poder de fascinación.
¿Tiene tiempo para leer a otros autores? ¡Por supuesto! Lo que no tengo es el tiempo suficiente para leer todo lo que me gustaría.
¿Existe una literatura específicamente infantil o se puede adaptar cualquier obra a este mundo? La literatura infantil es más una cuestión de tono que de argumento. En susurros, junto a la cama de un hermanito pequeño, se puede contar la historia más aterradora o la más dulce y amable, da igual: el niño la escuchará emocionado.
¿Piensa que es mejor leer un libro, por malo que sea o pésima crítica que tenga, a no leer nada? No, creo que los malos libros (como las malas películas, las comidas grasientas o las malas compañías) nos entontecen y abotargan nuestra capacidad de sentir. Por supuesto, entiendo por «mal libro» aquel texto tedioso cuya dificultad de lectura no está compensada por su profundidad o belleza. Leer no es un objetivo en sí mismo, debería ser siempre un acto en el que cayéramos seducidos, que sirviera para afinar nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad.
En mi casa somos tres personas auténticas devoradoras de todo tipo de literatura, pero mi marido y mi hijo (11 años), además, son devoradores del género cómic. ¿Cree Ud. una buena base, como punto de partida hacia otras lecturas, para un niño, leer cómics? Yo era un entusiasta de los tebeos: Mortadelo y Filemón, Astérix o Tintín no sólo me han proporcionado (y me proporcionan) muchas horas de felicidad, sino que me convirtieron en escritor.
¿Ha sido, o es Ud. lector habitual de novelas gráficas o cómics, tipo MOUSE ? La verdad es que ahora sólo los leo de forma ocasional
¿Vivir no es más que correr tras una pelota de colores? Eso piensa el protagonista de uno de mis cuentos, que está enfermo y ve con envidia la despreocupación de unos bañistas. A veces sentimos la plenitud de la vida en los gestos más sencillos, como el de jugar desnudos en la playa y sentir el calor del sol sobre nuestra piel.
¿Realmente cree usted que narrar es, de alguna manera, el arte de contar mentiras? Bueno, no necesariamente debemos contar mentiras, pero sí narrar con persuasión. En cualquier caso, sospecho que apenas hay obras literarias importantes donde no haya, en mayor o menor grado, fabulación.
Su novela ‘Inquietud en el paraíso’ tiene como tema la Guerra Civil . Los temas históricos parecieran estar muy de moda. No se preocupe, ya se pasará.
¿Es una moda o un rastreo de cicatrices ‘abiertas’? No lo sé. Yo escribí sobre la Guerra Civil en Inquietud en el Paraíso casi por azar, desde luego no por moda ni por vocación cauterizadora. Me planteé la novela como si fuera una de Julio Verne, con un personaje que hace posible lo que a juicio de sus contemporáneos es un disparate (en el caso de Verne, viajar al centro de la Tierra, la Luna o circundar el mundo en ochenta días; en el mío, llegar al Purgatorio). Yo quería que ese Purgatorio fuera un lugar fantástico, una especie de versión distorsionada de la ciudad que los expedicionarios dejaban atrás, un mundo en el que Dios pareciera también ausente, en el que no se comprendiera el sentido del dolor o de la injusticia. Me preguntaba: ¿qué pasaría si realmente hay vida tras la muerte y llegamos a un lugar donde, en vez de encontrar respuesta a nuestras dudas existenciales, nos encontramos viviendo en una especie de réplica de pesadilla de nuestro mundo? Para que ese díptico entre el territorio real y el territorio fantástico fuera eficaz, quería mostrar una sociedad en descomposición, dominada por la violencia. Me interesa el fenómeno de la guerra en general (no de la Guerra Civil en concreto) por un ánimo parecido al de Tucídides cuando describe la del Peloponeso: la guerra es una enfermedad social con cuyo estudio y descripción se puede entender mejor la naturaleza humana. Por ello, me servía cualquier guerra y, de hecho, mi primera intención fue ambientar Inquietud en el Paraíso no en 1936 sino un siglo antes, en 1835. Yo me sentía más cercano literariamente a las guerras carlistas (gracias a Galdós, Valle-Inclán, Baroja y Unamuno) que a las novelas sobre la Guerra Civil que –además– conocía peor. El personaje equivalente