Bio
Iniciado como crítico cinematográfico (revista “Signos”) y poeta (Cuadernos Hispanoamericanos), este madrileño del 44 acabaría desarrollando la mayoría de su carrera literaria en el campo de la novela. Finalista del Premio Biblioteca Breve con la primera, “El Mercurio”, entre su extensa bibliografía destacaremos “No acosen al asesino” o “El cadáver arrepentido”, en las que aparece el personaje de la juez Mariana de Marco. Colaborador de revistas como Cuadernos para el Diálogo, El País o Babelia, ha sido también director editorial de Taurus y Alfaguara.
Imagino que antes de comenzar una novela hace una selección de los personajes que van a figurar en ella pero ¿alguna vez se ha ‘colado’ en su historia un personaje con el que no contaba previamente? Es imposible que un personaje se cuele en una novela. Puede ocurrir que la maduración de la novela durante la escritura descubra que la propia novela, para poder desarrollarse plenamente, exija introducir un nuevo personaje o modificar o ampliar uno ya existente, pero eso pertenece también a la creación. El autor es el dueño absoluto de su idea y de sus personajes, pero en muchos aspectos los va conociendo mejor a medida que los construye.

(C) La Nueva España (www.lne.es)
Imagino que antes de comenzar una novela hace una selección de los personajes que van a figurar en ella pero ¿alguna vez se ha ‘colado’ en su historia un personaje con el que no contaba previamente? Si los hubiera cumplido no continuaría escribiendo. Lo que sí se ha cumplido es el deseo de ser escritor de novelas.
Los títulos de sus novelas me parecen estupendos. ¿Qué puede decirme acerca de cómo los elige? Con instinto, puro instinto; con un gusto acostumbrado. Normalmente los elijo antes de empezar, incluso cuando sólo tengo la idea y sentido del libro en la cabeza. Si a media novela no se me ha ocurrido, ya no se me ocurrirá el bueno, el que le corresponde. Me sucedió con “La tierra prometida”, con el agravante de que, a los quince días de publicarse se me ocurrió el verdadero. Yo creo ue los títulos, de alguna manera, están ahí aguardando a su novela, son como un talismán que uno encuentra al ponerse a escribir.
¿Por qué dejó de publicar poesía? Porque, como soy bastante crítico conmigo mismo, pronto comprendí que, por decirlo de una manera castiza, no me había llamado Dios por ese camino.
¿Qué escritores españoles de novela policial recomienda, aparte de Vázquez Montalbán? Novela policíaca, de la llamada “De crimen y misterio”, la clásica, apenas hay en España. Lo que hay es autores de novela negra, que es otra cosa. Los que más me interesan entre los que he leído son Lorenzo Silva, Alicia Giménez Bartlett y Andreu Martín, porque no necesitan ser abracadabrantes ni se permiten ser previsibles a la hora de contar una historia.
¿Cree que volverá el tipo de novela policial ‘no negra’, sin crítica social? Podría ser. Al fin y al cabo, yo estoy de acuerdo con Joyce Carol Oates cuando dice que, hoy en día, la novela policíaca es la última guardiana de la ortodoxia narrativa. De todos modos, la novela policíaca clásica no ha tirado de crítica social tan descarada (y, a menudo, tan facilonamente) como la novela negra, pero sí recogía en general estudios de conducta y de costumbres muy significativos, desde la propia sencillez lúdica y costumbrista de Agatha Christie hasta la intensidad humana de Simenon.
¿Que opinión le merecen los bestsellers? Que tienen derecho a la vida, claro que sí, aunque con harta frecuencia dan gato por liebre. Yo no los considero Literatura sino Producto, pero reconozcámoslo: hay productos muy bien hechos.
Usted como Editor que fue, que consejo dría a quienes queremos empezar a hacernos hueco en el mundillo literario? Sólo uno: leer y leer con criterio. A escribir se aprende leyendo y luego está el talento artístico de cada uno. Y que no tengan prisa, no les vaya a pasar como a esos novilleros de ahora que a las dos temporadas ya están tomando la alternativa.
