Eva, invidente, 34 años. Busco hombre formal, comprensivo, sincero, sin importar aspecto físico. Edad de 30 a 45 años. Abstenerse bromistas y malos rollos.
“No tiene mensajes nuevos”.
La voz aséptica del contestador repite la misma sentencia cada vez que Eva marca en el teclado especial el número de teléfono que su vieja amiga Lola le dio hace ya un año. A medida que pasa el tiempo, Eva encuentra en el tono de la desalmada voz un trasfondo de burla.
“Tonterías, es una máquina”, piensa.
Los primeros meses después de grabar su anuncio Eva consultaba diariamente su buzón de mensajes, con la esperanza de un corazón inocente y enamoradizo. Sin embargo, la última noticia que se puede dar al respecto es que hace mucho tiempo que el mundo perdió la inocencia.
Cada día, la realidad devoraba un buen trozo de esperanza: “no tiene mensajes nuevos”.
Un día, una voz grave de cuarenta y dos abriles solicitó una cita “a ciegas” en el parque principal de la ciudad, junto al estanque seco. Eva no vio la ironía en las palabras.
La tarde fue como un siglo a la sombra de las acacias. Los plantones, a oscuras, son terribles.
No hubo mensajes nuevos. Y no los hay ahora, a pesar de la coletilla “abstenerse bromistas” que Eva añadió al anuncio, tras la experiencia. Porque la pobre niña no entiende que un anuncio de una página de contactos sin las palabras “follar”, “esporádico” y “sin compromiso”, tiene las citas contadas.
Eva piensa, imagina, un noviazgo ideal, luminoso, con un hombre bueno que le alaba el azul
vivo de sus ojos. Eva espera, espera. Y consulta el buzón cada mes.
rubazquez