a Sanjurjo (esto es, el general que muere inesperadamente y deja sin caudillo al movimiento insurgente) iba a haber sido Zumalacárregui. Sin embargo, pronto me di cuenta de que me convenía adelantar la fecha de la novela hasta la Guerra Civil: todavía hay personas que vivieron esos momentos a las que podía consultar mis dudas, la situación de Burgos en 1936 fue de absoluto protagonismo (aquí se instaló el Gobierno de la España sublevada) y muchos de los escenarios que yo había previsto para mi novela se conservan casi intactos (el Palacio Arzobispal, el Gobierno Civil, la Capitanía General, el Teatro Principal… todos estos edificios son posteriores a 1835). En cualquier caso, mi interés por la Guerra Civil no era partidista ni reivindicativo, no tenía ninguna necesidad de hurgar en las heridas: cada uno de mis abuelos apoyó a un bando (el materno, al franquista; el paterno, al republicano) así que puedo enfrentarme a ese periodo histórico con cierta ecuanimidad (aunque, desde luego, no tengo ninguna duda sobre la legitimidad de la República). La Guerra del 36, además, me convino literariamente: al convertirse Burgos en capital del movimiento subversivo, la represión a los opositores fue feroz. La ciudad se volvió una trampa angustiosa para todos los que tenían un pasado republicano: cuando escribía los episodios posteriores al golpe de Estado tenía muy presente el espíritu de las novelas de Kafka o de los relatos sobre la peste de Defoe y Camus. Lo que iba a ser una novela casi festiva y aventurera ganó una dimensión trágica que la enriqueció mucho.
Si usted fuera Dante ¿qué castigo eterno les tocaría a los escritores y a los editores? Yo creo firmemente que si el Infierno existe, está vacío. Los malos escritores y los malos editores ya tienen suficiente castigo con leer las obras de su catálogo.
Ha sido nominado con varios premios, ¿cuál de ellos le ha motivado más, es decir le ha ratificado que esto de escribir merece la pena? Cada uno ha supuesto algo distinto en mi vida. El premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid y el Ateneo Joven de Sevilla llegaron casi al tiempo y me permitieron, por primera vez, vivir de la escritura y publicar mis novelas. El Premio de la Crítica de Castilla y León, años después, me abrió muchas puertas.
Ha escrito sobre la Guerra Civil. ¿Cree que a las nuevas generaciones les interesa? Bueno, dentro de «las nuevas generaciones» hay gente muy dispar, no son un batallón que avance con bayoneta en una única dirección. Yo confío en que siempre habrá quien tenga interés por el pasado reciente. En España, además, somos especialistas en cuestionarnos nuestra identidad nacional y en revisar y reinterpretar una y otra vez la historia, así que me temo que la matraca de la Guerra Civil va a seguir sonando durante bastante tiempo.
Hay muchas voces que le califican a usted como uno de los mejores escritores jóvenes de este país, ¿quiere decir esto que en España hay un gran salto de calidad literaria entre los autores “jóvenes” y los considerados “veteranos” que impide que le califiquen como uno de los mejores escritores a secas?, ¿o cree que únicamente esto obedece a etiquetas, más o menos comerciales, que no tienen su justificación en la calidad? A estas alturas, lo de «joven» yo me lo tomo como un piropo un poco exagerado. No creo que la literatura de los supuestos jóvenes supere a la de los escritores veteranos: por fortuna, escribimos en un idioma con una poderosísima tradición literaria.
Leyendo su biografía se nota que escribir es una vocación para usted; tanto su formación académica (Licenciado en Filosofía y Letras, ampliación de estudios artísticos en Roma,…) como su trayectoria (director de distintas revistas literarias, colaboraciones, literatura infantil y juvenil,…) avalan su esfuerzo e interés por las letras, ¿cree usted imprescindible tener una amplia trayectoria para conseguir una escritura sólida? Lo importante es el talento: hay personas completamente ajenas al mundo académico o literario que nos han dejado una obra extraordinaria. Los primeros nombres que se me vienen a la cabeza son los de Garcilaso de la Vega o Emily Dickinson.