Usted abandonó sus estudios para dedicarse a la literatura. ¿Significa eso que no tenía suficiente vocación para ejercer su carrera? Naturalmente, pero eso es una historia personal de estudios impuestos a la fuerza. Era una época en que el bachillerato se dividía en Ciencias y Letras, sin trasvase posible, y para cuando atisbé una salida, ya era tarde. Entonces decidí que, o cortaba por lo sano y quemaba las naves, o nunca sería escritor. No lo aconsejo, creo que es preferible luchar por estudiar aquello que te atrae y te puede formar de acuerdo a tus deseos.
¿Qué le impulsó a escribir? Formalmente, la lectura de “El hombre que fue Jueves”, de Chesterton. Fue la primera vez en que me dí cuenta de que yo deseaba hacer algo así, además de leer. Pero, en realidad, yo tenía una decidida vocación de expresión artística, aún sin concretar hasta ese momento, que me hizo probar a hacer poesía, teatro, cine…
El hecho de haber sido director de una editorial, ¿ayuda a la hora de escribir, es un lastre porque escribe con demasiado ojo crítico, o por el contrario no influye absolutamente nada? No influye. Aquello lo llevé como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, dos personalidades separadas en un tronco común. El escritor era Jekyll, claro.
¿Disfruta más leyendo o escribiendo? Son dos vivencias distintas; cuando se dan bien, resultan incomparables. Cada una a su modo, llenan de sentido una vida, ayudan a vivir.
¿Se atrevería a decirme algún escritor español contemporáneo que no le guste nada? Y por quedarnos con lo positivo, el que le parezca mejor. El mejor fue Juan Benet. El peor, ya lo dije una vez y ni siquiera merece la pena repetirlo.
¿Cree que un escritor, si es también editor, puede editarse a sí mismo, o debe de hacer como los médicos que los diagnostique, o en su caso, que los edite un colega? Nunca debería un escritor-editor editarse a sí mismo. Es un problema de buen gusto.
¿Cómo se consigue compatibilizar estas dos facetas? Véase la respuesta 11.
¿Considera que hay diferencias entre la literatura escrita por hombres y la escrita por mujeres? No lo creo; quizá en matices, pero no en lo sustancial. El sexo no es determinante en la escritura.
Prepararse para ser escritor: ¿por dónde empezar y qué cosas evitar? Lo repito: leer y leer bien. No es muy difícil hacerse con un buen canon siempre que se sea exigente consigo mismo; pero no es lo mismo querer ser lector que escritor, porque quien quiere ser escritor tiene que conocer el oficio. No debe rendirse ante ningún gran libro y no debe olvidar que leer es un esfuerzo, pero un esfuerzo que compensa. La clave es, cuando encuentra algo que le interesa, preguntarse por qué le gusta y darse una respuesta intelectualmente convincente, no basada en etéreas sensaciones, en emociones arrebatadas. Muchos libros le parecerán arduos, pero ya dejarán de parecérselo. Y no es mala cosa leer a algunos de los grandes maestros de la crítica literaria, sea o no creadores. Al sólo lector, en cambio, sí le recomiendo que deje todo libro que le desanime por bueno que éste sea; ya llegará el momento si tiene que llegar.
¿Cree que los editores arriesgan alguna vez? Muy a menudo. Para el editor literario es un oficio de riesgo, más del que parece, pero de esos van quedando menos. Ahora, salvo excepciones, la antorcha la enarbolan pequeños editores, que siempre corren el riesgo de desaparecer en unos pocos años, y editores de tamaño medio y una imagen clara. Los ejecutivos y los técnicos de marketing también arriesgan su cabeza, pero carecen de ideales aunque se ha hecho los amos, quizá por eso.
¿En su arranque literario, le resultaba más fácil tomar pasajes de realidad, o se sentía más cómodo moviéndose por los terrenos de la ficción? Siempre en la ficción. Lo que pasa es que no vivimos en el limbo sino en un mundo y una sociedad concretas que, necesariamente, nos acompañan. Yo creo que una novela es una representación de la realidad, no la realidad. Y no invento de la nada, pero tiendo a no tomar modelos concretos del natural.
¿Cree, que en una profesión como la suya, significarse políticamente puede traer consecuencias? En cuanto a la escritura, en modo alguno, salvo que se escriba para la causa. En cuando al planeta de las letras, sí, claro que sí. La vida de la farándula cultural está llena de favores de ida y vuelta. No hay más que abrir los ojos para ver quien se vende y quien se deja comprar. Eso vale para los honores y para la política también.
