Ángel Gutiérrez Martínez falleció el 23 de marzo de 2008 en el Hospital del Oriente (Arriondas) a los 80 años. “Se ha ido pronto”, piensa su esposa, Carmen, pero, ¿quién iba a decir a Ángel que entraría en el s. XXI? Eran tiempos muy duros. Su hermano mayor combatió (sin convencimiento, pues nunca creyó en la política, y menos en el fascismo) en la Guerra Civil al lado de los nacionales. Ángel se sabía aquellas historias de memoria, como si las balas hubiesen atravesado su pecho. Viego –su aldea, en Ponga– es testigo de la sangre que manaba de aquel cuerpo. Carmen y él tuvieron nada más y nada menos que 12 hijos. Uno de ellos murió en el parto. ¡Qué tiempos aquéllos! Arrodillados, todos los domingos, en la Iglesia de Santa María de Viego. Los campesinos, como Ángel, no sabían si echar un trozo de la carne de sus hijos en el caldo para que fuese más alimenticio. Pero el cura insistía. Aún así, resistieron a la tentación. Con esfuerzo, tesón y sacrificio. La siega de la hierba, la malla del trigo, las patatas, el ganado… ¡Cuántas labores, Dios mío! Y siempre unidos.
Incluso dormían en la misma habitación. ¿Para qué arriesgarse a perder la carne que fundó uno mismo? Carmen llora. Sus hijos pululan por el caserío. Yo no tuve la suerte de conocerlo, es cierto. Pero la generación de mi abuelo ha sufrido tanto que merece unas palabras, más allá de esa esquela impresa en La Nueva España. Lejos del cura que aceptaba detalles sin importancia. Muy lejos del atroz sinsentido de la guerra y de la eterna dictadura. Siempre cerca de los tuyos, que hoy han aprendido a recordar. En el Cielo. Sin tierras y sin curas. Porque tú, querido, eres un ángel.
Pardal