Cuando escribe una novela ¿le lleva mucho más tiempo documentarse sobre lo que va a escribir que plasmarlo en papel o lo va haciendo sobre la marcha? ¿Alguien le ayuda a recabar la información o es una tarea que hace usted solo? Me las apaño yo solito para documentarme (aunque, eso sí, busco personas que me asesoren y movilizo a todos mis conocidos si hace falta). Antes de empezar a escribir busco tener un conocimiento amplio de la época en la que voy a ambientar mi relato (en el caso de que suceda en el pasado). Después busco los datos concretos que voy necesitando según avanzo en la escritura. A veces me obsesiono con cosas nimias, como cuándo aparecieron los somieres metálicos, los rulos o los cortaúñas.
¿Cree necesario tener cierta edad para escribir bien y/o tener éxito en la literatura o ello sólo depende de las cualidades del escritor independientemente de la edad? Yo confío en que según uno va cumpliendo años va ganando en experiencia, sensibilidad y conocimiento del mundo, pero hay tantos casos de artistas a los que les sucede lo contrario que no sabría responder, supongo que depende de cada caso y sus circunstancias. De cualquier manera, creo que mis mejores obras están por escribir: aspiro a llegar a ser, algún día, un viejo sabio.
Entre el placer de fabular, el gusto por jugar o el diálogo permanente con los libros que ha leído, ¿con qué se queda Oscar Esquivias? Bueno, todo viene a ser lo mismo: para mí leer es una forma de jugar y, si la obra que tengo entre manos me apasiona, la experiencia me resulta muy creativa y me surgen mil ideas para mis cuentos y novelas. Cuando no se me ocurre nada es cuando un libro me aburre.
¿Cómo definiría un escritor cuándo llega a la “plenitud” de su obra? No entiendo del todo esta pregunta y no sé si la responderé bien: en mi caso siento que un texto ha llegado a su plenitud cuando no concibo que pueda estar escrito de otra manera. Algunos cuentos de Pushkin, Boquitas pintadas de Manuel Puig o La ciudad y los perros de Vargas Llosa son los primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza de relatos perfectos, plenos: estoy seguro de que sus autores sabían que habían hecho algo extraordinario. Por citar otras artes, La Flauta Mágica o Las Meninas tampoco admiten ninguna corrección. En mi obra, yo sigo intentándolo.
Cuándo se le ocurre una idea sobre la que escribir, qué es lo primero que hace, ¿se documenta, hace un borrador, deja que fluya sola y luego pule? ¿Corrige y reescribe mucho? Siempre apunto y desarrollo la idea de forma más o menos abocetada o rápida. Después me documento y voy corrigiendo y completando las lagunas. En general, escribo con buen pulso y las correcciones tienen que ver con el ritmo de la narración más que con la estructura general del texto.
¿Sabe en todo momento cómo será el final de la historia o usted mismo se sorprende de cómo se desarrolla la trama? Suelo saber hacia dónde me dirijo, pero la escritura siempre es un acto creativo en el que surgen nuevas ideas y caminos. Todos los escritores somos un poco exploradores, con una idea vaga del camino que vamos abriendo a machetazos.
¿Por qué la literatura histórica está de moda? Sinceramente, no lo sé.
Cuando decide escribir una trilogía, ¿tiene ya claro el final? En mi caso, las novelas no tienen propiamente «un final». Cada una de ellas tiene una personalidad muy definida y distinta y no dejan de ser relatos abiertos.
Vivir en Roma para documentarse, ¿es esencial o un lujo que puede permitirse? Estuve diez meses en Roma becado en la Academia de España con el fin de investigar sobre la estancia de Hector Berlioz en Italia. Mi intención era (es) escribir una novela con Berlioz como protagonista, así que mi estancia fue algo esencial y también un lujo que no hubiera podido permitirme sin la beca. Para mí fue una fortuna extraordinaria. No hay semana que no sueñe, al menos una noche, con que estoy en Roma.
¿Es usted de la misma opinión que Soledad Puértolas cuando afirma: ‘Los autores nos quejamos pero las Ferias son necesarias? A mí me parecen muy divertidas las Ferias, ojalá me invitaran a más.
¿Le afectan a usted las críticas? Me interesan las opiniones de mis lectores, claro, pero creo que no me afectan (en el sentido de que no me han hecho cambiar mis planteamientos literarios).