En sus principios literarios, con obras como “El mercurio” o “Antifaz” usted experimentó con el lenguaje, dada su experiencia, ¿considera positivo para un autor experimentar con el lenguaje en busca de nuevas “formas literarias”?, ¿o por el contrario ve más productivo que cada escritor se dedique a explotar aquella faceta para la que está más dotado? Lo que no entiendo es que ningún escritor que se precie no intente encontrar algo distinto que lo diferencia de los demás. ¡Pues claro que hay que buscar nuevas formas expresivas! La imitación es muy poco estimulante.
Cuando ‘ejerce’ de lector anota, tacha y subraya o a los libros hay que cuidarlos como siempre dice mi padre. Cuando ejerzo de lector, una parte importante de mis lecturas tiene como destino la crítica. En ese caso, tomo una cuartilla y voy anotando. Si la lectura es por placer, suelo marcar las páginas y, a veces, subrayar, pero no siempre. Cuando marco es porque descubro algo que me enseña o cuya profundidad y belleza me conmueve y no quiero perderlo.
Usted ha creado un personaje de gran peso (Marina de Marco), ¿cree usted que este personaje puede llegar a ser tan absorbente que acabe poniéndole limitaciones a su carrera literaria?, ¿o usted se ve con la suficiente fuerza de voluntad para apartarlo sí lo considerara necesario? De hecho convive con mis otras novelas. Mientras escribía “Esta pared de hielo” intercalé las dos primeras novelas de Mariana de Marco. Ahora estoy escribiendo una larga novela y sigo intercalando a Mariana de Marco; pero hubiese tenido problemas, probablemente, de haber hecho esto mismo sin la experiencia y los recursos que ahora poseo. La veteranía es un grado. De todos modos, es conveniente dejar claro que un narrador ha de tener una dosis de voluntad y disciplina fuera de lo común.
He leído unas declaraciones suyas en las que dice que para engancharse a la
lectura es necesario escribir, ¿lo entendí bien? No creo que yo haya dicho eso, quizá se trate de una transcripción equivocada. Más bien sería al revés, que para escribir es imprescindible leer mucho y bueno.
¿Es Vd. partidario de los Talleres literarios? Los talleres literarios, en mi opinión, a lo que enseñan al alumno es a decir las mismas simplezas que piensa habitualmente, pero en distintos estilos literarios. Las excepciones se dan cuando el profesor es un escritor que, además, posee capacidad pedagógica y, sobre todo, una gran formación literaria. Esto es muy infrecuente en los escritores en lengua española que, por lo general, no acostumbran a reflexionar sobre su oficio. Mi experiencia con la Escuela de Letras fue buena porque, primero, era un proyecto pedagógico y, segundo, antes que cambiar la escritura trataba de cambiar la cabeza del alumno; es decir, le enseñábamos a pensar como piensa un creador y a mirar como mira un creador y le dejábamos en el umbral de la escritura. Más no se puede hacer.
Usted comenzó escribiendo críticas cinematográficas. ¿Qué ha supuesto el cine en su obra literaria? Posiblemente, el tratamiento de escenas, por lo general cortas, que componen la estructura de mis novelas tiene que ver con el cine; no en la escritura sino en el ritmo. Respecto de la escritura propiamente dicha, es difícil que haya relación porque son lenguajes opuestos: las palabras son equívocas y la imágenes, unívocas. Sería, por tanto, una influencia secuencial. Aparte de eso, he visto muchísimo cine, así que algo se notará.