¿Por qué se plantea escribir una trilogía? ¿Cómo ensambla las piezas de las tres historias sin que cada libro pierda su identidad respecto al conjunto? La idea de la trilogía llegó de forma natural: al inspirarme en Dante, lo lógico era que –como él– completara el viaje por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso (aunque mi primera intención fue limitarme a estos dos últimos). Los libros están relacionados sutilmente: cada uno tiene una personalidad radicalmente distinta y, en buena medida, se opone al anterior. El primero (Inquietud en el Paraíso) es casi una novela histórica al modo barojiano, con sus conspiradores en provincias, canónigos ocurrentes y militares golpistas, el libro funciona como un mecanismo de relojería en el que todas las piezas se imbrican para hacer avanzar la narración hacia su final. La segunda novela (La ciudad del Gran Rey) pertenece al género fantástico: saca al lector de la realidad, del tiempo histórico, y le lleva a un escenario casi onírico. Además, la técnica literaria es muy distinta: aquí la trama está atomizada en mil microrrelatos que sirven de contrapunto a las líneas narrativas principales y las interrumpen. La obra que cierra la trilogía (Viene la noche) tiene un aire más existencial, sencillo y realista (casi social). El protagonista de la novela, Benjamín Tobes, fue testigo de los acontecimientos históricos del primer libro y fue también lector de la segunda parte: es él quien da coherencia a todo el conjunto.
¿Ha notado algún tipo de evolución en su trayectoria literaria? ¿Si es así podría explicarla? Modestamente, creo que cada vez escribo mejor (con esto quiero decir que cada vez soy capaz de expresar con mayor exactitud lo que llevo en la cabeza).
¿Dejó algo de usted oculto en Roma? Un pedazo del corazón, que por lo demás anda bastante repartido en varias ciudades del mundo (Burgos, Madrid, Turín, San José de Costa Rica, Oporto, Nápoles…).
Suelen decir que los títulos nacen del texto ¿Alguna vez le ha ocurrido lo contrario? A veces se me ocurren títulos bonitos, pero luego no sé qué hacer con ellos. Creo que de ninguno de ellos ha nacido ninguna historia.
¿Cree que para empezar, a los que nos gusta escribir, deberíamos presentar nuestros relatos a los premios literarios que se organizan en toda nuestra geografía? Así lo hice yo. Las revistas literarias y los premios de cuentos suelen ser los únicos medios que tienen los escritores primerizos para publicar.
¿Qué es lo que más le ha costado, ajeno a usted, a la hora de introducirse en este mundo hasta llegar a ser conocido? Publicar la primera novela. Antes de que premiaran Jerjes conquista el mar había participado en varios concursos sin ningún éxito.
¿Comparte la opinión de aquellos autores derrotistas que anuncian la muerte de la novela? La novela ha demostrado ser difícil de matar, yo creo que nos va a enterrar a todos.
En una entrevista, usted apuntaba que escribía para satisfacer a un único lector: usted mismo. ¿Cómo es Óscar Esquivias como lector, también juez, de sus propias novelas? Me gustan muchísimo, soy uno de mis autores favoritos.
¿Su vocación literaria fue muy precoz? Me temo que sí.
¿No siente cierto temor al combinar temas tan dispares en su obra como la Guerra Civil y los recientes sucesos del 11 – M? No, ninguno, un novelista ha de ser ambicioso. Me interesa la violencia y la intolerancia como asuntos literarios.
Para escribir, ¿qué es más importante: vivir mucho, sentir mucho o mentir de forma extraordinaria? A ser posible, las tres cosas a la vez, pero con lo último bastaría: un buen mentiroso (o sea, aquel que nunca es descubierto) ha de ser una persona de recursos, imaginativa, muy persuasiva, conocedora de la naturaleza humana y empático con la persona a la que se dirige. En otras palabras: el mentiroso ha de ser un excelente narrador. La experiencia vital o unos sentimientos intensos no te garantizan, por sí solos, que tengas capacidad para contar una historia.
¿Qué novela/s (suya/s o de otro/s autor/es) recomendaría a un adolescente para que se enganchase a la lectura? Crimen y castigo. Es la mejor novela juvenil que se ha escrito nunca. A mí me removió hasta lo más íntimo y muchísimos otros escritores la han citado y la citan como una obra fundamental en su juventud.
Una guerra civil… ¿Mil versiones, mil miradas diferentes, mil novelas? Si no hay dos personas que cuenten de la misma manera un partido de fútbol, imagínese una guerra civil…
Doris Lessing se arrepiente de haber ganado el Nobel. ¿Hay un precio que pagar cuando se gana un premio, aunque no sea el Nobel? Supongo que si uno gana un premio importante se convierte en un personaje público y puede acabar mareado con peticiones de entrevistas, conferencias, pregones de fiestas, asistencia a mesas redondas, etcétera. El precio que yo he pagado con mis premios ha sido pequeño: he recibido mucho más de lo que he dado.
Se dice que las editoriales no aceptan novelas juveniles si el papel protagonista lo tiene una chica. Según su experiencia como escritor qué hay de cierto en ello? Sucede todo lo contrario: los editores prefieren los personajes femeninos porque son las chicas quienes más leen. A mí siempre me reprochan la preponderancia de los personajes masculinos.
Y hablando de chicas. ¿Se atrevería a crear una novela juvenil donde el protagonismo lo tuviese un personaje femenino? Sí, por supuesto. Muchos de mis cuentos tienen como voz narradora la de una mujer.
¿Dónde cree que nos encontraríamos mejor los seres humanos, en el purgatorio, en el infierno o en el paraíso? En la Tierra, sin duda ninguna.
En ‘Inquietud en el Paraíso’ se toma la Guerra Civil con algo de sentido del humor. ¿Cree usted que va siendo hora de quitarle hierro a ese episodio de nuestra historia? La Guerra Civil ya va entrando en el territorio de la literatura y el mito: los que la pueden contar en primera persona son cada vez menos y todos empezamos a hablar de oídas. Esto hace que nuestros relatos sean radicalmente distintos a los que escribieron, pongo por caso, Arturo Barea, Agustín de Foxá, Hemingway, Orwell o María Teresa León.
¿Cree que el elemento mágico en su novela ‘Inquietud en el Paraíso’ ayuda a apaciguar la rabia de los recuerdos de la contienda, a disminuir las tensiones que todavía se producen cuando se habla de ellos? ¿Recomendar libros como éste a los escolares mejoraría los conocimientos de la historia verdadera? El concepto de «historia verdadera» u «objetiva» es muy espinoso. Un libro o una película pueden despertar el interés de un escolar por algún personaje o acontecimiento del pasado, pero nunca debería perder la perspectiva de que son obras de ficción y que su finalidad no es servir de ilustración pedagógica. En mi caso, creo que el elemento fantástico en mis novelas lo que hace es reforzar su humanismo, en el sentido de que para mí la vida del hombre y su felicidad son los valores superiores de la existencia. Yo no tengo la certeza de la existencia de ningún mundo mejor que no sea el nuestro ni de otra existencia después de la muerte.
¿Para qué sirve la lectura? Para ser más feliz, entre otras cosas. En el peor de los casos, para matar el tiempo.
¿Algún libro le ha marcado especialmente? Muchísimos. Crimen y castigo de Dostoievski, El libro de la selva de Kipling, Rojo y negro de Stendhal, Lo prohibido de Galdós, El lenguaje perdido de las grúas de Leavitt, Cuento de hadas en Nueva York de Donleavy, Miguel Strogoff de Julio Verne, La peste de Camus… ¿Sigo?
Proponga una forma de difundir la lectura. Seguramente bastará con regalar libros a los niños. Yo me leía todos los que entraban en casa.
¿Hace falta haber vivido mucho para escribir bien? No, son cosas distintas; para escribir bien hay que poseer lo que Carson McCullers llamaba el don de la lengua, esto es, una relación natural con el idioma que se utiliza (aunque parezca paradójico, muchos escritores carecen de este don). Por supuesto, tan importante como escribir bien es tener algo interesante que decir, y ahí sí puede ser muy importante la experiencia vital del autor o su imaginación.
Los universitarios de hoy apenas leen. ¿Hay futuro en la literatura española? En la literatura sí, donde no sé si hay futuro es en la universidad: cada vez se valora menos poseer un título universitario.
¿Qué escritor o escritora no le ha defraudado nunca? Entre los de (más o menos) mi generación: Alejandro Cuevas, Alberto Luque Cortina y Cristina Grande.
A la hora de sentarse a leer. ¿Qué género literario prefiere? Leo de todo pero, sobre todo, novelas (aunque siempre tengo un libro de poesía cerca).