Es conocida su labor como crítico literario. ¿Es capaz de criticar, de la misma manera que lo haría con las ajenas, una de sus propias obras? Creo que lo haría mejor aún porque soy muy autocrítico, pero, además, en mi caso sé reconocer dónde hay desmayos, lagunas, agujeros… sobre todo a toro pasado. Lo que quizá no sepa es colocar en su valor real mi obra, porque estoy demasiado cerca de ella para conseguir la perspectiva necesaria
La curiosidad es la antesala del conocimiento’ son palabras escritas por usted y con las que estoy totalmente de acuerdo. ¿Cree que a un niño de 1º de la ESO (12 años)se le puede despertar la curiosidad lectora con La Celestina, El Quijote…o ‘alguien’ debería poner verdadero empeño y el consiguiente trabajo:búsqueda y análisis de textos más ‘cercanos’. Creo que con los chicos, en bachillerato, se cometen toda clase de disparates con la lectura. Mi opinión es que a los chicos habría que darles lecturas adecuadas a su edad y los clásicos castellanos deberían de leerse en la edad adulta (o en la Universidad, los estudiantes). Y si se quiere dar algún clásico, buscar con lupa, porque hay textos asequibles que podrían servir; pero de mero contacto, no de motivo de estudio. ¿Para qué hacer leer los Entremeses de Lope de Rueda a chicos que tienen dificultades de comprensión con el castellano actual? Es pura vagancia y comodidad de los que lo recomiendan.
¿Lee detenidamente cada libro antes de hacer su crítica? ¿Tiene prejuicios sobre algunos autores o puede leer a alguien aún sabiendo que su anterior libro fue un bodrio? Leo detenidamente y tomo notas siempre, que luego guardo en el mismo libro. No tengo prejuicios y, si éstos aparecen, los aparto cuidadosamente. En muchas ocasiones he apreciado y elogiado textos de autores que no son santo de mi devoción, pero cuya calidad no puedo dejar de reconocer. Un crítico que se precie no debe de dejarse llevar por prejuicios, pero, a ser posible, trato de hablar de los libros que más me interesan.
Si Usted fuera médico, ¿qué libros nos aconsejaría para curarnos de diferentes estados de ánimos o dolencias de la vida actual? Elija varios títulos incluídos los propios. Un libro no cura, sólo estimula (por el hecho de apelar a la inteligencia y a la imaginación). Para indolentes, una biografía: “El toro de Minos”, de Leonard Cottrell; para melancólicos, “Las sonatas”, de Valle-Inclán; para mitómanos, “Moby Dick”; para depresivos, “Los papeles del club Pickwick”, de Dickens; para optimistas incurables, “Meridiano de sangre”, de Cormac McCarthy; para aburridos de la vida, “Las almas muertas”, de Gógol; para abúlicos sociales o desconcienciados, “Todos los hombres del presidente”, de Robert Penn Warren; para gente ineducada e insensible, “El mensajero” de L. P. Hartley; para enfermos de lucidez, “Ada o el ardor”, de Nabokov; para descreídos, “La isla del tesoro”, de Stevenson; para los que están de retirada, “El Pirata”, de Joseph Conrad. Y así seguiríamos.
¿Cómo nació el personaje de la juez Mariana de Marco? Buscando una figura detectivesca española que pudiera estar a la altura de los clásicos de la novela policíaca y resultase natural en un país tan tosco para las cosas del crimen como ha sido siempre éste.
Cuando se escriben novelas policiacas, ¿hay que mantener un ritmo más intenso que en otro tipo de literatura para que el lector quede atrapado y necesite seguir leyendo hasta el final? Siempre hay que seducir al lector; en cuanto al modo, todo depende de la novela y del lector que la abre. Cada novela tiene su ritmo, desde las de Samuel Beckett hasta las de Conan Doyle.
¿La novela policiaca es una especie de pulso entre autor y lector en las que el autor va dejando pistas que el lector debe de ir desentrañando? Los clásicos de la novela de crimen y misterio tienen a gala cuidar que el lector tenga las mismas posibilidades que el detective de descubrir al asesino. Eso era en los tiempos en que la novela policíaca era un género de damas y de caballeros. Yo me tengo por un caballero.
Un crítico que escribe recibe ¿críticas compasivas o mortales? Hay de todo: acomodaticias, generosas, inteligentes, prepotentes, despistadas y rezumantes de rencor. Compasivas, nunca he llegado a leer ninguna. Personalmente sólo tomo en consideración aquellas que, favorables o desfavorables, contienen una opinión basada en un criterio que queda a la vista. Eso del criterio es bastante difícil de conseguir, pero existe.
El personaje de la jueza Mariana de Marco, ¿va a tener continuidad? Va por la cuarta novela ¿no? De hecho, lo que me interesa de ese personajes es su evolución novela a novela así que, obviamente, la continuidad es una conditio sine qua non.
El argumento de su novela ‘El cadáver arrepentido’ me ha parecido realmente original. ¿Tiene algo de realidad o es pura ficción? Hay un suceso real, muy distorsionado, al fondo; el resto es pura invención. Yo no suelo tirar de hechos reales, prefiero la invención. Lo que ocurre es que ni yo ni nadie inventa de la nada; el ser humano no está dotado para inventar formas que nunca ha visto antes: de ahí que todos los marcianos –por citar una hipotética invención de la nada, de lo no visto antes- tengan formas reconocibles: una baba, un nabo, una esfera… De modo que prefiero la invención, pero la invención procede de una cabeza –la mía- que vive en este mundo y lo tiene como referencia necesaria. La pregunta 19 creo que trataba de lo mismo.
La intuición que resolverá el caso en “La muerte viene de lejos” se presenta en un momento inesperado, en un aparente relax de la tensión. ¿Le sucede esto frecuentemente cuando le da vueltas a la trama de sus narraciones? Mariana despierta de la seducción al sentir un desasosiego inexplicable, no congruente con el bienestar que debería abrigar ante unos buenos modales y una cara bonita. Algo que sólo puede intuirse en las capas profundas de los sentimientos, las que valoran el bien y el mal ¿Cree que en el ser humano existe un detector innato moral? La moral pertenece a la educación y la educación a la sociedad en la que vivimos y a las creencias en las que se sustenta. Desde Darwin sabemos que el ser humano no es naturalmente bueno o naturalmente malo sino producto de la evolución. El “detector innato moral” al que se refiere la pregunta no es innato, es adquirido, y cuanto más complejo sea, más hondo anida en los sentimientos y en la conciencia. Yo creo que el gran asunto del mundo moderno es la formación de la conciencia porque hemos pasado de la Segura Norma de Fe a la atomización de la conciencia y ahí es donde están luchando encarnizadamente la lucidez, que sabe que pisa suelo movedizo, y la religiosidad, que mantiene una utopía providencialista. Prefiero hablar de conciencia que de moralidad. En cuanto a mis tramas, me ocurre algo parecido a lo que le ocurre a Mariana: estar embebido en un problema a veces no deja ver el problema a la distancia correcta, pero basta un cambio de tensión para que las vías de salida se evidencien.
Cuando se sienta a escribir ¿se marca objetivos como por ejemplo escribir un capítulo diario, o es la propia novela la que va marcando el ritmo de trabajo a medida que desarrolla la trama? El único objetivo que me marco es escribir todos los días, aunque sea una línea. Con la novela policíaca uno se puede marcar objetivos más precisos y consistentes porque la novela ha de estar completa en la cabeza antes de empezar a escribir.
¿Una novela publicada es una novela olvidada o pasado un tiempo relee sus novelas como ejercicio de autocrítica? No releo, salvo que tenga que revisar la novela para alguna edición concreta. Un libro acabado se va, sin más. En cierta medida, toda novela terminada, por interesante que resulte, para el autor es un fracaso. Un fracaso, se entiende, sobre sus expectativas, que son, por razones de ambición, de absoluto. Por eso es por lo que se pone a escribir la siguiente.
En su faceta de editor, ¿considera Ud. que a veces es necesario ‘sacrificar’ obras de valor literario en favor de otras más comerciales? En un país tan poco ‘letrado’ como España, el oficio de editor ¿es verdaderamente vocacional? ¿es un ejemplo de amor al riesgo? ¿de utopía? Evidentemente, los libros que venden ingresan el dinero que ayuda a editar a los que tienen más dificultades de sufragar sus propios costos… y quitan sitio a otros semejantes, pero es ley de vida. Pero uno nunca sabe, hay libros que crees que van a ir muy bien y no van y otros que los tenías catalogados como “complicados” y el público los acoge con avidez. El negocio editorial sigue siendo, incluso en estos tiempos, un saber empírico. El editor amante de la literatura y del saber es, desde luego, vocacional, algo utópico y arriesgado; pero es un oficio tan estupendo… Yo sólo conozco otro mejor: el de novelista.